La Sabiduría Que Hay Detrás Del Nafs

Si hubiese descrito, aunque brevemente, tu mundo interno, te habrías aterrorizado.

El temor te habría podido matar; perecería como el ratón enfrentado a un gato.

Rumi

El honor que llena nuestro corazón en el momento de triunfar nace del sentimiento del logro que sentimos después de haber soportado las pruebas y tribulaciones durante la lucha por alcanzar el éxito.

El Profeta Adam (a.s) cometió, por descuido, un error que acarreo su expulsión del Paraíso a la tierra. La razón última de este acontecimiento es que sus descendientes tengan, durante su paso por la tierra, la oportunidad de volver a tener “el mejor molde”.[1] De esta distinción suprema solamente pueden disfrutar aquéllos que superan el examen de la vida terrestre diseñado por su Creador y, como resultado, pueden volver a su primigenio hogar paradisíaco. Con la intención de aumentar este honor, Allah ha provisto a todos los hombres de nafs que funciona como un obstáculo en el camino recto de esta vuelta. El proceso de derrotar al nafs aumenta el valor de alcanzar el objetivo, igual que en todos los demás casos cuando uno triunfa sobre todo lo que obstruye el camino hacia la victoria. Más aún, Allah ha provisto al hombre de los medios necesarios para alcanzar el objetivo. Los más importantes entre estos medios son los Profetas, y las cadenas de siervos veraces y sabios después de ellos que seguirán ofreciendo al hombre la necesaria guía hasta el final de los tiempos.

Rumi (K.s) explicó de manera simbólica la sabiduría detrás de la existencia del nafs:

“Un gobernante (amir) cabalgaba por el campo cuando, de repente, vio que una culebra se acercaba a la boca abierta de un hombre dormido.

Lo vio, y se dio cuenta de que incluso si se apresurase, no le daría tiempo de ahuyentar a la culebra.

Ya que el Creador le otorgó inteligencia abundante, golpeó al hombre varias veces con el mazo que llevaba.

Los golpes del mazo despertaron al hombre, quien huyó bajo un árbol.

Debajo del árbol había muchas manzanas podridas que se habían caído de él. El amir dijo: “¡Come de ellas, hombre invadido por el dolor!”

Le hizo comer tantas que se le caían de la boca.

Estaba protestando: ¡Oh amir! ¿Qué estás haciendo? ¿Qué he hecho para merecerme esto?

Si tienes algo contra mí, golpéame con tu espada para que muera aquí mismo.

En mal momento has puesto tus ojos en mí. ¡Feliz aquél al que nunca has mirado!

No tengo ninguna culpa ni he hecha nada reprobable, grande ni pequeño, sinceramente –ni siquiera los heréticos se comportan así.

La sangre corre por mi boca a la vez que las palabras. ¡Oh Allah! Qué tenga el castigo que se merece.

El hombre seguía lamentándose, y el amir seguía golpeándole, obligándole a correr por el campo.

Con el estómago lleno y muy cansado –se caía y se volvía a levantar, cubierto de heridas.

Hasta el anochecer el amir le hizo correr así, hasta que empezó a vomitar. Vomitó todo, tanto lo bueno como lo malo; y la culebra salió atiborrada de todo lo que había comido.

Cuando la vio, cayó de rodillas ante el hombre bondadoso. Al ver el animal repugnante, se tranquilizó.

Dijo: En verdad, eres Yibril de la misericordia Divina, eres el señor de la bondad.

Bendita la hora en la que me has visto. Estaba muerto y me has devuelto a la vida.

Me has buscado como la madre busca a sus hijos; yo estaba huyendo de ti como un asno.

El asno se escapa de su dueño debido a su condición de asno, mientras que el dueño corre detrás de él debido a su bondad.

Lo busca no por ganar o perder sino para que no se lo coma el lobo u otra bestia salvaje.

¡Cuántas palabras insensatas te he dirigido, o tú alabado por tu espíritu puro!

¡Oh señor! ¡Oh amir! Yo no he dicho nada; mi insensatez ha hablado. No me castigues por este insulto.

Si te hubiese conocido un poco, no habría dicho todo esto.

Te habría alabado, hombre virtuoso, si me hubieses indicado la verdadera circunstancia.

Pero tú, en silencio me seguías golpeando en la cabeza.

Me he mareado, me han abandonado las luces, que esta cabeza no las tiene muchas.

Perdóname, hombre bueno. Olvida lo que dije en mi locura.

El amir le contestó: Si te hubiese dicho algo, tu vesícula se hubiese hecho agua.

Si te hubiese descrito a la culebra, habrías pasado a la otra vida.

Ni habrías podido comer ni vomitar. Te oía despotricar contra mi, y yo seguía con mi trabajo y repetía en voz baja “oh señor, facilítame esto”.

Ni podía hablarte de la razón de todo lo que hacía, ni tenía permiso para abandonarte.

Desde lo profundo de la tristeza de mi corazón, suplicaba: Oh Señor, guía a mi gente; en verdad que no saben.

El hombre cayó de rodillas y dijo: ¡Oh mi bendición! ¡Oh mi fortuna y tesoro!

Recibirás de Allah una gran recompensa, oh noble, este miserable no tiene poder de expresar su agradecimiento.

Allah te las dará, yo no tengo ni labios ni voz para ello.

Es así como encontramos la enemistad de los sabios –su veneno nos trae alegría.

Mientras que la amistad de los necios nos trae miedo y perdición: escuchad este cuento como una parábola.

El Profeta (s.a.s) dijo:

“Si os describiese al enemigo que está en vuestro nafs, reventarían incluso las vesículas de los más valientes de entre vosotros, y nadie haría nada ni se preocuparía por hacer nada. No quedaría en su corazón fuerza para hacer súplicas ni tampoco tendría su cuerpo fuerza para ayunar o hacer la salah. Sería más débil que un ratón ante un gato y más desamparado que una oveja ante un lobo. No le quedarían fuerzas para planificar ni moverse. Por esa razón me abstengo de decíroslo.”

El Profeta (s.a.s) adoptó este método. Los siervos justos, con el propósito de proteger los intereses de los que están a su alrededor, también han elegido el silencio. No revelan lo que está en los corazones de los que les rodean; más bien cubren sus imperfecciones. Educan por medio de acciones ejemplares y exquisita conducta en vez de con palabras. Los que están bajo la guía Divina tienen la habilidad de influenciar a la gente incluso cuando sus corazones son como el hierro, suponiendo que tales personas posean la habilidad de dejarse ablandar de la manera en la que el Profeta Daud (a.s) ablandaba el hierro.

Abu Darda (a.s) desempañaba el cargo de juez en Damasco. Un día, fue testigo de cómo varias personas maldecían a un malhechor. Les preguntó:

– ¿Qué harías si hubieseis visto a un hombre que se acababa de caer en un pozo?

– Le tiraríamos una cuerda para intentar sacarlo de allí.

Abu Darda (r.a) les dijo:

– ¿Por qué entonces no tenéis misericordia con la persona que se ha caído en el pozo del mal? ¿Por qué no le echéis la cuerda de las buenas nuevas para salvarle de su desgracia?

Uno de ellos le preguntó:

– ¿No sientes animosidad hacia un malhechor siendo que Allah le amenaza con el Fuego?

Este gran Compañero (r.a), educado en la compañía del Profeta (s.a.s), contestó de la siguiente manera:

– Sí, siento animosidad por el mal que ha hecho, pero no por él.

Rumi (K.s) expresó su amor y misericordia por todas las criaturas para complacer al Creador en los siguientes versos:

“¡Oh Señor! Si solamente los piadosos pueden tener esperanza de Tu misericordia, ¿a quién se podrán volver los malhechores?

¡Oh Allah Glorioso! Si solamente aceptas las súplicas de Tus siervos especiales, ¿a quién se podrán volver los criminales? En verdad que eres el Más Misericordioso de los misericordiosos.”

El hombre dormido en la historia de Rumi simboliza a una persona negligente. La culebra negra que entra en su cuerpo por la boca es su nafs. El amir es el Guía Perfecto. Los golpes de maza representan la reclusión y la batalla contra el nafs y, finalmente, la expulsión de la culebra simboliza la liberación de su dominio.

Cuando Allah le habló a Musa (a.s) en el valle sagrado de Tuwa, Le preguntó sobre lo que tenía en la mano. Musa (a.s) contestó:

“Es mi bastón, en él me apoyo, con él vareo los árboles para mi ganado y en él tengo otras utilidades.” (Ta-Ha, 20:18)

Allah le ordenó:

“¡Tíralo, Musa!” (Ta-Ha, 20:19)

Algunos comentaristas del Qur’an explicaron estas ayah de manera simbólica. Dicen que esta orden se refiere al mundo interior de Musa (a.s). Cuando Musa (a.s) se refirió a los actos en los que dependía del bastón, Allah le ordeno abandonarlos. El nafs y todas las ataduras que se asocian con él aparecieron en forma de culebra. De esta manera, el Creador le reveló la verdad sobre el nafs. Musa (a.s) se asustó y quiso alejarse de allí. Era como si Allah le dijera:

– ¡Oh Musa! Esta culebra representa el apego a todo lo que no es Allah. Si la verdadera naturaleza de esta condición fuese revelada al que la sufre, todos saldrían corriendo.

Otro significado simbólico extrapolado de estas ayah está relacionado con la orden de tirar el bastón: “Ahora se te ha concedido la bendición de los atributos del tawhid –la fe en la Unicidad de Allah. No procede que digas que dependes del bastón y de los beneficios que obtienes de él. El primer paso en el verdadero camino del tawhid es dejar atrás todos los apegos, todos los deseos y reivindicaciones.”

En “Tawilat Naymiyya” leemos lo siguiente:

“El que haya oído la voz Divina y haya visto la luz Divina, se desapegará de todo lo demás y nunca se apoyará en nada que no sea la generosidad y la bendición de Allah, limpiando totalmente su corazón de los bajos deseos.”

Cuando Yusuf (a.s) se enfrentó a los trucos de Zulaiha, sintió involuntariamente una inclinación hacia ella. En ese momento Allah le reveló Su prueba indiscutible –el techo se hizo transparente y vio a su padre Yaqub (a.s), quien se mordía el dedo. A su lado apareció alguien que le decía: “¡Yusuf, mira a tu derecha!” Cuando miró allí vio a una culebra de gran tamaño. De esta manera le fue revelada la verdadera naturaleza de las cosas. Los actos del nafs se le aparecieron en su forma real y repugnante. Los aspectos superficiales se desvanecieron y se manifestó la realidad profunda que encubrían. Cuando con la ayuda de Allah llegó la prueba fehaciente, Yusuf (a.s) se salvó tanto de las maquinaciones del nafs como de la mujer.

El Profeta (s.a.s) dijo: “El Paraíso está rodeado de lo que el nafs detesta, y el Fuego está rodeado de lo que le gusta al nafs.”

Es posible salvar el obstáculo del nafs por medio del bai’ah –pacto entre Allah y el creyente sincero y veraz, siguiendo la guía y la compañía de los siervos rectos de Allah, herederos espirituales del Profeta Muhammad (s.a.s), que nunca dejarán de existir y de mostrar a los creyentes el camino a seguir y la verdadera guía. El Qur’an dice:

“Los que te han jurado fidelidad se la han jurado en realidad a Allah, la mano de Allah estaba sobre sus manos.” (Fath, 48:10)

Lo que se entiende por “sus manos” son los Compañeros del Profeta (s.a.s) que hicieron el pacto, bai’ah, con él. De la misma manera, cada hombre de Allah, ahlullah, incluso un pobre derviche, tiene que renovar este pacto con el Profeta (s.a.s). Aunque más de mil años nos separen del bendito Mensajero (s.a.s), este pacto es posible ya que de forma ininterrumpida han existido y existen creyentes veraces, de los que Allah el Altísimo está satisfecho, que continúan enseñando el Islam correcto y mostrando la guía hacia el camino recto que lleva a la salvación. El poder de Allah ha permanecido y permanece sobre todas estas manos a lo largo de este largo periodo de tiempo. La presencia del poder de Allah sobre la mano del Profeta (s.a.s) es lo que hace que las manos de los siervos veraces de Allah puedan llevar a cabo su trabajo de guiar a los musulmanes y transmitirles el verdadero din de Allah. Estos siervos sinceros poseen extraordinarias capacidades espirituales. El Actor Absoluto, al – fa’il al – mutlaq, es Allah y es Él quien concede a sus siervos el permiso de realizar los actos que tienen su origen espiritual solamente en Él.

Hay dos tipos de amor: el real y el metafórico. El amor real es exclusivamente el amor por Allah, mientras que el metafórico es el que se dirige hacia alguna criatura y es transitorio. El amante verdadero está libre de todos los apegos porque está exclusivamente y enteramente unido a Allah. Ni reconoce, ni considera que sea amor lo que no sea el amor real. Por ejemplo, Maynun alcanzó finalmente el estado espiritual en el que ni siquiera reconocía a Layla.

Lo comenta Rumi (K.s) en el siguiente pasaje: “Debido a su amor por el cuerpo, Allah hizo que Maynun no fuese capaz de distinguir entre el amigo y el enemigo.”

El poeta Fuzuli, que sentía un profundo amor por el Profeta (s.a.s), le compara en su famosa “Oda al agua” con una rosa:

“Qué el jardinero entregue el jardín de rosas a las aguas torrenciales;

Porque una rosa como él no florecería incluso si hubiese regado mil jardines.”

Rumi (K.s) articuló este amor de la siguiente manera: “Allah Todopoderoso le dio al amor Divino tal poder que incluso cuando se está bendecido con una gota de su esencia, se está a salvo de las aflicciones de ambos mundos.”

Esto significa que el que está inmerso en el amor Divino deja de preocuparse por las deficiencias, las envidias y los errores de los demás. De esta manera aumenta su perfección y, finalmente, alcanza el destino que buscaba. Es el amor puro. Es el amor por Allah.

Un guía atrae al discípulo hacia sí por medio de un acto espiritual y reconstruye su lazo con lo mundano transformándolo lentamente en un verdadero amor por lo Divino. Los lazos reales que emergen gradualmente entre el maestro y el discípulo toman poco a poco el lugar de los falsos apegos y se convierten en los primeros pasos hacia la extinción en el amor Divino.

Sheij Sadi ilustra la guía de los actos Divinos en la siguiente historia:

“Un día, uno de mis amigos que estaba conmigo en un baño público me dio un jabón hecho con un tierra muy especial. Le pregunté al jabón: ¿Eres almizcle o ámbar? Estoy muy impresionado por tu extraordinario olor. El jabón respondió: Era tierra bajo un rosal. Los pétalos de las rosas estaban empapados de rocío por las mañanas y caían al suelo como lágrimas. Me han moldeado como si fuera pasta. De hecho, soy tierra pura y llana embriagada con la exquisita fragancia de las rosas.”

Allah ha creado el universo para los seres humanos. Todo lo que hay en la tierra, en el mar y en el cielo lo ha sometió al hombre. A cambio, ha puesto sobre él una responsabilidad que ni siquiera las montañas podrían soportar.

Si el ser humano mira a este mundo con ojos materialistas y codiciosos, no desarrollará ninguna visión trascendental. Solamente el recuerdo constante de la muerte puede hacerle reflexionar al hombre. Recordar este certero acontecimiento sobre el que no hay la menor duda, genera en el ser humano una profunda preocupación espiritual que le hace extraer el pleno significado de la vida y le hace comprender las enseñanzas que se derivan de ello. Es el hecho de aprovecharlas e integrarlas en nuestra existencia terrenal lo que se convierte en la medida del éxito final de nuestra vida. Habiendo dicho esto, mencionemos que la muerte es un acontecimiento miserable solamente para aquéllos que se han preocupado de sus cuerpos y han descuidado el espíritu.

El Profeta (s.a.s) definió la vida de este mundo de la siguiente manera:

“¿Por qué me iba a preocupar por este mundo? Mi situación se parece a la de un viajero que se detiene bajo un árbol para descansar un rato, y luego prosigue su camino.”

¡Oh Señor! Concédenos la alegría sin fin de Tu amor y de Tu bendición.

Amin.

[1]       Tin, 95:4.