La botija de agua

Los apuestos miran al espejo,

y los generosos a los débiles y pobres.

Los espejos reflejan la belleza del rostro,

los pobres reflejan la belleza de la generosidad.

                                                                                        Rumi

Una noche la mujer de un beduino le dijo desesperada a su marido:

– Mientras nosotros sufrimos la pobreza y las privaciones, el mundo entero vive feliz. Solamente nosotros somos infelices. No tenemos pan, y nuestro único condimento es la angustia y la envidia. No tenemos ni una tinaja de agua, nuestra única agua son las lágrimas que lloran nuestros ojos. Nuestro vestido de día es la luz abrasadora del sol, y de noche los rayos de la luna forman nuestros lechos y cubiertas. Nos parece que el disco pálido de la luna es un pan y levantamos los brazos hacia el cielo. Somos la vergüenza de los más pobres de entre los pobres cuando el día se vuelve como la noche, oscurecido por nuestra angustia ante la exigua ración de comida que compartimos. Los parientes y los extraños se alejan de nosotros, como las gacelas se alejan de los hombres.

Su marido le pidió humildad y, con aire de satisfacción, le habló de la excelencia de la paciencia y de la pobreza:

– ¿Cuánto tiempo te queda para añorar el bienestar y las riquezas de este mundo? ¿Cuánto, en realidad, nos queda de vida? La mayor parte ha pasado ya. El hombre sensible no ve la suficiencia o la deficiencia porque ambas pasarán como si fueran un torrente. Tanto si la vida es pura, clara y tranquila, como si es turbia como una inundación, no hables de ella porque dura lo que dura un momento. Miles de animales viven felices en este mundo, sin ansiedad de ganancia o de pérdida. Estas lamentaciones desequilibradas son como una guadaña. Juzgar es la tentación del shaytan. Has de saber que todo dolor nace del deseo. Extirpa el deseo de tu corazón. Eras joven una vez, y vivías llena de contento. Ahora te has convertido en una buscadora de oro, pero no hace tanto eras oro tú misma. Eras como un vino que maduraba. ¿Cómo has logrado amargarte, cuando tu fruta estaba madurando? La fruta se vuelve más dulce con la edad.

Su mujer casi le gritó:

– ¡Oh tú, con tu reputación de moralista! No voy a tragarme tus hechizadoras palabras nunca más. No sigas diciendo tonterías cegado por la presunción. Vete. No hables con orgullo y arrogancia. ¿Por cuánto tiempo más vas a seguir con esos discursos pomposos y artificiales? ¿Cuándo te has iluminado de satisfacción? De la satisfacción no sabes más que el nombre. No me llames tu esposa. No vocees tanto. Soy compañera de la justicia, no del fraude.

El marido le contestó tranquilamente:

– ¡Mujer! ¿Eres mujer o padre de la tristeza? La pobreza es un orgullo para mí. No me azotes con los reproches. Las riquezas son como un sombrero encima de la cabeza. Uno debe ser calvo para que el sombrero se asiente bien sobre la cabeza. El que tiene rizos abundantes y bellos está mejor sin él. Los ricos, que están hasta la coronilla de faltas, las cubren con el dinero. La pobreza es algo que no entiendes. No la desdeñes. Los Profetas y los rectos la consideran una bendición. La pobreza me acerca a Allah. Qué Allah me proteja de los deseos del mundo. En mi corazón hay un mundo hecho de satisfacción. ¡Oh mujer! Abandona esta lucha que destroza nuestra relación. O déjame sólo. Sería mejor que callases. Si no, puede que me vaya yo mismo, ahora mismo…

Al oír aquellas palabras, la mujer se dio cuenta de que estaba fuera de sí y se puso a llorar. Ahora su discurso había cambiado radicalmente:

– Soy como el polvo bajo tus pies, no me merezco ser tu mujer. Todo lo que soy es tuyo, la autoridad y mando te pertenecen a ti. Si, debido a la pobreza mi corazón perdió la paciencia, no era por mí, sino por ti. Tú has sido mi remedio para todas las aflicciones. Me duele que seas pobre. Juro que mi lamento es por ti. Ten misericordia de mí, no te enfades, tú, cuya naturaleza es mejor que cien medidas de miel.

Le habló con palabras cautivadoras durante un buen rato, medio llorando, todavía atractiva, hasta que surgió en el corazón del hombre una chispa que le llevó a pensar que la actitud de su mujer era un signo Divino, una indicación de que debería intentar buscar un mejor sustento. Viendo aquel cambio en su esposo, continuó diciendo la mujer:

– Tenemos una botija de agua de lluvia. Es tu propiedad, tu capital. Cógela y vete y pide audiencia ante el Rey de los reyes, y regálasela. Dile que no tenemos otros medios que éste, que en el desierto no hay nada mejor que el agua, y que aunque él tiene verdaderos tesoros, nunca ha probado agua más especial que ésta.

La mujer no sabía que un gran río de agua dulce atraviesa Bagdad, lleno de barcos y pescadores. Cosió un saco de fieltro, cerró bien la botija y la metió dentro de él; luego cerró bien el saco, convencida de que sería un precioso regalo para el Califa.

Dijo el marido:

– Sí, hay que cuidar mucho de ella. Es un regalo de gran valor. No hay agua más sabrosa y pura que ésta en todo el mundo.

Cuando el beduino llegó ante las puertas del palacio del Califa, le recibieron allí los cortesanos y derramaron sobre él un poco de agua de rosas. Se dieron cuenta en seguida de cuál era su objetivo. Éste les dijo:

– ¡Oh gente respetable! Soy un pobre habitante del desierto. He venido aquí en busca de dinero. Cuando llegué, me deslumbró su brillo. Llevad este regalo al Sultán y salvad a su siervo de indigencia. Es una botija de agua pura de lluvia que nosotros mismos hemos recogido.

Los cortesanos sonrieron y aceptaron la botija como si fuera un objeto excepcionalmente precioso. Desde luego que la gracia y el buen carácter del Califa se reflejaba en sus cortesanos. El Califa aceptó el regalo de muy buena gana. Les dijo:

– Devolvedle la botija llena de oro. Cuando quiera regresar su lugar, llevadle al Tigris. Ha venido todo este camino por el desierto. Le será más fácil volver en barco.

Cuando el beduino embarcó y vio el Tigris, se postró avergonzado, pensando:

– ¡Qué grande es la bondad del Rey! ¡Es algo excepcional, el hecho de que me haya aceptado este regalo de agua, yo que soy un siervo suyo tan insignificante!

EL MATHNAWI:

“Haz de saber, oh hijo, que todo en el universo visible es como una botija llena hasta el tope de sabiduría y belleza. Y que, además, todo lo que contiene este universo no es más que una gota del Tigris de Su Belleza. Esta Belleza era un tesoro escondido que, debido a su cantidad, rebosó e hizo que la tierra fuese más luminosa que el cielo. Cuando surgió, adornó la tierra con ropas de una belleza extraordinaria. Si el beduino hubiese visto nada más que una gota del Tigris Divino, habría destruido inmediatamente su botija. Los que la han visto, siempre se pierden –como el que está fuera de sí, lanzan las piedras contra la botija de su existencia. Los que lanzáis las piedras a la botija por celos, habéis de saber que la botija puede perfeccionar vuestro estado cuando quede destruida. El recipiente queda destruido pero el agua no se derrama. El hecho de haber quedado hecha añicos ha aumentado sobremanera su solidez. Cada átomo está en el trance del éxtasis, aunque visto desde el punto de vista de la razón puede parecer absurdo. En este éxtasis no hay manifestación ni de la botija ni del agua. Pensadlo bien, y Allah sabe mejor lo que es verdad.”

En la historia del beduino, éste representa el intelecto espiritual, y su mujer representa el deseo, es decir el nafs. El intelecto y el nafs, cuyo lugar de residencia es el cuerpo, están siempre enzarzados en una lucha constante. La mujer, el nafs, articula las necesidades del cuerpo. Quiere estatus, aprecio, ropas y dinero. De vez en cuando se muestra humilde para alcanzar sus objetivos. A veces se postra para conseguir misericordia. A veces es arrogante y sube hasta el cenit.

El intelecto espiritual no tiene consciencia del lenguaje del cuerpo. Está solamente preocupado por el amor de Allah. Queda sobrecogido ante la posibilidad de perder este amor.

El Califa en esta historia representa el conocimiento Divino. Se le puede perdonar fácilmente al beduino que llevó la botija de agua al Tigris, ya que no lo conocía. Vivía en el desierto y no tenía conocimiento de su existencia. Si la hubiese tenido, no habría llevado la botija por el desierto, sino que la habría estrellado contra las rocas, rompiéndola en cien pedazos para limpiar su corazón y purificarlo según la orden del Profeta (s.a.s) de “morir antes de la muerte” por medio de la dedicación al descubrimiento del Tigris Divino.

La mujer que representa el nafs y el beduino que representa el intelecto espiritual, todavía no se han dado cuenta de que el verdadero valor y el verdadero placer está en el agua del conocimiento Divino, y que probar de ella depende de haber recibido parte del océano de la sabiduría Divina. “La puerta del Califa” representa “la puerta Divina”.

Un creyente nunca debe depender del conocimiento, propiedad, riqueza o buenas acciones, por muy abundantes que sean. Debería ver todo eso como regalos de Allah y tener presenta que por muy numerosas que sean sus buenas acciones, no son más que una botija de agua, si la comparamos con el Tigris.

El agua que el beduino recogió en el desierto con sumo cuidado y luego ofreció al Califa, era su elixir de la vida. No obstante, derramado en el Tigris, no representa nada, no añade nada.

Lo que el ser humano entiende de lo Divino con respecto a la grandeza de este último, es como una gota comparada con el agua del Tigris. La botija de la historia que acabamos de contar representa nuestro limitado conocimiento. Dado que no somos conscientes de la grandeza del conocimiento de Allah, pensamos que el nuestro es amplio y comprensivo. Somos como una hormiga para la que el montículo en el que vive es todo el mundo, o como un pez para el que su acuario es el océano. Tener esta visión de sí mismo es un tremendo auto-engaño.

Cuando la botija de la existencia queda destruida, el agua se filtra y llega a ser transparente y clara. De esta destrucción emergen extraordinarias manifestaciones.

El Mensajero de Allah (s.a.s) dijo en una ocasión:

“¡Oh Señor mío! Te glorifico y declaro que estás fuera del alcance de cualquier imperfección. No podemos conocerte como mereces ser conocido.”

Los grandes sabios de este sublime din del Islam[1] también confesaban que su conocimiento tenía profundas limitaciones. El imam Abu Yusuf fue consultado sobre este asunto por el califa Harun al – Rashid. Su contestación fue: “No sé.” Un secretario del Califa le dijo: “Recibes un salario, ¿y nos dice que no sabes? Abu Yusuf respondió: “Mi salario es según mi conocimiento. Si fuera según mi ignorancia, el tesoro entero del estado no sería suficiente para pagarlo.”

El imam Ghazzali también reconocía sus limitaciones con una gran humildad: “Si pusiera lo que no sé debajo de mis pies, mi cabeza llegaría hasta el cielo.”

Ambos, pues, reconocieron que lo que ignoraban excedía grandemente a lo que sabían.

El Mensajero de Allah (s.a.s) describió estos estados de la siguiente manera:

“El conocimiento es como tres palmos de la mano. El que ha alcanzado el primero se siente orgulloso. El que ha alcanzado el segundo se siente asombrado. Y el que ha alcanzado el tercero sabe que no tiene suficiente conocimiento.”

¿No son, pues, las buenas acciones en las que tanto confiamos como una botija de agua comparada con el Tigris? ¡Qué Allah no lo quiera! Tal como el cielo cubierto de nubes no deja el paso de los rayos del sol, el corazón invadido por el shaytan no deja que entre en él la luz del Creador Más Misericordioso. Dado que el ser humano puede no conocer el Tigris, es posible que llegue a confundir la botija de agua con un océano y se ahogue en ella. A estos individuos les pierden sus ilusiones.

Yunaid al-Bagdadi se encontró con un hombre que vendía hielo. El vendedor gritaba: “¡Ayudad al hombre cuyo capital se está derritiendo!” Cuando Yunaid al-Bagdadi le oyó, se desplomó.

Si no podemos transformar las inversiones de este mundo en las del Otro, nuestros esfuerzos serán meramente participaciones en las manos del shaytan, siendo el resultado una desilusión dolorosa. Los problemas más grandes de este mundo son la locura de la extravagancia y la falta de misericordia, que funcionan como inversiones en nuestro castigo en el Más Allá. La carpeta de nuestro pasado está cerrada y no queda ninguna posibilidad de hacer la más mínima revisión en ella. La naturaleza de nuestra existencia en el futuro es incierta. El momento es ahora. Si utilizamos las lágrimas de nuestro corazón para regar las buenas acciones que hemos plantado en el campo que es nuestra vida de hoy, obtendremos, si Allah quiere, bellas estaciones en el Paraíso. Es lo que dijo Sadi, el famoso poeta, en el siguiente verso:

“La faz de la tierra es la mesa abierta del Señor.”

En el mundo, todas las criaturas reciben el abundante sustento como manifestación del nombre Divino de ar – Rahman –el Más Misericordioso. No hay ninguna distinción entre el amigo y el enemigo, entre el leal y el rebelde. La misericordia infinita de Allah incluye a todas las criaturas. Entre las manifestaciones de esta misericordia comprehensiva está el amor del puerco espín por su cría, y la aceptación de la súplica del oprimido, incluso del no-Musulmán. La racionalidad, la sabiduría y el arte Divino de la creación llenarán todos los corazones cuya naturaleza no haya sido dañada por el amor de la soledad en compañía de Allah, y con la pureza y la dulzura.

Sin embargo, las bendiciones más delicadas de Allah son para el Más Allá. Son las manifestaciones del nombre ar – Rahim, el Más Compasivo, y serán exclusivamente para los creyentes. Incluyen el Paraíso y ru’yati yamullah –“ser testigo de la belleza de Allah”. Son las bendiciones más grandes que se pueden otorgar a un ser humano. Dado que ésta es una perfecta y completa manifestación de los nombres Divinos, es, a la vez, una manifestación a escala pequeña de la entera creación. El origen de su estructura física es la tierra. Es la dimensión externa y temporal de su existencia. Su existencia verdadera es un tesoro escondido de secretos y luz Divinas. Ésta es la dimensión bendecida de un ser humano. Para que logre obtener una participación del océano del conocimiento, lo que representa el propósito de su creación, deberá mantener su conexión con esta dimensión. Hallay’i Mansur se despojó de su existencia temporal en el océano del conocimiento. Su aniquilamiento nos recuerda al de una mariposa nocturna que se enamora de la luz aún a costa de perecer quemada. Mansur se consumió en el fuego de las manifestaciones de lo Divino. Su espíritu se elevó y se sumergió en el conocimiento Divino, su nafs perdió la fuerza hasta quedar completamente extinguido. Se convirtió en un extraño para sí mismo e intentó liberarse de su nafs. Aún así no pudo sobrellevar semejantes manifestaciones. Quedó intoxicado y exclamó:

– ¡Oh amigos! ¡Matadme! Mi vida eterna está en la muerte.

Lo único que le hirió fue un clavel lanzado por un amigo mientras le estaban apedreando. Incluso esa pequeña manifestación de aprecio, incluso esa pequeña sonrisa, le resultaron demasiado pesadas. En otras palabras, su estado espiritual fue la expresión del contacto con la eternidad y de la total sumisión de su existencia temporal a la eterna. La gota de agua se pierde en contacto con el mar, y el que muere en el mar de la eternidad no percibe nada fuera de lo eterno. Los que alcanzan este nivel ven todo, incluyendo su propio nafs, como un reflejo de la verdad Divina. No obstante, éste es solamente un estado espiritual. Cuando se termina, uno reconoce la diferencia entre lo Divino y lo transitorio.

El siguiente hadiz explica este estado espiritual con un ejemplo:

“Los que quieren ver a un muerto viviente en este mundo, que miren a Abu Bakr.”

El gran Califa Umar (r.a), un paradigma de misericordia y justicia, le ordenó a su sirviente montar el camello que iba con ellos, el único que tenían, cuando entraban en la ciudad de Damasco, porque era su turno. Él mismo entró andando. Todos pensaban que el sirviente era el Califa. Después de su fallecimiento, sus amigos le vieron en sueños. Le preguntaron:

– ¿Cómo te ha tratado el Señor?

Dijo:

– Alabado sea Allah. Mi Señor es el Más Misericordioso y el Más Compasivo.

El gran maestro Rumi (K.s) dijo:

“Dado que la pobreza es un espejo de la generosidad, tened cuidado y sabed que es dañino soplar al espejo.”

Esta máxima significa que las palabras con las que insultamos a un pobre, le rompen el corazón. Su corazón se humedece, como un espejo sobre el que alguien sopla. Pierde su claridad y profundidad y, en consecuencia, pierde la capacidad de reflejar la belleza de la generosidad. Normalmente nuestras buenas acciones, sacrificios y donaciones nos parecen de gran sustancia. Esta impresión equivocada nos engaña y ocupa nuestra mente. Nos llena de satisfacción. Ya que no tenemos consciencia del Tigris ni de su Dueño, una simple botija de agua nos parece un océano.

Nuestros deseos mundanos nunca se acaban. Nos jactamos pensando que lo que poseemos nos pertenece por derecho natural. Cuando se nos pide un pequeño sacrificio, nuestro comportamiento cambia como si se nos hubiese pedido que nos deshiciéramos de nuestras pertenencias. Como resultado, el claro, brillante y delicado espejo de confianza y generosidad queda manchado.

Allah Todopoderoso ha revelado en el Qur’an:

“Por eso, no abuses del huérfano. Ni ahuyentes al mendigo.” (Duha, 93:9-10)

Rumi (K.s) dijo:

“La gente de gran belleza física busca espejos claros, y para que se vea la generosidad hacen falta los pobres y desamparados. Un bello rostro se refleja en el espejo, y la belleza de los que ayudan a los necesitados se refleja en el pobre y en el mísero.”

El espejo puede esclavizar a las personas apuestas que constantemente se vuelven hacia él en su afán de confirmar su belleza. Incluso se miran en las ventanas manchadas de las casas por las que pasan. La generosidad, esa belleza espiritual de profunda raíz, se observa en el espejo del corazón del pobre y del necesitado. Rumi (K.s) dijo:

“Así pues, los pobres son el espejo de la Divina misericordia y generosidad. Los que están con Allah, o están inmersos en la existencia de Allah, están en un estado de continua generosidad.”

En el Tafsir Hazin, un comentario sobre el Qur’an, encontramos un relato transmitido por el gran Compañero del Profeta (s.a.s) Yabir:

“Un niño pequeño vino a ver al Profeta Muhammad (s.a.s). Le dijo que su madre le pedía una camisa. En esa época el Profeta (s.a.s) tenía solamente la camisa que llevaba, así que le dijo al niño que viniese otro día. El chico se fue a casa, pero volvió en seguida diciendo que su madre quería la camisa que llevaba el Profeta (s.a.s). El Mensajero de Allah (s.a.s) fue a su habitación, se quitó la camisa y se la dio al niño. En ese momento el muecín del Profeta (s.a.s), Bilal (r.a), empezó la llamada a la salahadhan. El Mensajero de Allah (s.a.s) no podía salir para dirigir la salah en comunidad porque no llevaba camisa. Algunos Compañeros, preocupados por el retraso, vinieron a verle, y descubrieron que el Profeta (s.a.s) había dado la única camisa que tenía.”

La riqueza es un depósito que Allah ha confiado a nuestro cuidado. La única manera de disfrutar de ella y de ser feliz es por medio de compadecer las aflicciones de los necesitados abriendo la ventana de la misericordia y de la compasión.

Nuestro querido Rumi (K.s) dijo:

“Actúa como si fueras un sol de misericordia y compasión.
Actúa como la noche que cubre los errores de los demás.
Actúa como un río de generosidad y sacrificio.
Actúa como si estuvieras muerto cuando estás furioso.
Actúa como la tierra, llena de humildad y carente de egoísmo.
Actúa acorde a tu aspecto.
Aparenta acorde a como actúas.”

Debemos tomar en consideración, que sin tener demasiada importancia cómo nos presentamos ante los demás, lo que vamos a aparentar es lo que cada uno lleva en la botija que es su corazón. En verdad, muchas botijas que revindicaban estar llenas de amor, resultaron estar llenas de indiscreción y negligencia. De la misma manera, muchos que hablaron del elixir, o agua de la vida, no pudieron probar ni una gota de ella ni tampoco dársela a los demás. Por otro lado, muchos que se esconden en la humildad y aparentan ser botijas vacías, son siervos especiales de Allah que albergan en sus corazones océanos sin límite, y sin vacilar ofrecen agua como la de al – Kawthar a los que arden de amor.

Qué Allah nos eleve a todos al nivel de Sus siervos sinceros, de corazón puro, para que podamos ofrecer a toda la humanidad gotas de agua de al – Kawthar y Tasnim todavía en este mundo.

Amin.

[1]       La palabra din significa ‘retribución, rendición de cuentas, práctica de adoración, adoración, transacción’. Viene de la forma verbal que significa ‘obligar a alguien a obedecer, subyugar’. También tiene este verbo el significado de ‘recompensar, pagar, remunerar’. También significa ‘la cuenta, el dar/rendir cuentas de las acciones’. Se refiere, pues, a la relación entre el siervo y Allah, su Creador, a las prácticas concretas de la adoración –lo que podemos llamar la transacción entre el siervo y Allah, Quien al final le pedirá al siervo cuentas de lo que hizo con la vida que le dio y le dará por ello, o pagará, justo lo que se merece. Uno de los nombres del Día del Juicio Final es yaum ad’din –el Día de la Retribución, Rendición de Cuentas, y uno de los nombres de Allah es ad-dayyan –el Juez, el que obliga.