Amabilidad y compasión a la hora de servir

Ver a los seres humanos dentro de los límites de los principios del Islam, requiere contemplar y apreciar su verdadera esencia, no sus estados contaminados por el error y la ignorancia. El verdadero creyente considera a un malhechor un pájaro con el ala rota, alguien que necesita atención y compasión, y siente la necesidad de apaciguar y curar el alma en crisis. La misericordia y la compasión, a la hora de relacionarse con la creación, por su Creador, son los factores más efectivos, los que llevan a la perfección y a la gracia. Islam ha aceptado la moderación como su principio rector a la hora de educar y guiar a la humanidad.

Empezando por la vida del Profeta (s.a.s), y continuando con la de los Compañeros y los creyentes rectamente guiados, vemos ejemplos de los métodos más delicados a la hora de tratar con los transgresores. Abu al-Darda (r.a), uno de los Compañeros, era juez en Damasco. En una ocasión oyó cómo la gente recriminaba violentamente a un malhechor. Les preguntó:

“¿Qué haríais si vieseis a un hombre caerse en un pozo?”

Dijeron: “Echaríamos una cuerda e intentaríamos salvarle.”

“¿Y por qué no ayudáis a este hombre que ha caído en el pozo del error?”

Le dijeron sorprendidos:

“¿No te disgustan las faltas?”

“Me disgustan las faltas, pero no el hombre que las comete.”

Podemos extraer de este relato varias enseñanzas que son como bellos destellos que reflejan el mandato y la complacencia de Allah Todopoderoso, así como la excelente conducta y ejemplo de Su Mensajero (s.a.s). En la historia del Islam esta enseñanza se convirtió en la manifestación de madurez y de una arraigada guía que no asfixia al malhechor con sus errores.

Por el contrario, su objetivo es dirigirle al mar del arrepentimiento por medio de la misericordia, la compasión, el perdón y el amor. El Profeta (s.a.s) era amable incluso con los politeístas más furibundos, como Abu Yahl. No se ocupaba de sus faltas sino que les invitaba constantemente a purificarse en el mar de la fe. La siguiente ayah dice que después de la aceptación del Mensaje, las faltas pasadas de la persona quedan borradas, e incluso se convierten en recompensas: َ

“Excepto quien se vuelva atrás, crea y obre rectamente, a ésos Allah les sustituirá sus malas acciones por buenas. Allah es Perdonador y Compasivo.” (Al-Furqan, 25:70)

Los que carecen de esta noble característica son los enemigos tanto de sí mismos como de la humanidad. No saben nada de la misericordia ni de la compasión. Por otro lado, los amigos de Allah, como Yalal al-Din Rumi y Yunus Emre, que alcanzaron la fuente misma de la misericordia, fueron amados no solamente por los hombres, sino por todas las criaturas que pueblan el universo. Son como las rosas del Paraíso, con sus caras sonrientes y su aspecto bondadoso.

Incluso en las circunstancias muy difíciles, no dejaron de manifestar la bondad, curando a los heridos, algo muy importante en la vida de este mundo. Lo expresa Rumi (q.s) de manera muy bella:

“Porque la luna no se asustó no escapó a la oscuridad. Se iluminó, y la rosa tenía la fragancia dulce que había recibido de las espinas.”

“Escucha esta verdad de la rosa. Oye lo que dice: ‘¿Por qué iba a sentirme triste por tener espinas? Alcancé la habilidad de sonreír por medio de mi unión con las espinas, y por eso tengo el poder de irradiar belleza y dar al mundo mi dulce fragancia.’”

Eşrefoğlu Rûmî resume esta actitud en el siguiente verso:

Por el bien de los amigos

El veneno se debe tragar como el zumo.

Uno de los Compañeros maldijo a un alcohólico que ya había sido castigado varias veces. Cuando el Mensajero de Allah (s.a.s) se enteró de ello, dijo:

“No le maldigáis porque, por Allah, sé que ama a Allah y a Su Mensajero.”

Después de haber sufrido una fuerte depresión, uno de los discípulos del fallecido Ramazanoğlu Mahmûd Sâmî (q.s) se emborrachó y vino a verle a su casa. La persona que le abrió la puerta le empezó a recriminar:

“¿Qué has hecho? ¿Sabes dónde estás?”

El hombre contestó: “¿Acaso hay otra puerta que me pueda admitir con compasión?”

Mahmûd Sâmî oyó la conversación, se acercó a la puerta, invitó a entrar a su discípulo y consoló su corazón roto. Tratado con tanta gentileza, aquel hombre se arrepintió y volvió al camino recto. El siguiente hadiz del Profeta (s.a.s) expresa la realidad de ‘ver la creación a través de los ojos del Creador’:

“Por Allah, no podréis entrar al Paraíso si no es mostrándoos misericordia unos a otros.”

Los Compañeros le dijeron: “¡Oh Mensajero de Allah! Somos misericordiosos.”

“No hablo solamente de la misericordia que os tengáis unos a otros, sino de la que abarca a toda la creación; sí, de la que abarca a toda la creación.”

No importa lo lejos que la persona esté del propósito de su creación, siempre tendrá la altísima dignidad de ser ‘humano’. El hecho de estar en el error se debe a que es inconsciente de la nobleza de su esencia, y eso se parece a la realidad de la Piedra Negra que se encuentra en la pared de la Ka’aba. Incluso si estuviera sucia, los creyentes no dejarían de respetarla, siendo conscientes de que su lugar primigenio era el Cielo.

Los seres humanos son como la Piedra Negra venida del Cielo. No importa hasta qué punto estén equivocados, su valor esencial no desaparece. Asimismo, ningún médico que se precie de serlo se enfadaría porque alguien se hubiera puesto enfermo. Incluso si la enfermedad fuera el resultado de sus errores, el médico lo consideraría como una debilidad del paciente y, en vez de recriminarle por sus fallos, empezaría inmediatamente el tratamiento para aliviar su dolor.

Un creyente sincero sentirá algo parecido por el trasgresor, lo que actuará como un salvavidas para los extraviados. Ofrecer un salvavidas a alguien y salvarle de hundirse todavía más en su negligencia, es en sí mismo una causa de felicidad eterna. El comentario del Profeta (s.a.s) durante su conversación con Ali (r.a) en la batalla de Jaibar es muy significativo a este respecto:

“¡Oh Ali! ¡Por Allah! Sin una sola persona abraza Islam por medio de tus manos (es decir, debido a ti), será mejor para ti que los camellos rojos.”

La siguiente ayah expresa esta misma idea: “Y quien lo salvara (a una persona), sería como haber salvado a la humanidad entera.” (Al-Ma’ida, 5:32)

Es una cuestión de fe. Por supuesto que la incredulidad es la enfermedad más grave que puede albergar el corazón humano. Por ello, y porque la probabilidad de curarse de tan ignominiosa enfermedad aumenta cuando tratamos al enfermo con misericordia, Allah Todopoderoso, Quien conocía, fuera de toda duda, la dureza de la incredulidad del Faraón, le ordenó a Musa (a.s) utilizar qawl layyin, discurso amable, cuando le envió al Faraón para transmitir Su Mensaje. E

s la prueba de que debemos seguir este método, en vez de las amenazas, recriminaciones y chantaje emocional, incluso con los más recalcitrantes incrédulos. Lo ha expresado Rumi de manera muy bella:

“Entended bien el dicho de Allah:

‘¡Oh Musa! Háblale al Faraón con palabras suaves. Si echas agua en el aceite hirviendo, destruirás el salvamanteles y la cazuela.’”

Allah Todopoderoso habla de esta realidad en la siguiente ayah: ََِ

“Por una misericordia de Allah fuiste suave con ellos; si hubieras sido áspero, de corazón duro, se habrían alejado de tu alrededor. Así pues, perdónales, pide perdón por ellos y consúltales en las decisiones, y cuando hayas decidido confíate a Allah. En verdad que Allah ama a los que ponen su confianza en Él.” (Al-Imran, 3:159)

Es la actitud que debemos adoptar no solamente con los incrédulos y malhechores sino también con los Musulmanes que siguen el Islam pero cometen faltas. El discurso violento que pueda romper los corazones producirá un efecto contrario al esperado porque la gente puede ser intolerante incluso con sus propios padres. En esta situación, la pura verdad puede desfigurarse, perdiendo su valor y atractivo. Dice Rumi:

“Cuando tu padre te regaña por tus errores, incluso él tiene a tus ojos el aspecto de una bestia voraz que te ataca. Es el efecto de la crueldad de tu padre y de su reprimenda. Es decir, aún cuando lo hace por tu bien, su crueldad y la crudeza de su actitud hacen que su compasión y misericordia te parezcan bestiales.”

No debemos, pues, olvidar este aspecto de la psicología humana, sin importarnos el tamaño de las faltas que una persona haya podido cometer. Por eso el Profeta (s.a.s) dijo:

“Es una falta si un Musulmán mira a su hermano con desprecio.”

La donación que hizo Bezmiâlem Vâlide en Damasco con el objetivo de compensar los daños causados por los sirvientes en las casas de sus amos refleja el espíritu de este hadiz profético. El creyente que es consciente de ello debe ‘cuestionarse a sí mismo y ser tolerante con los demás’, porque Allah Todopoderoso declara:

“¡Vosotros que creéis! Abandonad muchas de las suposiciones. Es cierto que algunas de ellas son delito. No os espiéis unos a otros ni habléis mal de otros cuando no estén presentes. ¿Acaso os gustaría a uno de vosotros comer la carne de su hermano muerto? Os resultaría horrible. Y temed a Allah pues realmente Allah acepta a quien se vuelve a Él y es Compasivo.” (Al-Huyurat, 49:12)

Ha dicho el Profeta (s.a.s):

“Un creyente no puede calumniar, maldecir o tener una conducta censurable con los demás.”

Los Musulmanes correctos, los que siguen estos principios, llegan a ser figuras heroicas de la ética del Islam y de sus méritos. Es un hecho que incluso cuando el Mensajero de Allah (s.a.s) sabía que alguien había cometido una falta, no mencionaba la naturaleza de la falta abiertamente. Solía decir en tales casos:

“¿Qué es lo que te he visto hacer, oh Fulano?”

De esta manera se mencionaba a sí mismo como quien había visto la falta. Esta actitud de no herir los sentimientos y no despreciar a los que están en falta, es la característica común de los que entienden bien el Islam, porque el camino hacia Allah no implica romper los corazones sino apaciguarlos. Yunus Emre lo expresa claramente en los siguientes versos:

El corazón es el trono de Allah

Allah mira en el corazón

Miserable en ambos mundos el que lo rompe.

De hecho, muchos de los que estaban perdidos debido a su mal comportamiento se lograron recuperar de sus faltas por medio de la bendición de esta manera de pensar. Según nos ha sido transmitido, Yunaid al-Bagdadi (q.s) tenía un discípulo a quien un día se le sorprendió cometiendo una falta. Se avergonzó tanto que se fue de la residencia y nadie supo nada de él durante un tiempo.

Un día, Yunaid se encontró con él en el mercado. El discípulo, al ver a su maestro, se alejó apresuradamente. Yunaid se volvió hacia los que iban con él y les dijo:

“Podéis iros, he visto al pájaro que un día se escapó de casa.”

Y fue detrás del discípulo. Cuando éste se dio cuenta de que su maestro le seguía, empezó a caminar más deprisa, pero en su confusión entró en un callejón sin salida y su cabeza dio contra un saliente en el muro. Cuando vio que el maestro estaba delante de él, bajó la cabeza. Yunaid le dijo:

“¡Hijo mío! ¿A dónde vas? ¿De qué huyes? Un maestro puede ayudar a su discípulo, sobre todo cuando le sobreviene la dificultad.”

Y se llevó al discípulo con él. Éste le pidió perdón y se arrepintió.

Esta es la actitud correcta a la hora de guiar al verdadero camino del Islam, una actitud que proviene de la madurez espiritual. La característica principal de un Musulmán debería ser la de poder ver más allá de las faltas, de pagar con el bien el mal, e incluso de ser capaz de suplicar el perdón por los que le ha hecho daño. Un ejemplo de esta actitud es la súplica del Profeta (s.a.s) por los habitantes de la ciudad de Taif que le habían apedreado. También su súplica por el bien para los habitantes de Mekka hizo que muchos incrédulos encontraran el camino recto. El Profeta (s.a.s) ha dicho:

“No es un gran mérito responder con el bien al que nos ha hecho el bien, y responder con el mal al que nos ha hecho mal. La verdadera virtud consiste en responder con el bien al que nos ha hecho daño.”

En tal caso, si la persona a la que se había tratado con bondad era enemigo, se convierte en amigo; y si estaba a medio camino entre los dos, se nos acerca y su afecto se intensifica. Es la razón por la cual el hombre moderno, en crisis bajo el implacable gobierno del materialismo, se inclina tan fácilmente hacia lo místico, y precisamente por esa razón el mensaje del Islam, transmitido correctamente, tiene que tener éxito.

En la actualidad, la mayoría de los occidentales que han abrazado Islam lo han hecho tras la lectura de la vida de los grandes musulmanes. Estos son los libros sobre Islam más leídos en el Occidente. Necesitamos urgentemente corazones que lo abarquen todo, como dice Rumi en las siguientes líneas:

“Ven, ven, seas lo que quiera que seas.

No importa si eres un incrédulo, un idólatra, o un adorador del fuego.

Ven, nuestro albergue no es un lugar de desesperación.

Ven, aunque hayas traicionado tu juramente cien veces.

¡Ven!”

El propósito de esta tolerante invitación de Rumi es confrontar a los hombres con su esencia Divina y honrarles con el Islam, salvándoles de sus errores y proponiéndoles un mundo espiritual.

Sin embargo, esto no significa que deban ser aceptados en Islam sin cambiar su viejo modo de vida. Si algo se ha roto, se debe llevar a alguien que lo pueda reparar. Los corazones de los siervos sinceros de Allah son como talleres de reparación donde la gente arregla sus faltas pasadas; no es de extrañar, pues, que Rumi dirija su invitación a la gente que ha cometido errores.

Es necesario tomar, ante los demás, una actitud de altruismo, misericordia y tolerancia, especialmente en los tiempos en los que los sentimientos religiosos se han debilitado y la gente vive en una continua transgresión de sus propios valores sin sentir el menor remordimiento. Esta actitud aumentará, sin duda, la posibilidad de su salvación. Sin embargo, hay que mencionar, al mismo tiempo, que la tolerancia con el malhechor está restringida a los asuntos personales.

Las faltas que violan los derechos de los demás, trastornando la paz y la tranquilidad de la sociedad, no se deben ni perdonar ni tolerar. También es natural que los que siguen el Islam, aunque sea superficialmente, se inquietan cuando ven a los que transgreden los límites establecidos.

Es necesario, para ellos, alejarse de los errores y los malhechores para protegerse de su dañina influencia, ya que el vicio, al igual que una bella pieza de música, puede fácilmente atraer a los que están descuidados. Por ello, subestimar los errores de un malhechor es peligroso para la sociedad porque puede llevarnos a despreciar el mandato Divino e infectar los corazones.

Dicho de otra manera, la tolerancia es para el trasgresor, no para la trasgresión; y el rechazo es para las faltas no para el que las comete. Nos parece que deberíamos concluir este capítulo con el siguiente hadiz de nuestro amado Profeta (s.a.s):

“Facilitad las cosas a la gente (en cuanto al din), y no las hagáis difíciles para ellos, y dadles buenas nuevas y no les hagáis huir (de Islam).”

¡Oh Señor! Bendice nuestros días con la sabiduría, haciéndonos verdaderos amantes. Ilumínanos con los secretos de ambos mundos. Haz que nuestros corazones sean la fuente de misericordia para toda la creación por su Creador. Cambia nuestras faltas y errores por la recompensa y la bondad.

Amin.