La Caridad Del Opresor

¿Acaso florecen las piedras en primavera?

Sé como la tierra para que las rosas y otras flores puedan emerger, multicolores, de ti.

Rumi

Un sultán se dirigía a la salah del viernes, yum’a. Sus soldados empujaban a la gente para hacerle sitio. Les gritaban y golpeaban. Un pobre, que pasaba por allí, fue alcanzado por un golpe y quedó herido. No pudo resistirse y le gritó al sultán:

– ¡Mira tu opresión! Qué Allah nos proteja de lo que haces tras las puertas cerradas, que da miedo ver lo que haces ante nuestros ojos. Vas a la mezquita para la salah, y te imaginas que realizas un bien. Si este es el bien que haces, Allah solamente sabe lo malo de tus acciones.

Rumi (K.s) dijo: “Así es la caridad del opresor. Imaginaros su conducta errónea.”

La historia nos provee de abundante material al respecto de las heridas, sufrimientos y aflicciones causados por los opresores. También nos ofrece las imágenes admirables de la misericordia y el altruismo en las vidas de los gobernantes justos y de corazón puro. De esta manera nos ayuda a recordar y a apreciar a tales gobernadores. La Era de la Felicidad en la que vivió el Profeta (s.a.s) y sus Compañeros, así como el periodo siguiente, en el que gobernaban los Califas Rectamente Guiados, contiene ejemplos históricos de incontables casos de armonía y buena conducta.

Cuando Umar (r.a) se convirtió en el Califa de la comunidad, dijo:

– ¡Oh gente! ¿Qué haríais si abandonase lo que es justo y correcto?

Un hombre se levantó y dijo:

– ¡Oh Umar! Si te desvías, te corregiremos con nuestras espadas.

Umar (r.a) se sitió satisfecho y dijo.

– Gracias a Allah, tengo amigos que me corregirán si me equivoco.

Umar (r.a) tuvo que soportar las dificultades económicas mientras era Califa. Llevaba una vida extremadamente humilde, aunque el tesoro del estado rebosaba de botines.

Algunos de los Compañeros del Profeta (s.a.s) sugirieron a su hija Hafsa que su padre debería recibir de la tesorería del estado un salario para cubrir sus necesidades materiales. Cuando Hafsa (r.ha) le llevó este mensaje a su padre, éste dijo:

– ¡Hija mía! Eras esposa del Profeta (s.a.s). ¿Cómo era su beber y su comer?

Hafsa (r.ha) contestó:

– Lo suficiente.

Entonces Umar (r.a) dijo:

– Mis dos amigos[1] y yo somos como tres viajeros en el mismo camino. Uno de nosotros ha alcanzado su destino. El segundo siguió y se reunió con él. Yo soy el tercero. Me quiero reunir con ellos. Si llevo mucho equipaje, me será difícil alcanzarles.

No le tentaron ni las riquezas del tesoro público, cada vez más abundantes, ni los vastos territorios conquistados por sus ejércitos. Gastaba lo absolutamente imprescindible. Nunca se permitió rebajarse al nivel de la búsqueda de lo mundano, hasta el punto que dejó deudas después de haber muerto.

La era de los Califas Rectamente Guiados está llena de ejemplos como éste. Aquel periodo fue seguido por la época de los Omeyas, y luego por la de los Abbásidas, ambas se caracterizaron por comportamientos ejemplares y otros lamentables. Entre los primeros habría que mencionar el gobierno de Umar ibn Abdulaziz –conocido por su justicia y misericordia. Entre los segundos –los gobernantes responsables de la muerte del nieto del Profeta (s.a.s), Husein, y más tarde de un gran sabio Abu Hanifa, quien murió a golpes porque negarse a ser instrumento de gobernantes tiranos.

En su libro “Gulistan” Sadi menciona lo siguiente:

Un opresor le preguntó una vez a un siervo justo:

– ¿Qué tipo de adoración es superior en mi caso?

Le contestó:

– Para ti, el mejor acto de adoración es el sueño, porque es cuando no puedes herir a nadie.

La humildad es una calidad deseable y por lo tanto es la que Allah quiere ver en sus siervos. No obstante, hay que recalcar que es así no porque la humildad haga que la persona sea más amistosa y le ayude a alcanzar un estatus social más elevado, sino porque conlleva las bendiciones de Allah.

Rumi (K.s) dijo: “¿Acaso florecen las piedras en primavera?

Sé como la tierra para que las rosas y otras flores puedan emerger, multicolores, de ti.”

En otras palabras, lo que se beneficia de la primavera no es solamente la tierra. Muchos tipos de plantas florecen entonces espléndidamente; pero la piedra, a la que también alcanza la primavera, nunca da fruto.

Los del corazón duro se parecen a las piedras naturales. Incluso la lluvia de abril no les beneficia, ya que los que carecen del poder del control de su nafs no pueden florecer y, en cambio, reflejan sus deseos más bajos que se convierten para ellos en su Ka’aba.

Los grandes gobernantes siempre han sido educados por los grandes sabios que les inculcaron un gran respeto por la espiritualidad, un profundo sentido de la responsabilidad y de la misericordia para sus comunidades. Estas cualidades les aseguraron lugares destacados en la historia de la humanidad.

Por ejemplo, Ertugrul Ghazi eligió como guía al gran sheij Edebali. También su hijo, Osman, estudió con él. El consejo del padre incluía las siguientes palabras universalmente útiles:

“¡Hijo mío! Escucha cuidadosamente.

Me puedes maltratar, pero nunca maltrates a tu maestro, sheij Edebali.

Es el sol espiritual de nuestra comunidad. Es la balanza que nunca yerra.

Incluso si te rebelas contra mí, jamás te rebeles contra él.

Si te rebelas contra mí, herirás mi corazón, y me harás infeliz.

Pero si te rebelas contra él, mis ojos se negarán a mirarte.

Y aunque lo hagan, no podrán ver tu vacuidad.

El beneficio de sus palabras no es para el sheij, sino para ti.

Considera estas palabras como mi voluntad en lo que a ti se refiere.”

El sheij Edebali aceptó a Osman, un hombre joven y muy dinámico, como discípulo y le ayudó a saborear el conocimiento de Allah, marifatullah. En su compañía el joven Osman cultivó las cualidades del altruismo y la modestia, preparándose de esta manera para ser el futuro fundador de un gran estado.

Desde esta perspectiva, el verdadero fundador del estado otomano fue el sheij Edebali. Dado que las otras tribus no tenían a nadie como él, no lograron desarrollarse. Sin embargo, los otomanos se expandieron rápidamente y se convirtieron en un estado que llegó a controlar la mayoría de las tierras conocidas en aquellos tiempos. Durante seis siglos representaron al Islam a escala mundial, y durante todo ese tiempo fueron un ejemplo de justicia.

Sheij Edebali le dio a Osman Ghazi, el fundador del estado otomano y, por extensión, a todos sus futuros gobernantes, el siguiente consejo:

“Hijo mío, eres gobernante. Nosotros somos súbditos. El enfado es nuestro, la paciencia es tuya. Nuestros corazones se pueden romper, y tú los deberás reparar, pero no al contrario. La acusación es nuestra, el aguante es tuyo. Los errores e impotencia son nuestros, la tolerancia es tuya. La desunión, el conflicto, el desacuerdo y el malentendido son nuestros, la justicia es tuya. Una actitud negativa, malas palabras y la interpretación injusta son nuestros, el perdón es tuyo.

Hijo mío, desde ahora en adelante la división es nuestra, y la reunión es tuya. La vagancia es nuestra, y la motivación, la advertencia y la reforma son tuyas.

Hijo mío, tu carga es pesada, tu tarea difícil, y tu poder se sostiene de un hilo. Qué Allah sea tu ayudante y que bendiga tu estado. Qué haga tu camino provechoso. Qué haga que tu luz llegue a tierras lejanas. Qué te de el poder de sostener tu carga. Qué te conceda la razón y el corazón  que te protejan de desviarte del camino recto.

Debemos trabajar para hacer realidad lo que Allah nos ha prometido. Tú y tus amigos debéis limpiar el camino con vuestras espadas, mientras que los derviches como nosotros lo limpiamos con ideas, consejos y súplicas. Tenemos que apartar los obstáculos del camino para que la gente vea la verdad.

La paciencia tiene un valor tremendo. Un gobernante debe saber ser paciente. Una flor no se abre antes de su tiempo. Una fruta inmadura no se puede comer, y si se puede comer no se puede tragar. Una espada sin conocimiento es como una fruta sin madurar.

Deja que la gente viva según su conocimiento. No le des la espalda al conocimiento, ten siempre presente su importancia. Es lo que preserva tanto al gobernador como a los súbditos.

El triunfo más grande es conocer el nafs. El enemigo está dentro de nosotros mismos. El amigo es aquél que conoce su nafs.

El país no es una propiedad común del gobernante, de sus hijos ni de sus hermanos. El país pertenece solamente al gobernante. Después de su muerte pertenece al que viene en su lugar. Nuestros ancestros cometieron el error de dividir el país en vida entre sus hijos y hermanos. Como resultado, no lograron sobrevivir ni tampoco dejaron que sobreviviesen los demás.

Cuando uno está sentado, moverse le resulta más difícil. Sin movimiento, se hace perezoso. Cuando se hace perezoso, empieza a hablar de lo vano, y luego cotillea. Y cuando empieza el cotilleo, no hay salvación. Un amigo se convierte en enemigo, y un enemigo se convierte en un dragón.

La sangre no se puede derramar en vano. Necesita un camino y una dirección, porque la sangre no se utiliza para regar la tierra.

El poder de una persona se desvanece un día, pero su conocimiento perdura. La luz del conocimiento puede penetrar incluso en los ojos cerrados, y puede hacer que su visión sea clara.

Cuando muere un caballo, queda su silla. Cuando muere una persona, quedan los frutos de su trabajo. No llores por los que se van de este mundo. Más bien llora por aquéllos que se van sin haber dejado nada.

Yo detesto la guerra. Desprecio derramar sangre. Pero también sé que es inevitable que se levante la espada. Ahora bien, el propósito de levantarla debería ser la preservación de la vida, no su extinción. Es un crimen utilizarla contra otra persona. El gobernador no está por encima del país; la guerra no puede llevarse a cabo simplemente por el gobernador.

No tenemos derecho al descanso porque el tiempo no es un lujo. Nuestro tiempo es limitado.

El sentimiento de soledad es para los cobardes. El agricultor que conoce el momento de la siembra, no pregunta a nadie, incluso si está solo. Le es suficiente saber que la tierra está lista.

El amor debería ser la esencia de la causa. El amor está en el silencio. El grito hace que el amor sea imposible. El que nos vean hace el amor imposible.

Los que no conocen su pasado, no podrán descubrir su futuro. ¡Oh Osman! Aprende tu historia bien para que puedas pisar con seguridad. No olvides tu origen para que puedas recordar tu destino.”

Con estos valores el sheij Edebali moldeó el carácter de Osman. La situación de Osman Bey era en aquellos momentos muy complicada. ¿Debería mantener juntas a las tribus turcas que se le unieron a él intentando establecer un equilibrio entre ellas? ¿Debería quizás concentrarse en los Germiyan o los Mongoles, o más bien en la lucha contra Bizancio ya que ello ayudaría más a su causa? En todos estos y otros asuntos, el sheij Edebali le servía con su consejo, le ayudaba y le presentaba soluciones.

Desde su principio el estado otomano concedía la máxima importancia a la educación de los jóvenes príncipes, que empezaba a una edad muy temprana, bajo la dirección de las más destacadas autoridades de su tiempo. En particular, se daba especial importancia a su desarrollo espiritual y moral. La razón principal de esta actitud estaba en el hecho de que se consideraba como algo sumamente obvio que la supervivencia del estado dependía de la implantación del gobierno justo. Por lo tanto, se sobrentendía que, dado que serían ellos los futuros gobernadores del estado otomano, su integridad moral sería la mejor garantía de la futura estabilidad y vitalidad de la comunidad. Incluso cuando un príncipe se convertía en sultán, aquellos principios seguían operando y los maestros continuaban ofreciendo su guía, y a menudo amonestaciones y advertencias. Por ejemplo, Aziz Mahmud Hudai le escribió a Murad III varias cartas, para advertirle y guiarle, en las que ocasionalmente utilizó un lenguaje muy duro.

Qué los ejemplos que siguen sirvan para ilustrarlo desde otro punto de vista. Cuando el sultán bajaba las escaleras de palacio, el chambelán solía exclamar: “¡Viva el sultán! ¡Qué le acompañe la buena fortuna!” También, cuando el sultán se dirigía a los sitios públicos, una mezquita por ejemplo, la gente formaba un pasillo para que pudiera pasar. Inevitablemente, se oían ovaciones y vítores. Un grupo de guardias, entonces, le recordaba en voz baja: “Contén tu orgullo, oh sultán. Allah es más grande que tú.”

La historia del estado otomano brillaba por doquier durante el tiempo en el que sabios como Edebali se ocupaban de la formación del carácter de los sultanes y tenían parte activa en la formulación del gobierno de la nación. En ambas capacidades, como consejeros y guías, su influencia se sentía en toda la comunidad otomana. Mencionemos a los maestros de las generaciones siguientes, que tuvieron el mismo papel que Edebali con respecto a Osman: Emir Sultán guió a Yildrim, Hayy Bayram Veli a Murad II, Akshemseddin a Fatih Sutlán Mehmed, Medí Pasha a Bayazid II, Ibn Kemal Pasha a Yavus Selim, Merkez Efendi y Sunbul Efendi a Kanuni, Aziz Mahmud Hudai a Murad III, Ahmed I y Murad IV.

El historiador de la casa real apuntó el siguiente relato referente a Yavuz Selim:

Cuando éste entró en Egipto como su conquistador la gente salió a las calles para verle. Yavuz, sin embargo, no iba al frente sino que caminaba más atrás entre los soldados. Su aspecto y vestimenta no se diferenciaban en absoluto de la de los que estaban a su alrededor. En otra ocasión, de vuelta de Egipto, y de paso por Damasco, estaba en una mezquita en la oración de yuma’. El imam mencionó su nombre diciendo: el gobernador de los dos santuarios sagrados –hakim al – hramain al – sharifain. Cuando lo hubo escuchado contestó con lágrimas en los ojos: ¡No! ¡No! Soy el siervo de los dos santuarios sagrados –jadim al – haramain al – sharifain.

Cuando de mañana se acercaron a Estambul se dio cuenta de que si entraba en la ciudad inmediatamente, la población se iba a reunir para celebrarlo. Así que dio las siguientes instrucciones a su asistente Hasan Can:

– Esperemos a que oscurezca y a que la gente vuelva a sus casas. Cuando la ciudad esté vacía, entraremos para que el aplauso de los mortales no me haga fracasar.

Podemos observar que Yavus Selim actuó como un león en el desierto de Sinai, como un creyente humilde y agradecido cuando entró en El Cairo, y como un sufi con una profunda vida interior cuando se acercó a Estambul. Le recitó a Hasan Can la siguiente estrofa:

“Es propio de un sultán en este mundo una lucha justa.
Es superior a ellos solamente ser discípulo de un siervo justo.”

El mismo asistente, Hasan Can, describe así los últimos instantes de la vida de Yavus Selim:

“Sufría de un ántrax en la espalda que expandió rápidamente y perforó el cuerpo de tal manera que se podía ver el hígado a través del agujero. Su dolor era terrible. Me acerqué a él y le dije:

-¡Mi sultán! Pienso que el tiempo de la reunión con Allah ha llegado.

Se volvió hacia mí, me miró a la cara asombrado y dijo:

-¡Hasan! ¡Hasan! ¿Con quién piensas que he estado hasta ahora? Léeme por favor la surah Yasin…

Murió cuando estaba leyéndola.”

Las grandes victorias que tuvieron lugar durante su gobierno de nueve años, y la posterior alabanza de los mortales no le pueden deslumbrar ni derrotar. Vivó con el único objetivo de cumplir su misión como un siervo digno de su Señor.

¡Señor! Ayúdanos a ser como Tus siervos veraces. Éste es el verdadero poder.

Amin.

[1]       Se refiere aquí al Profeta Muhammad (s.a.s) y Abu Bakr (r.a), el Califa anterior.