Recordando a Allah

Si queremos abandonar este mundo como creyentes sinceros, cada aliento que exhalemos en esta efímera existencia debería prepararnos para que el último de ellos se produzca con el corazón lleno de fe. Alcanzar la felicidad en el Más Allá, exige que pasemos nuestra vida en este mundo realizando buenas obras, siendo misericordiosos, y siguiendo el camino recto del Islam.

Así nos advierte el siguiente hadiz:

“El hombre muere según ha vivido, y resucita según ha muerto.” (Munawi, Fayd al-Qadir sharh Yami’ al-Saghir, vol. V, 663)

El objetivo final es dar el último paso hacia Allah Todopoderoso con paz interior y consciencia, y sentir contento y felicidad al exhalar el último aliento. Pero sin duda habrá quien a la hora de morir no experimente otra cosa que una terrible pesadilla. Nuestro objetivo también es el de lograr una estación en la que podamos decir alegremente. “¡Voy hacia mi Señor!” ¡Que Allah nos conceda el que podamos pronunciar estas palabras, Amín!

En aquello con lo que el corazón está entretenido en este mundo, seguirá ocupado a la hora de morir. Claro está que hay excepciones: A pesar de que el creyente pase su vida haciendo buenas obras para lograr morir en estado de gracia, no debería tomar por seguro que vaya a alcanzar la misericordia de Allah.

De la misma forma, alguien que ha estado cometiendo faltas graves toda su vida, no debería perder la esperanza de alcanzar la gracia de Allah Todopoderoso. Esto es así porque el estado en el que exhalaremos nuestro último aliento es un secreto divino. En el Qur’an hay muchos ejemplos tanto de quienes se esfuerzan en el momento de la muerte para proteger su fe, como de quienes, después de haber llevado una vida recta, eligen caer cautivos de sus deseos. Hay personas de gran conocimiento que en vez de adornarlo con la iluminación de la fe, eligen seguir sus pasiones.

Ejemplos de ello los encontramos en Shaytan, Qarún, Bal’am bin Bawra y Salaba; todos ellos engañados por las intrigas de este mundo. Como sabemos, hubo un tiempo en el que Shaytan era estimado por Allah Todopoderoso, pero debido a su soberbia no fue capaz de ver la magnitud, el poder y la gloria del Imperativo Divino y, como resultado de ello, argumentó que era superior a Adam. Engañado por la creencia de que era favorecido y honrado, se opuso a la orden de Allah.

Finalmente, a causa de esa soberbia, Shaytan fue condenado al eterno extravío. Qarún era una persona pobre pero honrada. Después del Profeta Musa (que la paz sea con él), fue el más grande exegeta de la Torah. Se le desvelaron los secretos de la alquimia a resultas de la súplica que hizo Musa a su Señor, pero con el tiempo le fueron ganando las pasiones, y su corazón se fue inclinando por los deseos mundanos. Se volvió tan rico, que incluso los hombres más fuertes no podían cargar con las llaves de sus tesoros. De tal forma quedó atrapado en su caprichosa avaricia que cuando el Profeta Musa (que la paz sea con él) le ordenó que pagase el zakat, Qarún tuvo la osadía de contestarle:

“¿Acaso quieres quitarme la riqueza que he atesorado con mi esfuerzo?”

Pero de hecho, fue su riqueza la causa de su impertinente actitud y de su destrucción.

Qarún también tenía celos del estado espiritual alcanzado por Musa y Harún (que la paz sea sobre ellos dos). Su resentimiento y su envidia eran tales que llegó a difamar a Musa acusándole de indecencia. El resultado fue que Qarún fue enterrado junto con sus riquezas de las que tan orgulloso estaba. Olvidándose de quién es el verdadero dueño de todas las riquezas, se enamoró perdidamente de los placeres de este mundo sin caer en la cuenta de que esos placeres son la causa principal de la inconsciencia y el olvido.

Bal’am bin Bawra era un hombre piadoso al que se le había concedido el conocimiento del nombre más poderoso de Allah, Ismi-i Azam. Los israelitas lo consideraban un sabio y un hombre de Allah. Pero Bal’am bin Bawra cambió su estación espiritual por la esclavitud a la que le llevaron sus pasiones carnales. Este incidente está mencionado en el Qur’an:

“Cuando el caso de aquel a quien habíamos dado Nuestros signos y se despojó de ellos, entonces el Shaytan fue tras él y estuvo entre los desviados. Si hubiéramos querido, habríamos hecho que éstos le sirvieran para elevarle de rango, pero él se inclinó hacia lo terrenal y siguió su deseo. Es como el perro, que si lo ahuyentas jadea y si lo dejas también;así es como son los que niegan la verdad de Nuestros signos. Cuéntales la historia por si acaso reflexionan.” (A’raf, 7:175-176)

Otro ejemplo de quien viviendo con rectitud y excelencia fue seducido y destruido por las pasiones terrenales, cambiando la felicidad eterna por el eterno tormento, fue Salaba. Pasaba su tiempo en la mezquita escuchando las palabras del Profeta Muhammad (que Allah le bendiga y le de la paz). Pero cuando se volvió rico, creció en él el amor por las posesiones mundanas hasta que terminó por abandonar la comunidad. Se negó a pagar el zakat, lo que le llevó a un miserable fin. Más tarde, se arrepintió de no haber hecho caso a las palabras del Profeta Muhammad.

Cuando se dio cuenta de que su tiempo había expirado, trató en vano de alcanzar el perdón del Mensajero de Allah. En esos últimos instantes de su existencia, resonaron en sus oídos las palabras del Profeta:

“¡Oh Salaba! Es mejor que seas agradecido por  tener un poco, que tener mucho y no serlo.”

Vale la pena mencionar un suceso de la vida de Sufian al-Thawri, una de las grandes figuras de la historia de la Ley Islámica y del sufismo. Sufian parecía más viejo de lo que era. Cuando la gente le preguntaba por este fenómeno, él solía contestar:

“Tuve un profesor que me educó. Cuando exhalaba su último aliento, no pudo pronunciar la Kalima-i tawhid, a pesar de que le rogué que lo hiciera. Aquello me envejeció repentinamente.”

Cuándo nos llegará la muerte es algo que está oculto para nosotros. Como en el caso de los magos del Faraón, están los que serán guiados al camino recto al final de sus vidas, y los que habiendo llevado una vida piadosa cerrarán el último capítulo de su existencia con frustración y desengaño, como fue el caso de Qarún y Bal’am bin Bawra. Por ello, no importa el elevado rango que tenga un siervo de Allah, su nafs (ego) y Shaytan estarán siempre esperando la oportunidad para atacarle. Al menor descuido, harán que su pie se deslice y se salga del Camino Recto. Shaytan, como está escrito en el Qur’an, le dijo a Allah Todopoderoso:

“Dijo: Puesto que me has extraviado, yo les haré difícil tu camino recto.” (A’raf, 7:16)

Le pidió a Allah que le diera una tregua hasta el Día de la Resurrección, y Allah Todopoderoso se la concedió. Shaytan juró que sólo los siervos sinceros escaparían a sus ataques:

“Con la excepción de aquellos que sean tus siervos sinceros.” (Sad, 38:83)

No hay un solo ser humano que esté libre de poder perder su fe excepto si es un Profeta. Por ello, todos los creyentes deben realizar un esfuerzo continuo para hacer el mejor uso posible del regalo de la fe. La única forma de salvarse de los horrores de la muerte es viviendo de una forma recta y sometidos al poder de Allah. Aquellos que estén preparados para la muerte, verán en ella una oportunidad para unirse con el Amado, y no algo terrorífico que les espante. Estos son los benditos creyentes que han alcanzo paz con la muerte.

Sin embargo, aquellos que hayan pasado sus vidas envueltos en la ceguera de las pasiones y la inconsciencia, no podrán evitar el sufrir la espantosa y oscura turbulencia de la muerte. Qué bellamente lo explica Rûmī en este texto:

“¡Oh hijo! La muerte de cada uno tiene las mismas cualidades del que muere: La muerte es un enemigo para aquellos que odian la idea de la muerte, sin comprender que es la que une al siervo con su Señor, y la ven como un enemigo; sin embargo, es un amigo para aquellos que la ven como un amigo. ¡Oh alma! Tu que huyes de la muerte. De hecho, tu miedo a la muerte es tu miedo a ti mismo. Pues lo que ves en el espejo de la muerte es tu horrendo rostro, no el rostro de la muerte. Tu espíritu es como un árbol, y la muerte es como una hoja. Cada hoja es la esencia de su árbol.”

Si el siervo puede sobrepasarse a sí mismo, si puede interiorizar en su corazón los atributos divinos, si puede comprender el secreto de “muere antes de morir”,  entonces la muerte se le aparecerá como el primer paso obligatorio para alcanzar la vida eterna con el Señor Todopoderoso.

Así, pues, la muerte, que para muchos es un instante terrorífico, se torna una vibrante emoción, un sublime encuentro con Rafiq-i A’lâ, el Supremo Compañero. Los momentos finales del Profeta Muhammad (que Allah le bendiga y le de la paz) estuvieron impregnados de esa emoción y de ese anhelo por encontrarse con el Amado. Dado que el Profeta (que Allah le bendiga y le de la paz) vivió siempre según lo que Allah Todopoderoso había ordenado, los días antes de su muerte fueron como los de una shab-i arus (noche de bodas).

Según lo que nos transmitieron A’isha y Alí (que Allah esté complacido con ellos dos) durante los tres últimos días antes de la muerte del Profeta (que Allah le bendiga y le de la paz), Allah Todopoderoso envió a Yibril para que preguntase por él. El último día, Yibril junto con Azra’il, el Ángel de la Muerte, se le apareció a Muhammad (que Allah le bendiga y le de la paz) y le dijo:

“¡Oh Mensajero de Allah! El Ángel de la Muerte pide permiso para entrar. Es la primera vez que se lo pide a un hijo de Adam, y no volverá a pedírselo a ningún otro después de ti. Por favor, concédeselo.”

El Ángel de la Muerte entró, se colocó delante del Profeta Muhammad y le dijo:

“¡Oh Mensajero de Allah! Allah Todopoderoso me ha enviado a ti y me ha ordenado que te obedezca en todo lo que madares . Si así lo deseas, tomaré tu alma; en caso contrario, la dejaré.”

El Profeta Muhammad le respondió:

“¡Oh Ángel de la Muerte! ¿En verdad que harías eso?”

Azra’il replicó:

“Se me ha ordenado que te obedezca en todo lo que desees.”

El Ángel Yibril dijo entonces:

“¡Oh Ahmad! Allah Todopoderoso te echa de menos.”

El Profeta contestó:

“Todo lo que hay con Allah es mejor y más duradero. ¡Oh Ángel de la Muerte! Haz como se te ha ordenado que hagas, y toma mi alma.”

El Profeta Muhammad metió sus manos en un barreño lleno de agua que había al lado de la cama y se lavó la cara. Después dijo:

“¡Lâ illâha illa Allah! (testifico que no hay más dios que Allah) Verdaderamente, la muerte tiene su propia agonía.”

A continuación, el Profeta Muhammad levantó sus manos y su mirada al cielo y dijo:

“¡Oh Allah! ¡Rafiq-i A’lâ! ¡Rafiq-i A’lâ! (El Más Elevado Compañero, El Más Elevado Compañero).”

El Profeta Muhammad dejó tras él una vida de sublimes recuerdos surgidos de su inmenso amor por Allah. Fue un emigrante que partió de este mundo mortal hacia el mundo de la Verdad.

Los últimos momentos en la vida de Mawlânâ Jalâl ad-Din Rûmî y la inmensa emoción que sintió al ver tan próxima su anhelada unión con el Amado, nos han sido transmitidos por su discípulo Husâmaddin Chelebi:

“Un día, el Sheij Sadreddin con un grupo de sus discípulos fue a visitar a Mawlânâ que yacía muy enfermo en su lecho. Se entristecieron grandemente cuando vieron a Mawlânâ en un estado de suprema gravedad. Sheij Sadreddin le djo:

“¡Que Allah te ayude a recuperarte lo antes posible! Espero que pronto estés totalmente recobrado.”

Al oír aquellas palabras, Mawlânâ dijo:

“¡Que Allah te bendiga con la salud! Ya no queda sino una distancia muy corta entre el amante y el Amado. ¿No te parece mejor que esa corta distancia desaparezca y la luz pueda reunirse con la luz?”

Contrariamente a la mayoría de la gente, Rûmî nunca sintió la muerte como algo a lo que hay que temer; antes bien, siempre la percibió como aquello que nos saca de una tierra extraña. La muerte era para él la oportunidad de reunirse con el Uno, Allah Todopoderoso. En una ocasión, Rûmî explicó su actitud ante la muerte:

“No digáis que estoy muerto cuando muera, pues ya lo estaba antes de morir. He resucitado con la muerte. Un Compañero ha venido y se me ha llevado con Él…”

Esta es la razón por la cual Rûmî llamó shab-i arûs (noche de bodas) al momento de abandonar este mundo. Para lograr enfrentarse a la muerte en un estado de gracia, el creyente debe antes destruir su ego (nafs) y sus pasiones. Debe vivir en acuerdo con el Imperativo Divino y prepararse para el último aliento. Allah Todopoderoso ha dicho:

“Y adora a tu Señor hasta que te llegue la certeza.” (Al-Hiyr, 15:99)

Esta ayah resume el principio que movió la vida de los Compañeros de Allah. Toda alma sabia y sumisa debe mantener la vida que se le ha confiado en el Camino Recto, y embellecerla con la adoración y las buenas acciones. Estando completamente sometido, todo ser humano debería poder presentarse ante Allah Todopoderoso con un corazón puro. Las últimas palabras que pronunció el Profeta Muhammad (que Allah le bendiga y le de la paz) antes de morir:

“¡Rafiq-i A’lâ! ¡Rafiq-i A’lâ! (El Más Elevado Compañero, El Más Elevado Compañero), fueron una manifestación de su absoluta sumisión al Señor de los mundos. Y así lo ven los que siguen los pasos del Profeta.

De hecho, tenemos un buen ejemplo de ello en el estado de nuestro gran Sheij Mahmud Sâmi Efendi antes de morir. Durante toda su vida se esforzó por seguir a rajatabla la sunnah del Profeta Muhammad (que Allah le bendiga y le de la paz). Mahmud Sâmi Efendi fue un piadoso siervo de Allah Todopoderoso cuyo corazón estaba impregnado de amor por el Profeta Muhammad (que Allah le bendiga y le de la paz).

Como quien sigue las huellas que alguien ha dejado en la nieve, Mahmud Sâmi Efendi pasó toda su vida siguiendo las huellas del Profeta Muhammad. La gran manifestación de este hecho es que entregó su alma a la hora de la salah de la noche (tahayyud) en un lugar muy próximo a la tumba del Profeta Muhammad, a quien había seguido con amor y lealtad.

Aquellos que se encontraban junto a él en el momento de su muerte han transmitido que lo único que pudieron oír que salía de sus labios fue:

“Allah, Allah, Allah.”

En realidad, no eran sólo sus labios los que pronunciaban estas palabras, sino que su alma y todas y cada una de sus células afirmaban la presencia de Allah.

Podríamos resumir lo anteriormente expuesto diciendo que el objetivo primordial es vivir sometidos como siervos rectamente guiados. Esto es lo que Allah Todopoderoso quiere de nosotros. Debemos seguir las huellas del Profeta Muhammad y ser amables, serviciales y reflexivos seres humanos. Si queremos alcanzar el rango de “excelente siervo” (Sa’d, 38:30), no hay otro camino que el de amar a Allah Todopoderoso.

La bendición de una vida basada en la espiritualidad se manifiesta al purificar nuestro corazón de toda suciedad e impureza de modo que pueda recibir la luz que irradia el sol de la verdad. Como resultado de este estado espiritual, cada respiración en nuestra vida es una preparación esperanzadora para cuando exhalemos el último aliento.

Por otra parte, un corazón dañado espiritualmente se caracteriza por un constante olvido de Allah el Misericordioso. El Todopoderoso ha dicho en el Qur’an:

“Y no seáis como aquellos que olvidaron a Allah y Él les hizo olvidarse de sí mismos. Esos son los descarriados.” (Hashr, 59:19)

Es cierto que olvidarnos de Allah trae como consecuencia el pecado y las malas acciones. Cuando recordamos a Allah y somos conscientes de la realidad de la muerte, prestamos mucha más atención a nuestra práctica de adoración y a nuestro comportamiento.

Nos sentimos más sensibles hacia lo que nos rodea, y tratamos de no dañar los sentimientos de los demás. De hecho, nunca deberíamos hacer daño a nadie ni con nuestro comportamiento ni con nuestras palabras. Qué bien expresó estas ideas Yunus Emre en el siguiente poema:

El alma es el trono del Divino

El Divino mira al alma

Desgraciado será en ambas moradas

Quien rompa un corazón

Allah Todopoderoso nos ha advertido en numerosas ayaat del Qur’an para que tenga mos cuidado con nuestras acciones, nuestros deseos y nuestra conducta en general, mostrándonos el camino recto para que nuestras vidas no acaben en un doloroso fracaso.

“¡Vosotros que creéis! Temed a Allah como debe ser temido y no muráis sin estar sometidos.” (‘Imran, 3:102)

El punto importante aquí es  vivir en acuerdo con lo que el Qur’an nos ordena. Si vivimos de cualquier otra manera, poco importará lo larga o corta que sea nuestra vida. Todas las criaturas tendrán que enfrentarse a la realidad que se menciona en la siguiente ayah:

“El día que la vean les parecerá que no permanecieron (en la tumba) sino una tarde o su mañana.” (Nazi’at, 79:46)

Todo lo que se nos pide es hacer las salah, adorar a Allah y mostrarle obediencia. Yunayd-i Baghdâdî llama nuestra atención sobre esto mismo con las siguientes palabras:

“Una hora en este mundo vale más que mil años en el Más Allá, pues en el Más Allá no hay acciones que podamos hacer para alcanzar la salvación.”

¡Oh Allah! Concédenos una vida próspera que nos permita exhalar nuestro último aliento en un estado de gracia y amor, de forma que podamos unirnos con Tu Divina Presencia.
¡Âmín!