¡Sé Humano! ¡Humano!

Ve al cementerio.

Siéntate allí un rato en silencio.

Escucha las voces de los mudos.

Rumi

Un hombre llegó a una gran ciudad. Visitó el mercado y se dirigió a la parte de los vendedores de perfumes, llena de incontables fragancias. El hombre caminaba despacio, pero se sintió mareado a causa de tantos aromas y se desmayó.

La gente se amontonó a su alrededor, intentando ayudarle. Algunos examinaban su corazón, otros le frotaban las muñecas y aún otros le salpicaban la cara con agua de rosas, pero el hombre no solamente no volvía en sí, si no que su estado empeoraba. Al ver que no podían hacer nada, algunos de los presentes decidieron buscar a sus parientes, pero no encontraron a ninguno. Un guarnicionero que pasaba por allí reconoció al hombre. Dijo:

– No le salpiquéis con agua de rosas. Sé cuál es su problema. No le toquéis. En seguida vuelvo. Todo se solucionará.

Se alejó, y al cabo de un rato volvió con un poco de estiércol que acercó a la nariz del hombre desmayado. Éste volvió en sí, se levantó y se alejó del lugar con el guarnicionero.

La causa de tan sorprendente cura habría que buscarla, muy probablemente, en el hecho de que el hombre que se había desmayado era también un guarnicionero, acostumbrado al mal olor de las pieles sin curtir. Cuando entró en el mercado de perfumes no pudo aguantar las fragancias maravillosas que allí se respiraban, y aquello le causó el desmayo.

EL MATHNAWI:

“El guarnicionero, acostumbrado al estiércol, se había convertido en un escarabajo pelotero, insensible al agua de rosas.

El remedio consistió en darle a oler el estiércol al que estába acostumbrado.

Los maestros sabios y sinceros preparan la medicina para el hombre herido por el mundo con palabras sabias y bellos ejemplos, con agua de rosas que abran las puertas de la Divina misericordia.

Pero estos delicados remedios no sirven para los hombres engullidos por este mundo. No son ni adecuados ni efectivos. ¡Oh los veraces!

Luchad para recibir en esta vida vuestra parte de la luz espiritual, de la amonestación espiritual, de la belleza y de la bondad. No metáis vuestra nariz en el estiércol como el escarabajo pelotero. Sed humanos. ¡Humanos!”

La brisa de la mañana está impregnada de exquisitas fragancias; sopla suavemente en los jardines y rosales. De una manera muy parecida, los hombres con corazones puros, rebosantes del conocimiento de Allah, están impregnados del amor y del éxtasis que es posible experimentar cuando se está en su compañía. Los secretos de sus corazones son comprensibles según el grado de percepción que tenga el observador al contemplar lo que emana de ellos. No olvidemos que el perro de los Compañeros de la Cueva, ashab al – kahf, estará en el Paraíso debido a la lealtad que le movió a tumbarse en la entrada de la cueva donde estaba su dueño.

Rumi (K.s) lo relata de esta manera:

“El perro de los Compañeros de la Cueva se purificó por medio del amor. Le sentaron en la mesa del rey.

Ese perro recibió la bendición de la Divina misericordia porque decidió esperar a la entrada aún sin tener nada que comer.”

De la misma manera, aunque en sentido contrario, el viento que pasa junto a la gente podrida queda impregnado de su mal olor. Su fuerza puede amainar y desaparecer pero, en último instante, toca a otra gente y siembra un terrible malestar entre ellos.

Lo que irradian los hipócritas, privados de los placeres espirituales del servicio y la adoración, es la oscuridad del corazón. La comparten entre ellos y encuentran placer en esta compañía.

El gran maestro Rumi (K.s) dijo: “Id a los cementerios. Sentaos allí un tiempo. Escuchad las voces de los mudos.”

No es posible mantener a una rata en un rosal ni apartar a una abeja de las flores, donde está el alimento que la mantiene viva. Allah provee a cada criatura con el ambiente más propicio a su naturaleza. Los seres humanos no constituyen una excepción. Los hombres nobles, con un rico patrimonio espiritual, se alimentan del conocimiento transmitido a través del Profeta Muhammad (s.a.s), mientras que el sustento de los seres bajos es la impureza de todo género.

Al contemplar el rostro del Profeta Muhammad (s.a.s), Abu Bakr (r.a) decía asombrado: “¡Qué bello!” Abu Yahl, en cambio, sentía odio al verlo. El secreto de esta diferencia está en que ambos observaban su propia naturaleza reflejada en el semblante del Profeta (s.a.s).

Los siervos justos, cuyo papel en este mundo es continuar la labor transmisora y educativa de los Profetas, han  dicho: “Somos como espejos pulidos en los que cada uno ve su propio reflejo.” Un espejo no puede mentir ni distorsionar la imagen. Intrínsicamente, es incapaz de reflejar algo que es bello como algo feo y viceversa. El hecho de que el reflejo sea como la forma que representa, es un axioma. Tal es la dimensión en la que actúan los siervos justos de Allah. Lo que observamos en el espejo es lo que percibe Allah. Es objetivo y verdadero en el sentido más profundo de la palabra. El que se mira en él observa en su rostro la realidad de su ser.

Sheik Nazi Misri (K.s) dijo a este respecto que su corazón era como un espejo:

“Soy un espejo para la gente. El que mire en él verá al instante.

Lo que verá no será otra cosa que el reflejo de sí mismo,

sea positivo o sea negativo.”

Rumi (K.s) dijo:

“¿Puede el espejo suprimir la verdad por miedo a herir o avergonzar a alguien?

El espejo y la balanza son criaturas nobles. Incluso si les sirves durante cien años, y luego les dices: No muestres la verdad, no muestres la deficiencia; te contestarán: Allah nos ha puesto para que se pueda conocer la verdad.

Si fallamos, ¿cuál es nuestro valor, oh joven? ¿Cómo podemos ser medida del rostro noble?”

Un herido o un enfermo no se pueden curar a sí mismos; necesitan de un médico. Lo mismo se refiere a alguien herido o enfermo espiritualmente –necesita estar bajo el cuidado del hombre perfecto, insan kamil, el médico que sabe cómo purificar los corazones.

Los hay que piensan que han alcanzado la perfección espiritual e intentan exhibir una mueca de humildad. Discuten sus fallos y debilidades. Pero esta exhibición no es real. Es para impresionar a los demás. Si analizamos su verdadero estado con más atención, veremos un corazón lleno de amor propio y arrogancia.

Rumi (K.s) dijo: “Para que este cenagal se seque y se limpie, hace falta el apoyo y el entrenamiento que se desprende de la compañía de los creyentes veraces.”

Otros piensan que se pueden elevar por encima del amor propio y de la arrogancia leyendo libros. Es como si un enfermo de cáncer se propusiera curarse estudiando libros de medicina. Hay que añadir aquí que incluso los médicos se ponen en manos de otros médicos en caso de enfermedad, de la misma manera que un juez no se puede juzgar a sí mismo –más bien tiene que comparecer ante un juez diferente.

Los que intentan alcanzar la verdad solamente a través de sus propias mentes son como los niños que intentan coger la sombra de un pájaro que vuela muy por encima de sus cabezas. Sin saber la verdad, corren exhaustos detrás de una sombra; o los cazadores de vista corta que apuntan a las sombras y pierden la energía y las flechas inútilmente.

Mucha gente ha perdido sus flechas. El valor de estas flechas para sus vidas era igual a su peso en oro. Se puede comparar con los niños que juegan con juguetes de plástico. El que corre detrás del mundo durante toda su vida no se da cuenta que no es sino una sombra del mundo de la Realidad. Así pues, es lo mismo que correr tras vanas ilusiones, olvidando o ignorando lo que es real; quedándose, de esta manera, en la oscuridad con las manos y el corazón vacíos, frente a una vida malgastada.

Solamente los verdaderos guías, los siervos autorizados de Allah, los que representan la luz Divina, pueden salvarnos de estas ilusiones. Las personas inteligentes siguen su consejo y su camino para evitar hundir su vida en la nada, en el vacío de una vida perdida en perseguir ilusiones.

Cada ser humano está provisto de sentimientos tales como el amor propio, la auto-complacencia y la arrogancia. Esta arrogancia tiene su origen en la superioridad que vemos en nosotros mismos. Cuando emprendemos el camino espiritual, nos damos cuenta de que la perfección pertenece solamente a Allah y de que todo lo que tenemos es un depósito que nos ha dejado nuestro Creador.

El Profeta (s.a.s) recibió como regalo de nuestra madre Jadiya (r.a) el esclavo Zaid ibn Hariza (r.a), a quien liberó inmediatamente. Aún así, Zaid no se separó del Profeta (s.a.s), considerando que era un honor y bendición servirle y estar en contacto con su excepcional personalidad. Incluso cuando su padre descubrió dónde estaba y vino a rescatarle y llevarle consigo a casa, se negó y le dijo al Profeta (s.a.s):

– ¡Oh Mensajero de Allah! ¡Eres todo para mí! No hay nadie, en mi corazón, por encima de ti.

Declaraba así que prefería servir al Profeta (s.a.s), que vivir libremente con su familia. Fue una de las razones por las que el Profeta (s.a.s) le amaba tanto, se preocupaba por él, y compartía con él su gran sabiduría. Zaid (r.a) la recibía con éxtasis.

El Profeta Muhammad (s.a.s) le preguntó:

– ¿Cuál es el signo del jardín de tu fe? ¿Me puedes describir sus características?

Le contesto Zaid (r.a):

– Desde que perdí todo interés por este mundo, paso mis días sin agua y mis noches sin sueño. Las noches y los días pasan para mí como la lanza pasa por el escudo. He alcanzado el secreto de la certeza del conocimiento por medio de la experiencia directa. Cuando tengo la consciencia de ellos, veo que el tiempo deja de existir. Una hora equivale a un siglo. Cada cosa visible no es sino la manifestación del Uno, del Único. Allí no existe ni el día ni la noche, solamente la eternidad sin principio ni fin. Es un mundo más allá del horizonte de la razón humana, donde no hay ni tiempo ni espacio. Cuando experimenté esta visión por primera vez, sentí como si viese el Trono de mi Señor, y como si viese a la gente del Paraíso visitándose unos a otros; y a la gente del Fuego, odiándose unos a otros.

Y añadió:

– Cuando renuncié a los placeres de este mundo, Allah concedió a mi corazón una luz, y así todo lo que estaba oculto anteriormente se manifestó.

En el Mathnawi Rumi (K.s) explica el éxtasis de Zaid ibn Hariza (r.a) de la siguiente manera:

“Zaid le preguntó al Profeta Muhammad (s.a.s): ¡Oh Mensajero de Allah! ¿Debo hablar del misterio de la Reunión (en el Día de Juicio)? ¿Debo hacer que se manifieste al mundo la Resurrección hoy mismo?

Deja que lo haga. Deja que rasgue las cortinas para que mi espiritualidad brille como un sol; para que pueda eclipsar al sol, y para que pueda mostrar la diferencia entre la palmera que produce dátiles y el sauce yermo.

Suscitaré el misterio de la Resurrección; la moneda pura y la adulterada.

La gente de la izquierda con las manos cortadas. Suscitaré el color de la infidelidad y el color de los que siguieron.

Descubriré los siete pecados de la hipocresía a la luz de la luna que nunca sufre eclipse ni disminuye.

Traeré ante los ojos de los infieles el Infierno y los Jardines del Paraíso, y el estado intermedio.

Mostraré cómo por el agua de Kauzar corren las olas que salpican la caras de los benditos, mientras su sonido resuena en sus oídos.

Y a los que corren sedientos alrededor de Kauzar nombraré uno a uno y diré quiénes son.

Sus hombros rozan mis hombros. Sus gritos atraviesan mis oídos.

Ante mis ojos la gente del Paraíso se abraza gozosamente.

Se visitan unos a otros en sus lugares de honor más elevado, y besan los labios de las hurís.

Mis oídos ensordecen con los gritos ‘¡Ay de nosotros!’ ‘¡Ay de nosotros!’ que salen de las bocas de los miserables que están en el Fuego, y ‘¡Ay, que pena!’

Solamente son unos apuntes. Descubriría toda la profundidad de mi conocimiento, pero temo ofender al Mensajero de Allah.

Hablaba de esta manera, intoxicado. El Profeta (s.a.s) tiró del cuello de su camisa.

Y dijo: ¡Ten cuidado! Tira de las riendas, porque tu caballo va demasiado deprisa. Cuando la reflexión no se avergüenza de hablar, la verdad golpea el corazón, y el recato desaparece.”

A veces el éxtasis que llenaba el corazón del Profeta (s.a.s) alcanzaba tales proporciones que le resultaba difícil soportarlo. Ocurría sobre todo en los momentos en los que recibía la Revelación; sentía un peso sobrecogedor y su frente sudaba. Solía decirle en estos momentos a su esposa Aisha (r.ha):

– ¡Oh Aisha! Me ha sobrevenido este estado espiritual. Por favor, ven y habla conmigo.

Cuando, por otro lado, las preocupaciones cotidianas le venían encima le decía a Bilal:

– ¡Oh Bilal! ¡Da el adhan!

Entre los dos polos, en medio de todos los altibajos, se establecía gradualmente el equilibrio necesario para la continuación de la vida humana. Si no hubiese sido así, le habría sido imposible mantener la comunicación equilibrada con todos los miembros de la caravana que le iba a seguir.

Abu Bakr (r.a) fue la persona a la que más le atraían las charlas del Profeta (s.a.s). Solían también hablar en privado. Umar (r.a) ha relatado lo siguiente al respecto:

“Fui a ver al Profeta (s.a.s). Él y Abu Bakr (r.a) estaban hablando del conocimiento del tawhid (Unicidad de Allah). Me senté con ellos. No puede entender nada de lo que estaban diciendo. Parecía como si no supiera árabe. Le pregunté a Abu Bakr:

– ¿De qué va esta conversación? ¿Sueles hablar a menudo de esta manera con el Profeta (s.a.s)?

Abu Bakr (r.a) contestó:

– Sí. A veces, cuando estamos a solas, discutimos con el Mensajero de Allah (s.a.s) de esta manera.

El Profeta (s.a.s) dijo: “Nosotros, la comunidad de los Profetas, tenemos la obligación de descender al nivel de la gente común y hablarles de manera que puedan entender.”

En otro hadiz dijo: “Hablad a la gente no para mostrar que sabéis sino para que os entiendan.”

Los dichos del Profeta (s.a.s) describen el mundo como “la casa de la decepción”, dar al – ghurur. También lo describen como el mundo “encantado”, sajjara, y el mundo “sin misericordia”, ghaddara.

Normalmente nos resulta difícil protegernos de la decepción de este mundo falso y transitorio, a pesar de que a menudo somos testigos de su verdadera naturaleza –de ser una sombra en la que lo único seguro es la muerte. El poder de esta decepción es de tal magnitud que la situación no cambia incluso si presenciamos la muerte de la gente más cercana a nosotros. Es la consecuencia de que este mundo sea un hábil “encantador”, sajjara, para nosotros. Nuestra decepción es el resultado de su hechizo.

Rumi (K.s) explicó este hechizo de la siguiente manera:

“Es un mago el que pliega cientos de metros de tela a la luz de la luna.

Cuando toma vuestras vidas, como si fueran dinero de plata, entonces se acaban, la tela desaparece, y vuestro capital se agota.

¡Oh tú que estás bajo el hechizo de este mundo! Debes recitar ‘qul audhu’, y decir:

¡Oh Señor! Con Tu misericordia, protégeme de la magia y de los deseos bajos de este mundo.”