Temor y Esperanza

“¿Nos vas a destruir por lo que han hecho los ignorantes de entre nosotros? (A’rāf, 7:155)

La vida de una persona se desarrolla entre el temor y la esperanza. Es necesario que el creyente mantenga un equilibrio entre el temor y la esperanza durante toda su vida, ya que en el extremo del temor hay desesperación y en el extremo opuesto, el de la esperanza, hay exceso de Temor y seguridad.

Por esta razón, estar convencidos de que Allah nos perdonará, o abandonar toda esperanza de que recibiremos nuestra parte de Su generosidad, son sentimientos prohibidos en el Islam. El buen creyente es el que consigue equilibrar estas dos tendencias como Allah nos lo ha descrito en el Qur’an:
Levantan su costado de los lechos para invocar a su Señor con temor y anhelo y dan de la provisión que les damos. (Sayda, 32:16)

Abandonar toda esperanza en la compasión de Allah y caer en la más absoluta desesperación, significa negar la misericordia de Allah y su generosidad, omnipotente y sin límites. Por otra parte, caer en el otro extremo –absoluta confianza en la generosidad de Allah- significa negar Su atributo al-Qahhār, (el Fuerte y Sometedor), y despreciar el don de Su recompensa.

Resumiendo, el creyente deber mantener un equilibrio para no caer en la desesperación y el desamparo, pero también para no caer en la excesiva confianza que le lleve a descuidar sus obligaciones con Allah. Acontecimientos extraordinarios como el terremoto que acabamos de sufrir en Turquía (el terremoto de 1999 acabó con la vida de miles de personas), pueden ayudarnos a mantener este equilibrio que a veces es tan difícil de lograr.

El creyente debería mantenerse en un estado de ánimo tal que cuando oyese a alguien decir: “Sólo una persona entrará en el Paraíso” se preguntase a sí mismo:

“¿Seré yo esa persona?”; y cuando él o ella oyesen decir a alguien:

“Sólo una persona entrará en el Infierno”, se preguntasen:

“¿Seré yo esa persona?”

Allah Todopoderoso advierte al ser humano de esta realidad a través de desastres naturales, o personales, de forma que se desarrolle en su corazón la consciencia de lo divino, y quede protegido de seguir sus deseos. Es absurdo pensar que esas calamidades ocurren por azar. Los miles de muertos y heridos, así como los que pierden sus casas y todos sus bienes en tales desastres, no son el producto de un hecho casual y sin más significación que la propia desgracia que conllevan. Si esto fuera así, sería imposible hallar una lógica a nuestra existencia, a nuestra muerte y al plan divino que lograse explicarlos de forma plausible. Estas catástrofes son manifestaciones de la grandeza divina y de la Omnipotencia del Creador. Rūmī dijo a este respecto:

El mundo en el que vivimos es limitado y perecedero. Lo esencial es infinito y eterno. Piensa con suficiente profundidad para que no velen tu corazón del mundo eternal las pálidas miniaturas, formas y sombras perecederas de este mundo. Aunque este mundo parezca delante de tus ojos como algo vasto y transcendental, piensa que es menor que una molécula comparado al poder divino. Sal fuera y obser va como un terremoto, un ciclón o un maremoto devasta la tierra. (Mathnawī, Vol. I, 425)

Constantemente observamos cómo los terremotos y las inundaciones acaban con la vida de miles de personas en poco segundos. Estos terribles acontecimientos suceden casi todos los días en casi todos los lugares del mundo. Estas son las masacres naturales que nuestro Profeta (que Allah le bendiga y le de la paz) mencionó como uno de los signos de los últimos tiempos.

En todos estos acontecimientos hay innumerables lecciones de las que podemos sacar una gran enseñanza. Por ello, el terremoto que destruyó ciudades enteras en Turquía debería ser analizado desde una perspectiva metafísica y no desde la opinión de que se trata de un mero accidente casual. No deberíamos caer en el error de analizar estos desastres desde un punto de vista materialista, sino a través del criterio islámico. Debemos leer la voluntad divina inscrita en estas catástrofes.

El universo –desde sus formas microscópicas hasta las inconmensurables masas galácticas, y lo que hay mucho más allá- está programado en detalle según una orden divina. Desde los movimientos solares y otras masas en el espacio, hasta las más pequeñas partículas subatómicas y las misteriosas radiaciones, todo se mueve siguiendo rutas más allá de nuestra comprensión y de nuestra percepción.

Todo está dentro de este programa divino. Incluso un incrédulo no podrá imaginar que el sol disminuya o aumente su velocidad, o que un día en la tierra dure más o menos de veinticuatro horas. Sus corazones, secretamente, admiten la inamovible voluntad del Creador de todos los mundos. Sin embargo, para satisfacer sus deseos interpretan las leyes básicas que siguen la orden divina, como “leyes naturales”, asumiendo que son el producto de un poder activo.

Sin embargo, esas leyes no son sino principios divinos (‘ādāt Allāh) que rigen el universo entero. Este mundo es un mundo de causas. Allah, Creador de todas las causas (musabbib al-asbāb), ha hecho derivar todo de unos principios básicos. Si la voluntad divina se manifestase sin causa alguna, nadie lograría soportar el peso espiritual de esta manifestación; tampoco habría justificación para examinar las acciones del hombre si el principio de causalidad no fuese respetado.

De ahí que la gente del conocimiento divino se fije en el Creador de las causas y se detenga en las causas propiamente dichas. Aquellos que no tienen las claves de la presencia divina, deambulan entre las causas ordinarias, otorgándoles meras explicaciones físicas, como culpar a las fallas tectónicas de los terremotos. Con el objetivo de disciplinar al incrédulo y al tirano, Allah convierte los incidentes “naturales” en tormentos morales y pérdidas materiales. Convierte las características positivas de ciertos elementos naturales como el fuego, el agua o el viento, en poderes devastadores. Es una especie de ceguera espiritual no ver la voluntad divina en los acontecimientos que tienen lugar en la naturaleza. Rūmī nos advierte:
No olvidéis que este mundo es como un trozo de paja ante el poder divino. La voluntad divina a veces lo eleva y a veces lo rebaja fortaleciéndole o rompiéndole, llevándole a la derecha o a la izquierda. Lo convierte a veces en un campo de rosas, y a veces en un arbusto. Allah quiere que este mundo sea un lugar de prueba. Muestra Su Majestad (yalāl) junto con Su Belleza (jamāl) como dos aspectos complementarios de Su poder.

La manifestación de la dulzura y de la belleza de Allah es sentida a través de oraciones sinceras, limosnas y buenas obras. Pero la manifestación de Su ira es atraída por las prácticas prohibidas y la opresión. A parte de estas causas, sin embargo, la ira de Allah nos llega para probar nuestra paciencia y nuestra sumisión a Su voluntad divina. Allah examina a Sus siervos de muy diferentes formas. Allah nos lo recuerda en el Qur’an:

“Y tened por cierto que os pondremos a prueba con temor, hambre, pérdida de riquezas, personas y frutos. Pero anuncia buenas nuevas a los pacientes” (Baqara, 2:155).

Incluso los Profetas, a pesar de su inocencia, han sufrido innumerable pruebas. El profeta Job (sobre él la paz) sufrió una dura prueba. Allah le examinó quitándole primeramente toda su riqueza. Sus rebaños perecieron en una inundación, y sus cosechas se malograron a causa de un fuerte viento. Por último, sus hijos murieron en un terremoto.

Para colmo de males, Allah envió a Job (sobre él la paz) una terrible enfermedad. Pero nada de todo eso logró perturbar su serenidad y su completa confianza en Allah a quien se sometió completamente sin tan siquiera una queja. Como resultado de su inquebrantable paciencia y sumisión, Allah Todopoderoso retiró todas las calamidades que le había enviado, le devolvió su familia y le reestableció en una situación aún mejor que la que tenía antes de recibir la prueba.

Este ejemplo nos muestra que en algunos desastres pueden morir niños inocentes y sinceros creyentes, pero a través de ello sus faltas podrían quedar perdonadas. El Profeta Muhammad (que Allah le bendiga y le de la paz) dijo a este respecto: “Cuando Allah quiere elevar a uno de Sus siervos y éste no puede alcanzar esa estación por sus medios, Allah le enviará pruebas y tribulaciones. Allah le dará paciencia de forma que pueda alcanzar el grado al que Allah le ha destinado.”

“Ante Allah, el siervo tiene un grado que él o ella no pueden alcanzar con la mera adoración, por ello Allah les enviará todo aquello que no desean (calamidades y pesares).” (Musnad Abū Ya’lā, Sahih Ibn Hibbāan)

Musa (sobre él la paz) se encontró con una persona en su camino al Monte Sinín. Esta persona le dijo a Musa (sobre él la paz):

“¡Oh Kalīm Allāh! (aquel que habla con Allah) Tengo algo que pedirte: reza por mí cuando llegues al Monte Sinín.” Musa (sobre él la paz) respondió: “¿Qué es lo que quieres que pida por ti? Dímelo para que se lo pueda transmitir a Allah.”

“¡Oh Mensajero de Allah! Eso es un secreto entre Allah y yo.” Musa (sobre él la paz) llegó al Monte Sinín y le suplicó a Allah que le concediese a ese hombre lo que secretamente Le pedía. Allah entonces le dijo a Musa que su plegaria ya había sido aceptada y se le había concedido su petición.

En su camino de vuelta, Musa (sobre él la paz) se detuvo donde estaba el hombre para darle las buenas nuevas, pero se encontró con que unos animales salvajes lo habían matado. Se quedó estupefacto ante aquel hecho sin saber qué pensar y dijo: “¡On Señor mío! ¿Cuál es este secreto? ¿De qué forma has aceptado su petición?” Allah le respondió: “¡Oh Musa! Este siervo me suplicó que le elevase a una estación a la que el no podía llegar por sus propios medios. Decidí, pues, enviarle esta aflicción. De esta forma ha podido elevarse al alto grado al que aspiraba con todo su corazón.”

Una vez, el Profeta (que Allah le bendiga y le de la paz) dijo:

“Siempre que Allah envía tribulaciones a uno de Sus siervos es para perdonarle sus faltas o para elevarle en grado.” (Musnad Ahmad)

Por ello, la manifestación del tremendo poder de Allah no debería llevarnos a un sentimiento de desesperanza; ni tampoco su generosidad debería llevarnos a una autocomplacencia con nuestros mismos. Las divinas leyes naturales (sunnat Allāh) y las catástrofes tales como terremotos, incendios, guerras, plagas, sequías, al igual que la misericordia y las bendiciones de Allah, se adecuan a los estados espirituales del siervo. Si la mayoría de los siervos andan por el camino recto, la lluvia caerá como un regalo del cielo, trayendo la felicidad y fecundando la tierra. Por el contrario, si la mayor parte de la comunidad se inclina por los deseos terrenales, las inundaciones, las sequías y los terremotos resultarán inevitables.

Estos tristes acontecimientos ocurren por las transgresiones y rebeldías de los siervos. En otras palabras, podemos decir que los llamados desastres naturales ocurren después de que haya habido temblores en los corruptos corazones de la gente. Allah ha confirmado esto en el Qur’an:

“En verdad que Allah nunca cambiará la condición de la gente hasta que no cambien lo que hay en ellos.” (Ra’d, 13:11)

Sin duda alguna que Allah no es un opresor. Es un hecho que estos desastres son motivados por las transgresiones de la gente. Es inevitable que aquellos que se oponen al mandato divino y a los sagrados principios, activen la venganza divina. Allah ha dicho en el Qur’an:

“…No cae una sola hoja sin que Él lo sepa, ni hay semilla en la profundidad de la tierra ni nada húmedo o seco que no esté en un libro claro.” (An’ām, 6:59)

No parece razonable pensar que todo un país se ha sacudido a sí mismo cuando incluso una hoja no cae sin el conocimiento de Allah. No cabe duda que las trágicas consecuencias de tales desastres son debidas muchas veces a la mala cimentación de los edificios, a los deficientes servicios de rescate, etc.

De la misma manera, no se puede negar que la actitud de la gente –hacia el bien o hacia el mal- actúa como detonador de los terremotos. Es un gran error el fijarse solamente en una de las caras de la moneda. Desgraciadamente, mucha gente incrementa su rebeldía hacia Allah cuando ocurren estas desgracias, en vez de reflexionar sobre su actitud y sentir remordimiento por sus malas obras.

Rūmī dijo al respecto de esta gente: ¡Que lástima que mucha gente, en vez de beneficiarse de las advertencias divinas como remedio para sus dificultades, las convierta en un veneno que ingieren ellos mismos!

Es por ello que la ira de Allah incrementa la oscuridad en sus ojos. ¡No pueden ver el Infierno que les espera y donde serán destruidos! ¡Pobres de ellos! Esto no quiere decir que no debamos prepararnos convenientemente para posibles desastres futuros, pero una vez hecho todo lo humanamente posible, uno debe confiarse en Allah.

Una vez, ‘Umar (que Allah esté satisfecho de él) pasaba rápidamente por delante de un muro que estaba a punto de derrumbarse. Sus Compañeros le dijeron: “¡Oh Dirigente de los Musulmanes! ¿Acaso tratas de evitar lo que Allah ha ordenado?” ‘Umar replicó: “Me refugio de un destino de Allah en otro destino de Allah.” La gente materialista exagera a la hora de intentar prevenir posibles catástrofes y piensan que “si los edificios fueran lo suficientemente fuertes y resistentes, el terremoto no habría matado a tanta gente.”

Pero cuando los acontecimientos dependen de la voluntad divina, la verdadera causa sobrepasa todo tipo de prevenciones, y el plan divino se manifiesta a toda costa. Por ejemplo, un terremoto alcanzará una mayor intensidad de la prevista, u ocurrirá otra causa cualquiera que haga que, al final, el resultado sea el mismo. El terremoto de Kobe es un buen ejemplo a este respecto. Las casas habían sido construidas muy sólidamente haciendo especial atención a que resistieran fuertes temblores de tierra.

Sin embargo, cuando se produjo el terremoto, las tuberías del gas explotaron y se produjo un gigantesco incendio. Como resultado, seis mil personas perdieron la vida abrasadas. En veinte segundos, el terremoto acabó con la riqueza que toda esa gente había tardado años en acumular. Dado que somos siervos de Allah, estamos obligados a tomar las precauciones necesarias para evitar este tipo de desastres.

Pero, al mismo tiempo, debemos ser conscientes de que esas medidas no pueden ser una garantía contra el destino. Las medidas preventivas surtirán efecto únicamente si se corresponden con lo que Allah nos ha predestinado. La actitud contraria sería como la actitud de la tribu de Zamūd hacia la tribu de ‘Ād. La tribu de Zamūd atribuyó a la destrucción de los Ād causas diferentes a la ira de Allah, que fue debida a su rebelión contra las órdenes del Creador. Dijeron: “La tribu de Ād fue aniquilada porque no construyeron casas lo suficientemente sólidas. Sus moradas estaban hechas de tierra blanda. Pero nosotros hemos construidos nuestras casas en las rocas, de forma que no sufriremos ningún desastre natural como ellos.” Y en verdad que sus casas estaban construidas escarbando en las rocas a una gran altura.

Y sin embargo, la gente de Zamūd fue destruida a causa de su pertinaz desobediencia. Un terrible ruido les vino de debajo de la tierra destruyéndoles por completo. Allah nos lo ha narrado en las siguientes ayaah:

“El grito sorprendió a los injustos y amanecieron en sus casas caídos de bruces como si nunca hubieran vivido en ellas. ¿Acaso los Zamūd no renegaron de su Señor? ¡Fuera con los Zamūd!” (Hûd, 11:67-68)

Es evidente que la construcción de sólidos edificios no es protección suficiente contra los desastres naturales. Todo comportamiento que atrae la ira de Allah, como la transgresión, la ingratitud, la rebeldía y otros, lleva necesariamente a recibir Su castigo. Cuando el orden moral es violado en la tierra y en el mar, los desastres naturales se sucederán uno tras otro. Este hecho inexorable está anunciado en el Qur’an:

“La corrupción se ha hecho patente en la tierra y en el mar a causa de lo que las manos de los hombres han adquirido, para hacerles probar parte de lo que hicieron y para que puedan echarse atrás.” (Rūm, 30:41)

El castigo en la siguiente ayah se describe como sólo parcial. Queda implícitamente explicado que el castigo completo será en la otra vida. También se dice que este castigo es sólo una advertencia. Por ello, deberíamos refugiarnos en Allah más que antes y pedirle que nos perdone. Así dice Allah:

“Pero Allah no los castigaría mientras que tú estuvieras entre ellos, ni tampoco tendría por qué castigarlos mientras pidieran perdón” (Anfāl, 8:33).

Aparte de pedir perdón y hacer dos rak’ahs (unidades de oración), deberíamos buscar refugio en la misericordia de Allah y en Su compasión como Él mismo nos dice:

“¡Vosotros que creéis, buscad ayuda a través de la paciencia y de la oración; es cierto que Allah está con los pacientes.” (Baqara, 2:153)

Una vez dijo el Profeta Muhammad (que Allah le bendiga y le de la paz):

“Si alguien ayuda y consuela a la víctima de un desastre, Allah le recompensará dos veces” (Rāmūz al-Ahādīz).

Debemos recordar que éramos nosotros los que podríamos haber estado en su situación, y ellos en la nuestra. Por ello, deberíamos ser generosos con ellos como una forma de agradecer a Allah. Es nuestra obligación acudir sin demora allí donde haya ocurrido un desastre natural, e intentar socorrer a las víctimas, consolarles y ayudarles en todo lo que nos sea posible.

Es una oportunidad para incrementar nuestras buenas obras, como dijo Rūmī: “En esos casos, implora a Allah, suplícale y alábale, de forma que tus buenas acciones aumenten.” De alguna forma, es como si los supervivientes de dichas catástrofes viviesen una segunda vida regalada. En medio de miles de muertos y heridos, nosotros somos los afortunados a los que se les ha permitido seguir viviendo de forma que podamos incrementar nuestras buenas obras. En este caso, dejaría de tener validez la excusa de decir:

“¡Oh Señor nuestro! Devuélvenos a la vida de forma que podamos dedicar nuestras vidas a adorarte.” Así, pues, estos terribles acontecimientos deberían despertar nuestra consciencia. Aprovechándonos de esta oportunidad, deberíamos reorganizar nuestras vidas de forma que éstas reflejasen la muerte en el sentido del dicho “muere antes de morir.”

Debemos entrenar a nuestros corazones con la paciencia, la resignación y la firmeza en la adoración, manteniéndonos serenos y sometidos a Allah. Cuando el Monte Sinín fue sacudido por un fuerte temblor, Musa (sobre él la paz) buscó refugio en Allah Todopoderoso. Las siguientes ayaah del Qur’an nos hablan de este suceso:

Musa había elegido a setenta hombres de su gente para la cita fijada con Nosotros. Y después de haber sido arrebatados por el temblor fulminante, dijo:

¡Señor Mío! Si hubieras querido los habrías destruido anteriormente incluyéndome a mí. ¿Nos vas a destruir por lo que han hecho los ignorantes de entre nosotros? Esto no es si no Tu prueba con la que extravías a quien quieres y guías a quien quieres. Tú eres nuestro Protector, perdónanos y ten compasión de nosotros. Tú eres el mejor de los perdonadores. (A’rāf, 7:155)

De esta forma vemos que incluso los Profetas no estaban exentos de ser probados; sus corazones eran examinados con terribles calamidades para ver su grado de sumisión, temor de Allah y amor por Él. Al final, siempre lograban mantener un equilibrio entre el temor y la esperanza, convirtiéndose en los dirigentes de una selecta elite de hombres que alcanzaron el beneplácito de Allah.

Todos nosotros debemos así mismo mantener este equilibrio entre temor y esperanza tanto en los momentos de seguridad como en los de peligro inminente.

¡Oh Señor! ¡Protege a los Musulmanes de toda desgracia y sufrimiento; y protégeles de Tu ira! ¡Únenos con aquellos afortunados que han alcanzado Tus divinos favores siendo pacientes en los momentos de temor (de Tu ira) y de esperanza (en Tu misericordia), de tranquilidad y de peligro! ¡Haz que en nuestros corazones more la serenidad. Transforma estos oscuros días de tormentas y disturbios, en mañanas de complacencia y felicidad!
¡Amín!