EL ORGULLO DEL UNIVERSO (S.A.W)

Salutaciones a Muhammad Mustafa,  misericordia para los mundos de los hombres y de los genios!

Salutaciones a Muhammad Mustafa,  mensajero de los mundos de los hombres y de los genios!

Salutaciones a Muhammad Mustafa, Imam de los dos santuarios sagrados de Meca y Medina!

Salutaciones a Muhammad Mustafa, abuelo de Hasan y Huseín!

 

Allah, El Más Glorificado, ha abrazado al mundo con Su misericordia sin fin. Ha otorgado el lugar más alto del Universo a los seres humanos, que son el resultado perfecto de Su misericordia y compasión. Así mismo, ha honrado al hombre con los atributos que le permiten estar capacitado para tal posición.

Incluso esta posición tan distinguida no fue suficiente para que el hombre pudiera alcanzar la verdad tal y como fue el deseo de Allah. Así pues, los hombres fueron dotados con dos bendiciones divinas, a saber: la razón y la intuición. Les fue concedido un regalo más – la guía de los mensajeros de Allah. De este modo la ayuda Divina ofrecida a los seres humanos en el camino hacía Allah quedó perfectamente fundamentada. Lo más elevado de ella fue la luz de Muhammad, el último profeta portador de esta misión, cuya presencia física en nuestro mundo ha sido un regalo.

Cómo honró al mundo

El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, fue lo más elevado en la cadena de la creación. Vino al mundo un lunes, día 12 del mes de Rabi al-Awwal, fecha que corresponde al 20 de abril del año 571 CE. Nació justo antes del amanecer.

Con su llegada la misericordia divina inundó este mundo. Cambiaron los colores del amanecer y del anochecer. Los sentimientos se hicieron más profundos. Las palabras, las amistades y los placeres cobraron nuevas formas. Todo adquirió nuevo sentido y gusto. Los ídolos temblaron y cayeron en pedazos. En Madayin, la tierra de los poderosos reyes de Irán, fueron destruidos torres y palacios. El agua del lago Sava se retrajo y todo el lago se secó, desapareciendo las cenagosas aguas de la opresión. Los corazones se llenaron de la abundante misericordia y de las bendiciones Divinas.

El padre del Profeta, que se encontraba en Damasco por razones de comercio, murió en Medina durante el viaje de vuelta, apenas dos meses antes de su nacimiento. Según la costumbre árabe, el niño pasó cuatro años bajo el cuidado de su nodriza, Halima. Cuando tenía seis años, su madre Aminah le llevó, junto a Umm Ayman, la críada de la familia, a Medina con el propósito de visitar la tumba de su marido. Durante el viaje enfermó Aminah gravemente. Murió en el lugar llamado Abwa. El poeta lo describe de esta manera:

¡Oh los fallecidos, dormidos en Abwa!
Florece en vuestro jardín
La rosa más bella del mundo…

Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, ahora huérfano, volvió a Meca con Umm Ayman.

A la edad de ocho años perdió a su abuelo, Abd al-Muttalib. Poco tiempo después perdió también a su tío Abu Talib, quien siempre le había protegido. De esta manera, desaparecieron todos los seres que le habían amparado. No tenía ya otro Protector y Maestro que su Señor. De hecho, todos aquellos que le socorrieron en este mundo, lo hicieron guiados por la sabiduría Divina que conocía de antemano el destino de este hombre que llegaría a ser un perfecto ejemplo para toda la humanidad. En tanto que huérfano, su niñez y juventud estuvieron arropadas por la más elevada pureza – indicación que presagiaba su excepcional destino.

Al alcanzar la edad de 25 años, Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, se casó con Jadiyah, que Allah esté satisfecho con ella. Era una mujer noble de entre los Quraysh, la tribu principal de Arabia. Jadiyah puso su vida y su riqueza a su servicio y le ofreció su incondicional ayuda. Era una viuda con hijos, quince años mayor que Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz. La relación del Profeta con ella constituye un ejemplo para todos. En los tiempos en los que llevaba su misión en solitario, ella fue la primera en apoyarle. Por ejemplo, cuando recibió la primera revelación en una cueva del Monte Hira, se sentía atormentado por la tremenda responsabilidad que le había sido impuesta por Allah. Se dirigió de inmediato a su casa. Le dijo:

–   ¡Oh Jadiyah! ¿Quién va a creerme?

Esta excepcional mujer le contestó:

–   ¡Por Allah! Él nunca te abandonará, porque cuidas de tus parientes, ayudas a los que no puede valerse por sí mismos, eres caritativo con los pobres y los favoreces más que nadie. Eres generoso con los invitados. Socorres a los que caminan por el camino recto y encuentran dificultades. ¡Oh Mensajero de Allah! Yo te acepto y creo en ti. ¡Que sea yo la primera invitada al camino de Allah! [1]

Y en verdad que fue ella la primera en creerle y apoyarle. El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, nunca olvidó su profundo amor, amabilidad y exquisito comportamiento. Incluso después de su muerte, mandaba a sus parientes una parte de la carne que sacrificaba.[2] Su recuerdo le fue siempre muy querido.

Los primeros veinticuatro años de la vida matrimonial del Profeta, que corresponden a su juventud y periodo de máxima energía, los pasó exclusivamente con Jadiya, que Allah esté satisfecho con ella. La mayoría de las mujeres con las que se casó más tarde eran viudas y mayores que él. La única que era virgen y joven entre estas mujeres fue Aishah, que Allah esté satisfecho con ella, quien supo entender los aspectos femeninos de la religión con inteligencia y agudeza. Después del fallecimiento del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, vivió muchos años, durante los cuales iluminó tanto a hombres como a mujeres con su inmenso conocimiento. Gran parte de este conocimiento formó después los sólidos cimientos del pensamiento Islámico. La siguiente narración aporta testimonio acerca de este proceso.

Abu Musa al-Ashari, uno de los principales compañeros del Profeta Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, dijo: “Nosotros, los compañeros del Profeta, solíamos preguntar a Aishah cuando se nos presentaban dudas sobre algún hadiz, y siempre encontrábamos que sus respuestas eran satisfactorias.”[3]

Otra razón del matrimonio con Aishah fue el hecho de que éste consolidaba los lazos entre el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, y el padre de Aishah, Abu Bakr que Allah esté satisfecho con él, “el segundo de los dos” en la cueva Thawr, como narra el Corán[4].

El Profeta Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, recibió la profecía a la edad de cuarenta años, después de haber vivido de la manera más pura sus años de juventud y de haber llevado una vida familiar intachable. Seis meses antes de cumplir cuarenta años, Allah, el Todopoderoso, convirtió para él la cueva de Hira en una escuela Divina. En este ambiente espiritual, donde continuó en secreto su educación sagrada, le fue enseñado lo transitorio y lo eterno. Finalmente, a la edad de cuarenta años, le fue concedida la capacidad de guiar a la gente junto con la orden: “¡Lee en el nombre de tu Señor que ha creado!” (Corán, Alaq, 96:1-2)

Los primeros seis meses después de este acontecimiento, percibidos desde un ángulo comprensible para nuestras mentes, estuvieron santificados por sus “sueños.” En verdad, Hira se parece a la aventura de una semilla en la tierra, un lugar de formación espiritual que permanecerá velado a la humanidad por siempre jamás. En cuanto a lo externo, los factores que llevaron al Profeta Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, a la cueva fueron su absoluta compasión y tristeza por causa de la gente de su tiempo, sumergida en la miseria y la idolatría. De hecho, fue una fase preparatoria antes de la transmisión del Corán desde la Divina Presencia hasta la comprensión humana a través del corazón puro de Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz. Fue un tiempo de preparación para poder llevar la tremenda carga de la revelación, demasiado pesada para una persona común. Es como la transformación del hierro crudo en acero por la fuerza de su potencial interno. Es imposible concebir una mente capaz de acercarse a este secreto, o un discurso capaz de penetrarlo sin que se rompan en añicos al intentarlo.

Los que no fueron capaces de ver este mundo a través del corazón formaban una miserable turba, que se apiñó bajo la negra bandera de Abu Jahl y Abu Lahab, los dos principales enemigos de Islam en Meca.

La vida del Profeta está llena de Divinas manifestaciones de honor que no les fueron concedidas a ningún otro profeta antes de él. Allah, el Altísimo, le llamó “mi Amado” – Habibi. Fue el único honrado con el Miray, es decir el ascenso hasta el trono de Allah.[5]

Su superioridad se hizo evidente cuando ofició la oración con todos los profetas en Jerusalem antes del Miray. El secreto de “len terani[6] en la vida de Musa, la paz sobre él, se manifestó como “qaba qawsayni aw adna”[7] durante su vida. En su religión, Islam, salat – oración – que forma un punto de unión con Allah, le fue dado a su Ummah como bendición.

Después de trece años de esfuerzo guiando a su gente, fue llevado a otra cueva. Fue la cueva Thawr en el camino de la Héjira, esta vez no para ser instruido, sino para sumergirse en los secretos de Allah y para perfeccionar el corazón. La estancia allí duró tres días y tres noches. No estaba solo. Le acompañaba Abu Bakr, el más elevado y espiritualmente maduro de sus Compañeros, a quien le fue concedido este honor. Así se convirtió en el “segundo de los dos.” El Profeta Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, le dijo a su noble amigo: “No temas porque en verdad Allah está con nosotros”, (Corán, Tawba, 9:40). De este modo le enseñó como estar con Allah – mai’yyah. Fue la primera lección de dhikr. Ambos sintieron la tremenda felicidad que resulta de abrir los corazones a Allah. Dicho de otro modo, la cueva de Thawr fue donde tuvo lugar por vez primera la educación básica del corazón, la cual lleva al siervo hacia Allah a través del océano de secretos sin límite, y a la vez la primera estación de este viaje sagrado. En aquellos momentos el Profeta Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, empezó a revelar a Abu Bakr los secretos de la fuente de luz que fue su corazón. De esta manera se formó el primer eslabón de la Cadena de Oro que permanecerá por toda la eternidad. La fe toma su fuerza del amor. El motivo fundamental que subyace detrás de todos los viajes sublimes es el amor por el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz. El único camino que lleva hasta la bendición de Allah es seguir su ejemplo, ya que la fuerza del amor nos induce a amar no solamente al amado, sino también a todo aquello que él ama. De hecho, es imposible comprender este amor Divino con nuestras débiles e inadecuadas facultades.

Nos parece que la siguiente historia va a resonar en los corazones de quienes la lean, según su sensibilidad y capacidad de percepción. Durante toda la vida de Abu Bakr as-Siddiq (el Fiel) sus conversaciones con el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, y su compañía, fueron para él fuente de alegría y beatitud. Familiarizado con los más íntimos secretos de la profecía, testigo de muchas manifestaciones, nunca dejó de añorar al Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, incluso cuando estaban juntos.

Cuando oyó al Profeta Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, decir: “No me he beneficiado de la propiedad de nadie tanto como me he beneficiado de la propiedad de Abu Bakr,” respondió con lágrimas en los ojos: “!O Profeta¡ ¿Acaso yo y mis propiedades no somos tuyos?”[8],  enseñando con estas palabras que se había sometido a sí mismo y a todo lo que tenía, al Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, quedando “aniquilado” (fani) en él. En tasawwuf, la ciencia de la Unidad, este estado lleva el nombre de “fan fi al-Rasul” aniquilado en el Profeta. Abu Bakr que Allah esté satisfecho con él, gastó toda su riqueza en el camino del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz. Una vez el Profeta Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, dijo:

–  ¡Ayudad a los que luchan en el camino de Allah!

En respuesta, Abu Bakr trajo todo lo que tenía. Cuando el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, le preguntó qué había guardado para él y sus hijos, respondió:

–   Allah y Su Profeta…[9]

Muawiyah ibn Abi Sufyan dijo de él:

–   El mundo no necesitaba a Abu Bakr; ni él necesitaba al mundo…[10]

 Conviene recordar que el Profeta Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, se preocupaba por la familia de Abu Bakr y no quería que viviesen en la miseria. La donación de toda su riqueza por parte de Abu Bakr, que Allah esté satisfecho con él, fue una circunstancia excepcional entre los Compañeros. Pudo tener que ver con el hecho de que tanto él como su familia tenían una paciencia sin límite y una absoluta confianza en Allah.

Allah fue el que ayudó, apoyó, acogió y protegió a estos dos viajeros. Los incrédulos que alcanzaron la cueva del Monte Thawr, donde se habían refugiado, no vieron nada más que una tela de araña extendida sobre la entrada, tejida por una araña después de que el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, y Abu Bakr, que Allah este satisfecho con él, entrasen en la cueva. Aquella tela confundió a los incrédulos que llegaron a pensar que la cueva estaba vacía. El poeta Arif Nihat Asyali lo expresó así:

Le tela de araña no estaba en el aire,
Ni tampoco en el agua, ni en el suelo;
Estaba delante de los ojos
De aquellos que se quedaron ciegos ante la verdad.
[11]

Bajo la protección Divina, los dos nobles viajeros llegaron a Quba, cerca de Medina, donde su llegada, ansiosamente esperada, dio lugar a una inmensa alegría y un gran júbilo. El apasionado cántico “tala’ al-badru ‘alayna”, la luna llena se ha mostrado sobre nosotros, resonaba en las colinas, llenando los corazones de felicidad. Fue el día doce del mes de Rabi al-Awwal, el principio de la nueva era y del nuevo calendario.

Desde aquel día, Medina se convirtió en el centro del desarrollo y difusión del Islam. Con esta hégira, emigración, palideció el rostro del kufr, incredulidad. La Mezquita del Profeta en Medina y la de Quba adquirieron un significado sublime, y se convirtieron para siempre en lugares sagrados, en el recuerdo de la noble Hégira.

Los Ansar, aquellos que prestaron su ayuda a los nuevos emigrados, compartieron sus propiedades con los Muhajirun, los Emigrantes: “Todo esto es mío; ahora la mitad te pertenece a ti…” De este modo se estableció la base de la hermandad Islámica, tan difícil de construir con nuestra limitada capacidad de sacrificio y generosidad.  Así, Medina se convirtió en el lugar sagrado de la historia del Islam. Allí se formó el modo de vida Islámico a partir de una comunidad que estableció el Adhan, la llamada a la oración, Ramadan, el mes del ayuno, Eid, la fiesta que sigue a Ramadán, y el Zakat, la cantidad de riqueza que los más pudientes deben dar a la comunidad. Allí tuvieron lugar históricas batallas. Todos estos acontecimientos constituyen un ejemplo a imitar por las Ummah,  Comunidades, venideras

La batalla de Badr supuso el triunfo de la verdadera creencia y puso fin a la resistencia de la incredulidad, kufr. La tradicional solidaridad tribal se transformó en solidaridad religiosa. Abu Bakr, por ejemplo, que Allah esté satisfecho con él, se encontró durante la batalla con uno de sus hijos que era incrédulo. Abu Ubayda ibn Jarrah, que Allah esté satisfecho con él, se enfrentó a su padre que también era incrédulo. Finalmente, Hamzah, que Allah esté satisfecho con él, el tío del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, luchó cara a cara con su hermano incrédulo. Se encontraron durante la batalla, con las espadas en alto. La lucha por causa de la fe entre gente unida por lazos de sangre era impensable antes de la llegada del Islam. En aquellos tiempos la guerra siempre era el resultado de disputas tribales. Durante aquel enfrentamiento, la Verdad Suprema (Haqq Ta´ala) envió al campo de batalla un ejército de ángeles, elevándolos de esto modo por encima de otros ángeles. Después de este gran acontecimiento, Allah el Altísimo reveló el siguiente verso para proteger a los creyentes del sentimiento de auto-suficiencia y arrogancia. “No habéis sido vosotros los que los habéis matado, sino Allah quien les ha dado la muerte. No fuiste tú (Muhammad) quien arrojó (un puñado de tierra sobre el enemigo) sino que fue Allah Quien lo arrojó con el fin de otorgar a los creyentes un bien procedente de Ël; Ël es Quien oye y Quien conoce (todo).” (Corán, Anfal, 8:17)

En la batalla de Uhud, que siguió a la de Badr, fue martirizado Hamza. El número de mártires, incluyéndole a él, alcanzó la cifra de setenta. Se hizo una oración fúnebre, salat al-janazah, por cada diez mártires; se enterraba a nueve, mientras Hamza, el décimo, era guardado y de esta manera incluido en todos los actos fúnebres. Fueron, pues, muchas las oraciones por Hamza, quien llegó a ser la personificación del martirio. No debemos olvidar que el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, amaba tan profundamente a su tío, que en repetidas ocasiones habló de él como de una parte de su corazón.

La batalla de Uhud sumió a todos en la aflicción y la tristeza. Con estas pruebas, la Comunidad maduraba y evolucionaba en el camino de Allah. El gran revés que supuso Uhud, enseñó a los musulmanes el verdadero sentido de estar sometidos a Allah y de aceptar, por tanto, cualquier destino con satisfacción. Esta aceptación era la prueba del alto grado de fe alcanzado.

Ocurrió también que dos anillos del escudo del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, saltaron, hirieron su mejilla y le rompieron dos dientes, lo que causó gran perturbación entre los Compañeros. El Profeta que Allah le bendiga y le conceda la paz, temiendo que esto pudiera desatar la ira de Allah contra la tierra, se limpió la sangre de la cara con una mano para que no cayese al suelo, y buscó refugio en Allah haciendo la siguiente súplica:

–   ¡O Allah! Mi Comunidad no Te conoce. Son ignorantes. Concédeles Tu guía.[12]

El hadiz sigue:

La ira de Allah contra aquellos que hicieron sangrar la cara del Profeta aumentó.[13]

Muchos otros acontecimientos extraordinarios ocurrieron en Uhud.

Los Compañeros (Ashab) siguieron al Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, incondicionalmente. Le dijeron:

 ¡O Mensajero de Allah! Creemos en ti. Hemos aceptado con total sinceridad el Corán que nos has traído de Allah. Hemos jurado obedecerte y seguirte. Haz lo que consideres oportuno, ¡ordénanos! ¡Siempre estaremos contigo! Por Allah, que te envió a nosotros, si te adentras en el mar, te seguiremos. Nadie se echará atrás.[14]

Habían alcanzado la cumbre de la felicidad y de la fe

Sin embargo, hubo en Uhud un momento de desobediencia hacía la orden del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, y una ligera inclinación hacía los bienes mundanos que alteraron el resultado de la guerra. Se manifestó la Divina advertencia y, en consecuencia, el triunfo quedó aplazado. No obstante, la montaña de Uhud tuvo un lugar especial en el corazón del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, quien nunca dejó de visitar como el lugar de martirio que fue. Solía decir: “Amamos a Uhud, y Uhud nos ama a nosotros.”[15] Este lugar, honrado por las palabras del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, conocido por las tumbas de los mártires y por el gran cariño que tuvo hacía él, permanecerá para siempre como un lugar sagrado en el corazón de todos los musulmanes.

En la batalla de Jandaq (Zanjas), el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, rompió una gran roca que se oponía con fuerza a los intentos de los Compañeros por partirla. Con el primer golpe, dijo que vio el Palacio del Cesar. Con el segundo, el de Kisra, rey de Persia. Con el tercero, dijo que vio la caída de los palacios de San’ah, en Yemen. De esta manera, daba las buenas nuevas de la futura expansión del Islam hacía aquellas tierras e inyectaba en todos los corazones la esperanza del glorioso porvenir. Anunciaba que la verdad prevalecería y dibujaba un mapa del Universo en el cual lo imposible se tornaba realidad.

La batalla de Jandaq estuvo llena de pesadumbre, fatiga, hambre, frío y oscuridad. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, suplicaba:

¡Señor mío! La vida real es la del Más Allá. Ayuda, por favor, a los Ansar (Los que ofrecen ayuda) y a los Muhajirun (Emigrantes).[16]

Explicaba con estas palabras que todo dolor y fatiga en este mundo son insignificantes si se los compara con la infinidad del Más Allá, y conducía así a sus Compañeros hacía ese Más Allá.

Como anunció el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, el día del Pacto de Hudaybiya, los Musulmanes triunfaron en las siguientes batallas y los habitantes de Meca abrazaron a los verdaderos dueños de la ciudad que fue conquistada espiritualmente por los que la amaban, con perdón, paz, seguridad y guía. La añoranza que sintieron durante años, el dolor, la opresión y las dificultades… habían llegado a su fin. Los tiempos de la tristeza dieron lugar a los de la alegría. Para dar las gracias a Allah, tuvo lugar el acto de perdón más grande de la historia. Muchos de los verdugos de los Muslmanes, muchos de sus acérrimos perseguidores, fueron honrados con el Islam.

Finalmente, durante la Peregrinación de Despedida, Hajjat’ul-Wada, fue revelado el último verso en que se anunciaba que la religión había sido perfeccionada. Fue al mismo tiempo un aviso implícito de que el Profeta Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, enviado como misericordia para el Universo, había terminado su misión y se acercaba la hora de la vuelta a su Señor. Para dar la prueba de que había transmitido la enseñanza, pidió por tres veces el testimonio de los Compañeros:

¡Oh Compañeros! ¿Os he transmitido el Mensaje? ¿Os he transmitido el Mensaje? ¿Os he transmitido el Mensaje?

Al recibir las tres veces una respuesta afirmativa, levantó las manos, con las palmas hacia arriba, y pidió el testimonio de Allah:

Se testigo, ¡Oh Allah! Se testigo, ¡Oh Allah! Se testigo,  ¡Oh Allah![17]

En ese momento, la sagrada confianza con la que fue investido el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, durante los veintitrés años que vivió y enseñó en Meca y Medina, quedó trasvasada, hasta el Día del Juicio Final, a la Ummah, Comunidad de musulmanes.

Desde que el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, conquistó su tierra natal, algunos de los Ansar empezaron a expresar su preocupación:

Allah el Altísimo ha abierto Meca al Profeta. De ahora en adelante, vivirá allí, y no volverá a Medina.

Aunque hablaban en privado, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, les repitió estas mismas palabras. Se sintieron avergonzados y confesaron que efectivamente habían hablado de ello. Rasulullah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, les dijo:

¡Busco refugio en Allah de hacer semejante cosa! Mi vida y mi muerte será con vosotros.[18]

Su vuelta a Medina fue un ejemplo de lealtad sin parangón.

            

Adam, la paz sobre él, ante él se postraron los ángeles;

Nuh, la paz sobre él, quien purificó la tierra con el diluvio;

Hud, la paz sobre él, quien puso boca abajo las tierras de la incredulidad con las tormentas;

Salih, la paz sobre él, quien sacudió los cimientos de la casa de la desobediencia y la rebelión;

Ibrahim, la paz sobre él, quien con su sumisión y confianza en Allah convirtió el fuego encendido por Nimrod en un jardín de rosas;

Ismaíl, la paz sobre él, símbolo de sinceridad, lealtad, confianza y sumisión a Allah, y cuya historia recuerdan los creyentes durante la Peregrinación, y hasta el Día del Juicio Final;

Ishaq, la paz sobre él, de quien provienen los profetas de Israel;

Lut, la paz sobre él, el triste profeta de la gente de Sodoma y Gomorra, relegada al vertedero de la historia después de haber sido borrada de la faz de la tierra por su inmoralidad y rebelión sin precedentes;

Zulkarnayn, la paz sobre él, quien llevó la antorcha del Tawhid, Unicidad de Allah, del uno al otro confín.

Yakub, la paz sobre él, quien fue un monumento de paciencia, amor y añoranza;

Yusuf, la paz sobre él, cuya belleza hizo palidecer la belleza de la luna, quien llegó a ser el sultán de Misr después de un periodo de esclavitud, soledad y lucha con las pasiones;

Shuayb, la paz sobre él, llamado el orador de los profetas, que llenaba los corazones de virtud con sus palabras;

Jadir, la paz sobre él, que enseñó los Divinos secretos  a Musa;

Musa, la paz sobre él, quien destruyó la hegemonía del Faraón, e hizo un camino en el Mar Rojo con su vara;

Harun, la paz sobre él, ayudante de su hermano Musa, la paz sobre él, en cada tiempo y lugar;

Daud, la paz sobre él, cuyo dhikr, súplicas y recuerdo de Allah, llevaban al éxtasis a las montañas, rocas y animales salvajes;

Suleyman, la paz sobre él, cuyo corazón no se apegaba a la gloria de su reinado;

Uzair, la paz sobre él, quien se convirtió en el ejemplo de la resurrección en el Día del Juicio Final al haber sido resucitado después de haber estado cien años muerto;

Ayub, la paz sobre él, la personificación de la paciencia;

Yunus, la paz sobre él, quien desde su estado de beatitud, venció a la oscuridad con el dhikr, la súplica y la penitencia;

Ilyas, la paz sobre él, quien recibió la bendición Divina, y fue saludado por Allah; “Paz sobre Elías y los suyos.” (Corán, Saffat, 37: 130).

Al Yasah, la paz sobre él, quien fue elevado por encima de los mundos;

Zulkifl, la paz sobre él, el profeta del corazón puro, sobre quien llovieron las bendiciones Divinas;

Lukman, la paz sobre él, el guía de los médicos de la salud interna y externa, quien llegó a ser un figura legendaria por sus valiosos consejos;

Zakaríah, la paz sobre él, el profeta oprimido, quien no dijo ni “aah”, ni renegó de la sumisión y confianza en Allah incluso cuando estaban despedazando su cuerpo;

Yahia, la paz sobre él, quien, como su padre, murió como un mártir;

El elevado ‘Isa, la paz sobre él, cuyas cualidades excepcionales fueron la pureza del alma, la capacidad de curar a los enfermos y resucitar a los muertos, con la sincera súplica  y el permiso de Allah;

En total, unos ciento veinte mil profetas, junto con las manifestaciones Divinas en sus vidas, descendieron sobre la arena espiritual de la humanidad, como la lluvia que llega a la tierra cuando las nubes rebosan y ya no se pueden contener. Estos profetas eran como los destellos de la guía Divina. Con su ejemplo y mensaje formaron la cadena profética, que anunciaba la buena nueva de la llegada de Muhammad Mustafa, que Allah le bendiga y le conceda la paz, enviado como misericordia para todos los mundos…

Nuestras fuentes mencionan que la venturada Suwayba, esclava de Abu Lahab, fue una de las nodrizas del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz. Fue la primera en dar el aviso a Abu Lahab del nacimiento de Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz. Conmovido por tan buena noticia, le concedió la libertad. El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, nació un lunes. La felicidad de Abu Lahab, aun siendo el resultado de sentimientos mundanos y solidaridad tribal, hará que el castigo del Fuego, para este incrédulo, sea aliviado los lunes.

Después de la muerte de Abu Lahab, alguien le vio en un sueño y le preguntó acerca de su vida en el Más Allá:

– ¡Abu Lahab! ¿Cómo estás?

– “Estoy sufriendo el castigo del Fuego del Infierno, pero mi castigo diminuye los lunes por la noche. Me refresco con un poco de agua que brota de mis dedos. Es porque ese día liberé a Suwayba cuando vino corriendo hacía mi con la noticia del nacimiento del Mensajero de Allah. Por eso Allah me recompensa de esta manera.”

Ibn al-Jazari dijo:

“Un incrédulo como Abu Lahab se benefició de la felicidad que experimentó por el nacimiento del Profeta aun cuando estaba mezclada con sentimientos tribales. Imaginaros la clase de regalos y bendiciones que recibirá el verdadero creyente si, por respeto a aquella noche, abre su corazón al que es Eterno Orgullo del Mundo y su casa a los invitados.” La manera adecuada de celebrar el nacimiento del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, consiste en organizar durante el mes en el que nació, reuniones para mantener encendido el fuego del corazón con el propósito de beneficiarse de la espiritualidad de este mes sagrado en compaña de la Ummah; alegrar los corazones de los pobres, los huérfanos y los desamparados, ayudándoles en la medida de nuestras posibilidades; y en recitar el Corán en público.[19]

Este huérfano era iletrado porque nunca había estudiado. Sin embargo fue el salvador de toda la humanidad, el intérprete del mundo invisible y el maestro de la escuela de la Verdad.

Musa, la paz sobre él, trajo normas y reglas. Daud, la paz sobre él, se distinguió por sus cánticos e invocaciones. El sublime Isa, la paz sobre él, fue enviado para enseñar a la humanidad los comportamientos más hermosos y el desapego de la vida mundana. El Profeta del Islam, Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, estableció y enseñó las reglas para purificar el alma y poder así adorar a Allah con un corazón puro. Fue maestro de la más elevada moralidad, cuyo ejemplo fue su propia vida. Indicó cómo evitar el engaño de las falsas atracciones de este mundo. En una palabra, combinó en su personalidad y misión la capacidad y obligaciones de todos los Profetas, la paz sobre todos ellos. Fue ejemplo de dignidad por su genealogía familiar así como por su sublime moralidad; y fue ejemplo de dicha y felicidad tanto por su perfecto carácter como por su belleza física.

El cuadragésimo año de su vida fue sin duda alguna un momento crucial para la humanidad. Había vivido, durante esos cuarenta años, entre la gente. La mayoría de las maravillas que les iba a traer le estaban aún ocultas. No se le conocía como un hombre de mando, ni tampoco como predicador, u orador. Lejos de ser un general, ni siquiera había sido soldado. Nunca había hablado de la historia, de los profetas, del Día del Juicio Final, del Paraíso, ni tampoco del Fuego. Vivía apartado, llevando una vida recogida y de exquisita moralidad. Todo cambió, sin embargo, cuando volvió de la cueva en el Monte de Hira, de donde trajo el mandamiento Divino.

Su misión trastocó y convulsionó a toda Arabia. Su extraordinario discurso y manera de hablar encantaron a todos. De repente terminaron los concursos públicos de poesía, literatura y retórica. Los poetas no se atrevían a firmar los poemas que ponían en los muros de la Ka’bah. Esta tradición centenaria se extinguió hasta el punto de que incluso la hija del poeta árabe más admirado, Imru’ul-Qaus, quedó tan conmovida al oír un pasaje del Corán que exclamó con gran sorpresa:

“¡No puede ser la palabra de un ser humano! Si hay alguien en este mundo capaz de hablar así, los poemas de mi padre deben ser retirados de las paredes de la Ka’bah. ¡Hacedlo! Y en su lugar poned estos versos.”

El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, retó al mundo entero a traer versos similares a los que él traía. Sin embargo nadie pudo contestar a este reto del Qur’an, ni entonces ni ahora.

Allah dice:

“Y si tenéis alguna duda sobre lo que hemos revelado a Nuestro siervo, venid vosotros con una sura igual; y si decís la verdad, llamad a esos testigo que tenéis en vez de Allah.” (Qur’an, Baqara, 2:23)

Este hombre iletrado procedente de una sociedad arcaica, desarmó a sus contemporáneos con el tremendo conocimiento y sabiduría que le fueron revelados y con los múltiples milagros que no serán superados hasta el final de los tiempos. Este hecho puede probarse de varias maneras. Aunque el Qur’an menciona muchas cuestiones académicas y científicas y ofrece varios presagios acerca de los acontecimiento futuros, nada de lo que fue revelado ha sido puesto en duda por los descubrimientos científicos. En cambio, cualquier enciclopedia seria se siente obligada a publicar cada año un nuevo volumen para rectificar los errores y poner al día la información de los volúmenes del año anterior.

El Profeta Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, enseñó personalmente a la humanidad que era virrey de la Verdad (al-Haqq) en la tierra. Puso los fundamentos de la organización social, cultural, económica, y de las relaciones internacionales. Y lo hizo de tal manera que sólo los sabios más distinguidos de nuestro tiempo pueden comprenderlos a través del estudio pormenorizado del mundo material e inmaterial. En verdad, la humanidad entenderá mejor la realidad de Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, cuando desarrolle aún más los campos del conocimiento teorético y experimental.

El Profeta Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, aunque nunca antes de haber recibido la profecía había llevado espada, ni tenido experiencia militar alguna, ni participado en ninguna campaña militar salvo como testigo, resultó ser un gran soldado que nunca se rindió en batalla alguna de las que libró por defender la fe en la Unicidad de Allah. A pesar de la misericordia sin límite que descendió sobre toda la humanidad, tuvo que enfrentarse a numerosos ejércitos que defendían la idolatría. En nueve años, conquistó toda Arabia con un ejército relativamente débil. Logró imbuir con éxito la fuerza espiritual y el entrenamiento militar en su desorganizada e indisciplinada comunidad, pudiendo así derrotar a los dos imperios más poderosos de aquel tiempo: el Bizantino y el Persa. De este modo las buenas nuevas anunciadas anteriormente en Meca, se hicieron realidad.

El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, les dijo a la gente de Meca:

–   “¡Aceptad la religión y seguidme!”

Abu Jahl se opuso:

–   “Incluso si nosotros te seguimos, las tribus de Mudar y Rabi’a nunca te obedecerán.”

A lo que el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, respondió:

–   “Mal que les pese, no solamente ellos, sino también los Persas y los Bizantinos me seguirán.”[20]

Al poco tiempo esta promesa se cumplía plenamente.

A pesar de las condiciones adversas, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, lideró la revolución más grande de toda la historia de la humanidad, hizo callar a los opresores, y puso fin a las lágrimas de los oprimidos. Solía peinar a los huérfanos con su propia mano. Fue el mejor consuelo para los corazones afligidos.

Mehmed Akif, el famoso poeta turco, lo describió de manera excelente:

De repente los huérfanos crecieron y maduraron,
Las botas asesinas dejaron de pisar cabezas,
Con un solo aliento, este inocente salvó a la humanidad,
Con un movimiento, derrotó a los Césares y Kisras,
Los débiles que solo conocían la opresión, se levantaron,
Los opresores que nunca esperaban morir, desaparecieron.
Misericordia para todos fue realmente su iluminadora palabra,
Con sus alas cubrió el país de los que pedían justicia,
Lo que el mundo recibió no fue sino regalos.
Con él están en deuda las sociedades y los individuos
Toda la humanidad está en deuda con este inocente.
¡Oh Señor! Resucítanos con esta confesión en el Ültimo Día.

Si el Profeta Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, quien reunió en su personalidad todas las virtudes, no hubiera venido al mundo, la humanidad se habría hundido en la opresión y el salvajismo, y los débiles habrían sido esclavizados por los poderosos hasta el final de los tiempos. La balanza del mundo se habría inclinado hacía el mal. En tales circunstancias, el mundo habría sido dominado por unos cuantos poderosos. ¡De qué manera tan hermosa lo describe el poeta!

¡Oh Mensajero de Allah! Si no hubieras venido
Las rosas no habrían florecido, ni habría cantado el ruiseñor.
Los Nombres de Allah habrían permanecido escondidos para la humanidad.
La existencia habría perdido su sentido, arrastrada hacía la angustia.

Condujo veintisiete batallas y cerca de cincuenta incursiones llamadas sariyya. Islam quedó firmemente establecido con la conquista de Meca. Allah reveló el siguiente verso del Qur’an que declara que Islam es la cumbre de la perfección humana:

“Hoy os he completado vuestra Práctica de Adoración, he colmado Mi bendición sobre vosotros y os he aceptado complacido el Islam como Práctica de Adoración.” (Qur’an, Maida, 5:3)

Llegó la hora de la gran separación y de la gran unión. Un día antes de caer enfermo, fue al cementerio de Medina, Jannat’ul-Baqi, y pronunció estas palabras:

–   “¡Oh Allah, el Más Grande! Te suplico que perdones a la gente que está aquí enterrada.”[21]

Era como si les estuviera dando su último adiós. De vuelta, se despidió de sus Compañeros.

–   ¡Allah, el Altísimo, le permitió elegir a uno de sus siervos entre este mundo y sus atracciones y las bendiciones del Paraíso. El siervo eligió el Paraíso.”

Al oír estas palabras, Abu Bakr, Que Allah esté satisfecho con él, sintió en su corazón  que el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, les estaba dando su último adiós. Se sumió en una gran tristeza, su corazón enmudeció, y las lágrimas llenaron sus ojos. Lloró desconsoladamente:

–   “Ojala pudiera sacrificar a mi padre y a mi madre por ti. ¡Oh Mensajero de Allah! Sacrifiquemos por ti nuestras almas, y las almas de nuestros padres, madres e hijos, y nuestras propiedades.”

Nadie más pudo entender el mensaje oculto del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, y era porque Abu Bakr fue el “segundo de los dos” en la cueva de Thawr.[22] El sensible y refinado corazón de Abu Bakr, Que Allah esté satisfecho con él, intuyó la dolorosa separación que se avecinaba, y lloró como una flauta de junco que anuncia la despedida. La hija del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, Fátima, la primera entre las mujeres del Paraíso, entristeció tanto ante esta temporal separación de su padre, el Profeta de la Misericordia para todos los Mundos, que Allah le bendiga y le conceda la paz, que dijo:

–   “Cuando el Profeta Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, partió al Más Allá, mi tristeza fue tan grande que si hubiera caído sobre la luz del día, lo habría convertido en noche.”[23]

Nos dejó dos grandes guías, el Sagrado Corán y la Sunnah, dos recuerdos del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, para siempre, un manual de felicidad para este mundo y para el Más Allá.

Después de la vuelta a Medina, una grave enfermedad le fue consumiendo durante trece días, hasta que su alma conoció el mundo de la Beatitud. Fue el día doce del Rabi’ul-Awwal del año 11 de la Hégira, 8 de junio del año 632. Entre los hombros del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, se encontraba el signo Divino, la indicación de que era el Ültimo Profeta, que la mayoría de los Compañeros deseaba besar. Imam Bayhagi transmitió:

“Los Compañeros dudaban si el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, realmente había partido hacía el Más Allá ya que no pudieron ver ningún cambio en su cara. Asma  Que Allah esté satisfecho con él, buscó el signo de la profecía, y al no encontrarlo se determinó que definitivamente había pasado al mundo de la eternidad.”[24]

La religión había sido perfeccionada y el compromiso de transmitir el Mensaje Divino a la humanidad firmemente consolidado como testificación de la Verdad Absoluta (al-Haqq). Después, el Profeta fue invitado al mundo de la eternidad. Ahora, está esperando a su Ummah cerca del Mahshar, la plaza de la resurrección, en el Puente sobre el río de Kawthar.

Intercede por nosotros, ¡Oh Rasulullah!
Ayúdanos, ¡Oh Rasulullah!
Danos la bienvenida, ¡Oh Rasulullah!

El mundo fue honrado con su nacimiento que tuvo lugar un lunes, el día 12 del Rabi al-Awwal.

Allah le concedió la Profecía un lunes, día 12 del Rabi al-Awwal. Abu Qatada transmitió:

“Le preguntaron al Profeta Muhammad sobre el ayuno del lunes. Respondió:

–   Es el día en que nací y el día en que fui enviado como profeta.”[25]

También un lunes, día 12 de Rabi al-Awwal entró en Medina y puso los cimientos del nuevo Gobierno Islámico que permanecerá para siempre. Y un lunes, 12 del Rabi al-Awwal, emigró al Más Allá.

Su nacimiento, su Hégira desde Meca a Medina, y su paso al Otro Mundo, son manifestaciones Divinas y por el poder de Allah todos estos acontecimientos ocurrieron el lunes, día 12 de Rabi al-Awwal, lo que confirma lo sagrado de este mes. Las manifestaciones Divinas de Belleza (Yamal) y de Gloria(Yalal), se manifiestan en este mes abundantemente. En los mundos internos, la felicidad de este tiempo y el dolor de la separación están entremezclados como dos opuestos inseparables. Ahora, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, está esperando en el Más Allá a su Ummah  lleno de misericordia y compasión.

Con el viaje del Profeta de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, al Reino de la Felicidad, este mundo perdió su presencia física. En verdad, es un mundo desleal, como lo expresó en verso el poeta sufi Otomano, Asís Mahmud Hudayi:

¿Quién espera lealtad de ti?
¿Acaso no eres un falso amigo?
¿No eres la misma tierra
de la que se fue Muhammad Mustafa?[26]

[1]       Bukhari, Zakat 1; Muslim, Iman 12; Nasai, Salat 10; Ahmad ibn Hanbal, al-Musnad, V, 417, 418.

[2]       Muslim, Fadail al-Sahabah 75; Ibn Hibban, al-Sahih, XV, 467.

[3]       Tirmidhi, Manaqib 62.

[4]       Ver el Corán, Tawba, 9:40.

[5]       Bukhari, Salat 1; Muslim, Iman 259; Abu Dawud, Sunnah 23; Tirmidhi, Tib 12; Ahmad ibn Hanbal, al-Musnad, III, 224.

[6]       El secreto de “len terani”“¡Nunca Me verás!”: Moisés (la paz sobre él) tuvo que pasar un periodo de preparación con el objetivo de poder hablar con Allah. Se le ordenó ayunar durante treinta días, periodo que fue más tarde ampliado a cuarenta. Fue una fase de preparación para el encuentro con Allah a través de despojarse de los deseos carnales. Moisés (la paz sobre él) no habló con Allah utilizando el lenguaje común, producido con ayuda de los órganos del habla, sino a través del Divino atributo de Kalam. Nadie más sintió u oyó este diálogo, ni siquiera el Ángel Gabriel, ni los setenta testigos que acompañaban a Moisés (la paz sobre él). Aún así, Moisés (la paz sobre él) se desmayó ante la Divina manifestación. Perdió el conocimiento sin saber si estaba en este mundo o en el Más Allá y sintió estar fuera del tiempo y del espacio. Estaba sumergido en el amor y el éxtasis. Se despertó en él una fuerte pasión por ver la Verdad Absoluta, al-Haqq. En respuesta, le llegó la Divina contestación: “len terani”“¡Nunca me verás!”. Como Moisés insistía inconscientemente, Allah le ordenó mirar a la montaña y le hizo saber que si ella podía aguantar la Divina manifestación, también lo podría él. Nos fue transmitido que un pequeño rayo de la Divina luz llegó hasta la montaña desde detrás de los interminables velos. La montaña quedó pulverizada. Moisés (la paz sobre él) se desmayó ante este asombroso acontecimiento. Cuando volvió en sí, dio las alabanzas a Allah y pidió perdón por haber intentado traspasar los límites.

[7]       “Qaba qawsayni aw adna”“Y se acercó y se humilló. Y estuvo de El a la distancia de dos arcos o aún más cerca”; (Corán, Najm, 53:8-9). El Profeta Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, fue llevado detrás del Sidra al-Muntaba. Ni siquiera a Gabriel le fue permitido acercarse tanto a Allah. El verso habla de la distancia de “dos arcos o aún más cerca.” En este sitio tuvo lugar un encuentro íntimo y sagrado entre Allah y el Profeta, el cual es imposible de comprender para un ser humano. Sirva esto de comparación entre Moisés y Muhammad (la paz sobre ellos) ofrecida a nuestras humildes e impotentes mentes humanas.

[8]       Ibn Majah, Fadail Ashab al-Nabi 11; Ahmad ibn Hanbal, al-Musnad, II, 253; Ibn Hibban, Al-Sahih, XV, 273; Ibn Abi Asim, al-Sunnah, II, 577.

[9]       Tirmidhi, Manaqib 16; Abu Dawud, Zakat 40; Darimi, Zakat 26; al-Hakim, al-Mustadrak, I, 574; al-Bayhaqi, al-Sunan, IV, 180; al-Bazzar, al-Musnad, I, 263, 394.

[10]      Ahmad ibn Hanba, Kitab al-Zuhd, p. 18.

[11]      Asyah, Arif Nihat, Dualar ve Aminler, Estambul, 1973, p. 122.

[12]      Bukhari, Anbiya 54; Muslim, Jihad 104; Ibn Majah, Fitan 23; Ahmad ibn Hanbal, al-Musnad, I, 380

[13]      Ibn Ishaq, Sirah, p. 311; Ahmad ibn Hanbal, al-Musnad, I, 389, 428, 457; Ibn Abi Shaybah, al-Mosesnnaf, VII, 373.

[14]      Bukhari, Magazi 4; Muslim, Jihad 83; Ahmad ibn Hanbal, al-Musnad, I, 389, 428, 457; Ibn Abi Shaybah, al-Mosesnnaf, VII, 66.

[15]      Bukhari, I’tisam 16; Muslim, Fadail 10; Ibn Majah, Manasik 104; Muwatta, Madinah 10; Ahmad ibn Hanbal, al-Musnad, III, 140.

[16]      Buhkari, Jihad 34; Abu Dawud, Salat 12; Nasai, Masajid 12; Ahmad ibn Hanbal, al-Musnad, VI, 289.

[17]      Bukhari, Fitan 8; Muslim, Iman 378; Abu Dawud; Manasik 56; Nasai, Ihdas 4; Ibn Majah, Fitan 2; Darimi, Manasik 34; Ahmad ibn Hanbal, al-Musnad, I, 447.

[18]      Muslim, Jihad 86; Ahmad ibn Hanbal, al-Musnad, II, 538; Ibn Hibban, al-Sahih, XI, 75; Nasai,  al-Sunan al-Kubra, VI, 382; al-Bayhaqi, al-Sunan al-Kubra, IX, 117.

[19]      Joseph ibn Ismail al-Nabhani, al-Anwar al-Muhammadiyyah min al-mawahib al-ladunniyah, p. 28-29. Parte de este riwayah fue narrado por al-San’ani en al-Mosesnnaf, VII, 478; al-Bayhaqi en Shu’ab al-Iman, I, 261; al-Marwazi en al-Sunnah, I, 82; Ibn Hagar al-‘Asqalani en Fath al-Bari, IX, 145.

[20]      Ibn Ishaq, Sirah, p. 190. Narraciones parecidas se encuentran en: Ahmad b.Hanbal, al-Musnad, IV, 128; al-Hakim, al-Mustadrak, III, 728; al-Bayhaqi, al-Sunan al-Kubra, IX, 31; Ibn Abi Shaybah, al-Mosesnnaf, VI, 311; Ma’mar ibn Rashid, al-Jani, XI, 48.

[21]      Muslim, Janaiz 102; Nasai, Janaiz 103; Ibn Hibban, al-Sahih, VII, 444.

[22]      Bukhari, Salat 80; Muslim, Fadail al-Sahabah 2; Tirmidhi, Manaqib 15; Darimi, Muqaddimah 14; Nasai, Janaiz 69; Ahmad ibn Hanbal, al-Musnad, III, 18.

[23]      Al-Nabhani, al-Anwar al-Muhammadiyyah min al-mawahib al-ladyunniyah, p. 593.

[24]      Ibn Sa’d, al-Tabakat, II, 271; al-Bayhaqi, Dalail al-nubuwwah, VII, 219.

[25]      Muslim, Sryam 196; Ahmad ibn Hanbal, al-Musnad, V, 299; Ibn Hibban, al-Sahih, VIII, 403; al-Bayhaqi, al-Sunan al-Kubra, IV, 286.

[26]      Hudai, Mahmud, Kulliyyat-t Hudai, Istambul, 1338, p. 109.