LA BENDICIÓN DE UN CORAZÓN PURO IJLAS Y TAQWAH – III

Si deseamos ser miembros de ‘la mejor comunidad’, tenemos la obligación de llevar una vida virtuosa y aconsejar lo mismo a los demás, absteniéndonos de lo malo e incorrecto y prohibiéndolo a los demás. Tenemos la obligación de ser conscientes de nuestras obligaciones en el camino de Allah. Sin este sentimiento de deber y de afecto la persona no puede lograr el éxito en su llamada a lo reconocido como bueno y su rechazo de lo reprobable.

TAQWAH EN LA SATISFACCIÓN (RIDA)

Los acontecimientos y las personas, buenos y malos, son de cuatro tipos:

  1. La gente que es buena tanto interior como exteriormente:

Aquéllos que se ganan la vida de manera islámicamente correcta y gastan su dinero en nobles objetivos, dando sadaqah, siendo afables con su prójimo, con los animales y el medio ambiente, cuidando de no dañar a nadie con sus manos ni con sus palabras ni con su comportamiento. Son personas conscientes de lo que está permitido y de lo que es ilícito, y se apartan de lo dudoso. Sus corazones están llenos de ijlas y taqwah.

  1. La gente que es mala tanto interior como exteriormente:

Es la condición de aquéllos que van detrás de la abominación y los actos reprobables. Todo lo prohibido está dentro de esta categoría. Convencidos que tales calamidades constituyen su felicidad, sus vidas en este mundo se limitan a un constante auto-engaño y en el Más Allá tendrán un castigo denigrante.

  1. Acontecimientos que son buenos exteriormente y malos interiormente:

Hay acontecimientos que parecen excepcionales desde fuera, pero examinados atentamente vemos claramente que en el fondo de su bondad está el mal. Por ejemplo, las riquezas que van acompañadas de indiferencia hacia las necesidades de los demás a causa de una nafs dominante. La riqueza puede parecer una bendición, pero la tacañería y el derroche son dos males que aumentan el error y el castigo de la persona tanto en este mundo como en el Otro. Los ejemplos más relevantes en este sentido son los de Qarun y Salebe. Ambos se engañaron a sí mismos, ignorando los mandamientos de Allah para ganar más riquezas, pensando que el bien estaba en ello. Al rechazar las advertencias de los Profetas, quedaron insensibles a la maldad de sus actos. En consecuencia, ambos fueron condenados a la destrucción por los males que acabaron con sus vidas aquí, y en el Más Allá serán de los que ni vivirán ni morirán, recibiendo un castigo espeluznante. El siguiente verso del Qur’an describe su situación:

“Sin embargo el hombre cuando su Señor lo pone a prueba honrándole y favoreciéndole, dice con jactancia: He sido honrado por Mi Señor. Pero cuando lo pone a prueba restringiéndole la provisión, dice: Mi Señor me ha humillado.” (Al-Fayr, 89:15-16)

Siempre debemos tener presente que tanto la riqueza como la pobreza proceden de Allah, y que por lo tanto debemos someternos a todo lo que Allah considera adecuado para nosotros y cumplir con nuestras obligaciones según lo requiere nuestra situación –ahí es donde empieza la verdadera sadaqah. Si somos negligentes con la realidad e ignoramos la voluntad Divina, persistiendo en lo prohibido, entonces nuestra situación será como la que describe la siguiente ayah del Qur’an: “Puede que os disguste algo que es un bien para vosotros y que améis algo que es un mal. Allah sabe y vosotros no sabéis.” (Al-Baqarah, 2:216)

Es un privilegiado aquél creyente que lo comprende y sigue estas palabras en cada uno de los actos de su vida. La cualidad más distinguida del Profeta Muhammad (s.a.w) fue la de ser ‘el más perfecto de la Creación.’ El Profeta Suleiman (a.s) no estaba aferrado a su riqueza –la transfirió a los demás, y, aún viviendo en la abundancia, fue nombrado por Allah ‘creación perfecta’. El Profeta Ayyub (a.s) tuvo que soportar muchas pruebas –la pérdida de sus bienes e hijos durante un largo tiempo, la enfermedad pero esto no le impidió vivir con gratitud y paciencia, sometido a su suerte. Finalmente, Allah el Misericordioso le nombró ‘una creación perfecta’, le devolvió los bienes y los hijos, y le concedió aún más de lo que tenía.

  1. Acontecimientos que son exteriormente malos e interiormente buenos:

Alguien puede caer enfermo, su salud puede seguir deteriorándose, y aunque pueda parecer negativa, tal situación es beneficiosa, ya que lleva a esta persona a empezar a entender sus debilidades, a buscar refugio en Allah, y a suplicar Su ayuda. En tal caso el bien no se manifiesta.

‘Abdullah ibn Mas’ud (r.a) relató: “Fui a ver al Profeta, quien estaba aquejado de fiebre. Le dije: ‘Oh Mensajero de Allah, según parece tu fiebre es muy fuerte.’ Respondió: ‘Sí, padezco el dolor de dos personas.’ Le dije: ‘Puede que recibas por eso una doble bendición.’ El Profeta respondió: ‘Una calamidad, aunque sea el pinchazo de un espino, no le toca a un Musulmán sin que Allah expíe algunas de sus malas acciones.’” (Bujari, Marda, 3, 13, 16)

Un creyente sincero, el que tiene ijlas, debe juzgar los acontecimientos de este mundo de pruebas según los cuatro casos expuestos más arriba y continuamente vigilar las características negativas de su corazón. En cada circunstancia deberá tener la consciencia de su estado y de su nivel de arrepentimiento, alabanza y glorificación. Debe hacer un esfuerzo por controlar los pensamientos que ocupan su mente, los sentimientos que alberga su corazón, incluso las respiraciones que realiza, ya que complacer a Allah es el fruto más grande del amor. Lo que más Le complace a Allah de un creyente es que abandone sus propios deseos y se someta a Su juicio. ¿Cómo entonces podemos reconocer el bien y el mal cuando no son aparentes, para poder, así, alcanzar este nivel de satisfacción? Esta pregunta tiene una fácil respuesta:

EL BIEN ESTÁ SOLAMENTE CON ALLAH

En la obra Amak-i Hayal, un libro de sabiduría sufi, escrito por Ahmet Hilmi Efendi de Filibe, hay dos protagonistas –Aunali Baba, un gnóstico que fascina a la gente por medio de sabias palabras y la música de su flauta, y Rayi –un buscador de la verdad. Se reúnen a menudo, Aunali Baba toca su flauta (ney), y los dos discuten acerca del Universo y el sentido de la vida. En una de estas reuniones, mientras escucha la flauta de Aunali Baba, Rayi cae en un profundo sueño. Se encuentra entre una multitud, en la que hay gente de todo tipo, desde los Profetas hasta los filósofos, y desde gente relevante hasta la más insignificante. Un hombre se levanta para hablar en nombre de la humanidad. Con lágrimas en los ojos, pregunta a los grandes pensadores el camino hacia la verdadera felicidad: ‘Decídmelo, por favor, tened piedad. Odio mi vida pero no puedo abandonarla. ¡Que alguien me diga qué es la felicidad!’ Algunos de los presentes allí toman la palabra. Confucio dice: ‘La felicidad consiste en cocinar el arroz hasta que llegue a su punto perfecto.’ Aristóteles dice: ‘Es lógica. La felicidad está en la lógica.’ Platón dice: ‘Es pensar siempre en la nobleza.’ Zoroastro dice: ‘Es no quedarse en la oscuridad a solas.’ Brama dice: ‘¿Felicidad? Es la antitesis de lo que todo el mundo piensa que es.’ Se levanta Buda, encolerizado, y dice: ‘¡Hombres! La felicidad es uno de los hermosos nombres de la no-existencia, Nirvana. ¡Hombres! ¡No abandonéis jamás Nirvana!’ La confusión se apodera de los presentes. Dicen por fin: ‘No os sirvió de nada. Habéis vivido vuestras vidas sin la felicidad. ¡No hay ni un átomo de felicidad en lo que estáis predicando!’ Justo entonces se levanta un amigo de Allah y dice: ‘Para los inteligentes, la felicidad está en la observación de la belleza Divina; mientras que para los ignorantes es avaricia y lujuria.’ Ésta es la felicidad según la enseñanza de los Profetas. Luego, se levanta el Orgullo de la Creación r y dice: ‘¡Oh gente! La felicidad es aceptar la vida tal como es, con sus cargas y sus apuros, haciendo todo lo posible por mejorarse. En otras palabras, la felicidad consiste en un corazón puro.’ La gente se levanta y empieza a corear: ‘¡Oh tú el más honrado del Universo! ¡El Profeta más grande! ¡Eres el único que puede comprender y encontrar la cura para la humanidad!’

El gran guía Rumi era un excelente lector de las vidas humanas. Estaba absolutamente consciente de que el bien proviene solamente de Allah. En una ocasión comentó:

“Hasta que no aceptéis y estéis contentos con lo que Allah os ha enviado, os espera la calamidad; el desastre os encontrará. No hay un solo lugar en la tierra donde no estén colocadas las trampas del mal. No hay satisfacción ni salvación en este mundo si no es viviendo en paz espiritual. Por eso, buscad a Allah en vosotros y buscad refugio en Él. Juro por Allah que si buscáis refugio en un agujero de ratones, el gato os agarrará. La única salida está en ser un creyente sincero y acercarse a Allah. Él os consolará y protegerá de las serpientes y escorpiones. Finalmente, será vuestro amigo.”

Una vez un yinn en forma de serpiente se le acercó a ‘Abdulqadir Gaylani, el gran guía espiritual. Acabó siendo su amigo. Es un ejemplo de la bendición que trae el amor Divino y la satisfacción. Por eso, la obligación del creyente que pide el bien en este mundo es aceptar todo con lo que se enfrenta con taqwah, exceptuando la incredulidad y la desviación del camino. Si la experiencia de la vida se desarrolla así, la muerte y el Más Allá serán beneficiosos, y el hombre prosperará el Día del Juicio Final.

Otra condición para llegar a este nivel de carácter es el arrepentimiento y el perdón. Allah, el Misericordioso, requiere que el creyente constantemente busque:

EL PERDÓN Y EL ARREPENTIMIENTO CON TAQWAH

Es condición del arrepentimiento que el pesar que sentimos sea sincero. La búsqueda del taqwah en el arrepentimiento es la garantía de poder volver a Allah en estado de pureza y con firme rechazo de lo erróneo y falso. Aquí la esencia del taqwah consiste en cumplir esta promesa a través de las acciones rectas. Cuando un creyente retira el velo que cegaba su alma, toma consciencia del peso del pecado y en su corazón se despierta un sentimiento de expansión. Se vuelve entonces hacia Allah con lágrimas, por la gran aflicción que siente, y con un verdadero arrepentimiento, y de este modo se sitúa en el camino de regreso a Allah.

Así pues, el arrepentimiento consiste en la eliminación, por medio del remordimiento, de los obstáculos que existen entre el creyente y el Creador, y el secreto del arrepentimiento es el corazón que perdona. El que perdona se merece ser perdonado, y así la otra dimensión del taqwah sería la de pedir perdón y reflexionar sobre la capacidad propia de perdonar a los demás, y por medio de perdonar a los demás ganarse el derecho a obtener el perdón.

Es altamente significativo el siguiente consejo que dio Hadrat Ali (r.a) un hombre que fue nombrado gobernador:

“No mires a los seres humanos como mira el lobo al rebaño. Dales amor, afecto, y amabilidad. Son tus hermanos en la fe, y todos son seres humanos –pueden cometer errores. Ayuda a los necesitados, y si tú pides perdón a Allah, debes también perdonar y ser tolerante. Nunca niegues tu perdón. Nunca seas negligente ni desatiendas las órdenes de Allah. Y que el castigo que tengas que aplicar no te procure placer alguno.”

Abu Darda (r.a), uno de los Compañeros del Profeta, siendo juez en Damasco, oyó a la gente maldecir a un malhechor. Les preguntó: ‘¿Qué harías si vieseis que este hombre ha caído en un pozo?’ Contestaron: ‘Le echaríamos una cuerda e intentaríamos salvarle.’  Entonces les dijo: ‘¿Por qué, entonces, no intentáis ayudarle al que ha caído en el pozo del error?’ Estaban tan sorprendidos que dijeron: ‘¿No sientes ningún desprecio por él?’ A lo que Abu Darda (r.a) contestó: ‘Desprecio sus acciones, no su persona.’

Sin duda alguna, hay una gran sabiduría en las palabras de Abu Darda (r.a). Su intento de imbuir aquellos principios en los creyentes tiene un destello del mandamiento y la complacencia de Allah, y es un reflejo del carácter del Profeta Muhammad (s.a.w). La única manera de alcanzar el placer eterno es imitar al Profeta (s.a.w) en esta vida –su amabilidad, tolerancia y humildad, y esparcir la fragancia del perdón y del amor siempre y cuando se nos presenten acontecimientos desagradables y no deseados.

La calidad más bella del taqwah anima al hombre a pensar en los demás. El carácter humano más agradable para Allah es aquél que se esfuerza en ayudar y salvar al prójimo. En particular, tal carácter es el de aquel que:

ORDENA LO RECONOCIDO COMO BUENO Y PROHIBE LO REPROBABLE

Es la característica más importante de un creyente. Es la obligación de un creyente temeroso expresarlo tanto con sus acciones como con su palabra y, de manera amable, llamar al bien y prevenir el mal. Si la comunidad abandona esta llamada y su taqwah flaquea, se volverá vulnerable, presa de innumerables calamidades. Zainab bint Yash relató que una vez preguntó al Profeta (s.a.w):

‘Oh Mensajero de Allah, mientras haya creyentes entre nosotros, ¿podemos ser destruidos?’ El Profeta contestó: ‘Si prevalecen las abominaciones y los pecados, sí.’ (Bujari, Anbiya, 7)

Es decir, la única manera de protegerse contra el castigo Divino, obligación ésta de todo creyente que tenga taqwah, es la de ordenar lo reconocido como bueno e impedir lo reprobable. Para cumplir debidamente con ello, debemos seguir el Qur’an y la sunnah, consultando en cada paso a la gente de conocimiento. Hadrat Ali dio el siguiente consejo al que fue nombrado gobernador:

“No aceptes como consejeros a los que te intenten asustar con la pobreza y traten de impedir que hagas el bien. No aceptes a los cobardes que buscan aumentar tu ambición ni a los que se cegaron a causa de su avaricia. Vuélvete hacia Allah y Su Mensajero en busca de soluciones que tú mismo no puedes ver. Vuélvete hacia Allah y Su Libro, y hacia el Profeta Muhammad (s.a.w)  y su sunnah.”

Si deseamos ser miembros de ‘la mejor comunidad’, tenemos la obligación de llevar una vida virtuosa y aconsejar lo mismo a los demás, absteniéndonos de lo malo e incorrecto y prohibiéndolo a los demás. Tenemos la obligación de ser conscientes de nuestras obligaciones en el camino de Allah. Sin este sentimiento de deber y de afecto la persona no puede lograr el éxito en su llamada a lo reconocido como bueno y su rechazo de lo reprobable.

EL TAQWAH DE LOS QUE SE PONEN AL SERVICIO DEL ISLAM (JIDMA)

La base de los principios del Islam es volverse hacia Allah con un afecto verdadero y con sinceridad –ijlas. Sin duda alguna, la única manera de conseguirlo es a través del servicio. Los que se implican de esta manera irradian una gran energía y con ella todos los que se encuentran a su alrededor se animan; iluminando a su entorno, ellos mismos se iluminan más. Un servicio sincero es el resultado de un corazón sano. El éxito en este sentido requiere conocimiento, sabiduría, eficiencia, ecuanimidad y un carácter responsable. El corazón de una persona diligente es como una tierra fértil. Los que se benefician de ella, la convierten en cenizas que, purificadas, le ayudarán a la persona a cultivar muchas plantas que alimentarán a las criaturas que pasen por allí. Por eso, los que no tienen suficiente conocimiento o experiencia, los que no le dan importancia al progreso espiritual y moral, los que no tienen verdadero entendimiento, no pueden ofrecer un servicio de valor. No se puede esperar ningún bien de un servicio realizado de manera áspera y abrupta, u ofensiva. Tal servicio es como una jarra de agua fría vertida en el suelo del desierto, o como una semilla plantada en una tierra estéril –no puede traer ningún beneficio.

A este respecto, la obligación primordial hacia los seres humanos es asistirles en alcanzar el éxito en la Otra Vida. La única manera de conseguirlo es teniendo la guía del Qur’an. La siguiente súplica del Profeta (s.a.w) debería estar en los corazones de los que intentan cumplir sus obligaciones con el resto de los seres humanos, ya que toda acción implica sensibilidad y determinación: “¡Oh Allah! Busco refugio en Ti de la impotencia, ociosidad, cobardía y cualquier tipo de debilidad.” Según vemos, los que buscan ayudar a los demás deben mostrar amabilidad y tener máximo cuidado a la hora de actuar.

Es imprescindible conocer a los que prestamos nuestra ayuda para asegurarse de que la reciben los que más se la merecen. A veces, ayudar a alguien de gran valía puede equivaler a ayudar a miles, ya que una persona así no echará a perder los medios que reciba. Otro factor a tener en cuenta es el de actuar con un sentimiento de gratitud. Shej Sadi dijo:

“Glorifica a Allah por haberte dado éxito en tus buenas acciones, porque significa que te ha concedido su beneplácito. Los sirvientes no deben esperar a que el Sultán les agradezca sus servicios, sino que, por el contrario, son ellos los que deberían estar agradecidos de que les haya empleado.”

No debemos olvidar que la esencia de esta benevolencia se encuentra en nuestra obligación hacia Allah y Su Profeta (s.a.w), porque el hombre temeroso sabe que ha alcanzado taqwah a través de las bendiciones que ha recibido. Por lo tanto, es su responsabilidad hacer que también los demás cumplan con esta obligación.

TAQWAH EN LA LEALTAD

El significado básico de lealtad consiste en no olvidar ni descuidar a un amigo –toda amistad debería estar unida por el lazo de la lealtad. Cuando este lazo se debilita, la amistad también se resiente, y cuando desaparece totalmente, la amistad se termina. Se puede decir que el Profeta de Allah (s.a.w) vivió toda su vida como un ejemplo de lealtad. Fue leal a la nodriza que le crió; fue leal a los abisinios que protegieron a los Musulmanes que habían emigrado a su territorio; fue leal a Jadiya, quien creyó en él cuando los demás le llamaban mentiroso; y fue leal a sus Compañeros. Pero por encima de todo, fue leal a Allah el Misericordioso –fue éste un tipo de lealtad diferente, presente en cada respiración que exhalaba.

A’isha (r.ha) relató que una vez que el Profeta (s.a.w) estaba en su casa vino a verle una mujer de edad avanzada. Le pidió que dijera cómo se llamaba. Ella contestó: ‘Me llamo Yassamah (lit. de gran tamaño) de Muzan. Dado que este nombre implicaba una calidad negativa, el Profeta (s.a.w) lo cambió, diciendo: ‘No, desde ahora en adelante eres Hassanah (lit. belleza, elegancia) de Muzan’. Luego le preguntó cómo le iban las cosas desde la última vez que la había visto, y ella contestó: ‘Alabado sea Allah, estamos todos bien, que mi padre y mi madre sean tu rescate.’ Cuando la mujer se fue, A’isha (r.ha) le preguntó por la razón de su inmenso respeto hacia aquella mujer, a lo que él contestó: ‘Nos visitaba a menudo cuando vivía Jadiya, y la lealtad es parte de la creencia.’ (Hakim, I, 62:40)

Los que aprendieron de él e imitaron su conducta llegaron a ser símbolos de lealtad para todos los tiempos. Hoy en día, desafortunadamente, este tipo de conducta parece ser cosa del pasado, algo que ya no se encuentra en los corazones en su forma verdadera. Sin duda, se debe esta circunstancia a la disminución del temor de Allah. Nos advirtió el Profeta (s.a.w):

“Para todo aquél que rompa su promesa habrá una bandera en el Día del Juicio Final para señalarle, y se anunciará que esta bandera simboliza la promesa que ha roto.” (Bujari, Yizya, 22; Adab, 99; Hiyal, 99; Muslim, Yihad, 11.17)

La lealtad más importante es la que debemos a Allah y luego a Su Noble Profeta (s.a.w), la razón de nuestra creación, nuestra eterna felicidad y nuestro camino en la creencia. Después, debemos lealtad a los creyentes sinceros, los que nos han enseñado y nos han guiado en el camino recto; luego a nuestro padres, hacia quienes debemos mostrar la más grande amabilidad, y a quienes debemos servir y honrar mientras vivan –es una deuda de lealtad de cada hijo e hija. También la lealtad hacia nuestros mayores, tanto muertos, como vivos, y al conjunto de la sociedad es un rasgo positivo del carácter. Por eso, cada creyente debe proteger su taqwah, no dejarse llevar por el caos de los tiempos modernos, y nunca descuidar su deber de lealtad. Si no lo hace, el afecto perderá su valor, lo mismo que la amistad y el servicio. Está claro entonces que la condición del taqwah en la lealtad es:

TAQWAH EN EL AMOR Y EL AFECTO

Sin estos dos sentimientos no podemos conseguir nada, ya que incluso la acción más pequeña requiere el soporte del afecto. El secreto de nuestra creación, el secreto de nuestros actos es el afecto, que, por supuesto, tiene que desarrollarse dentro de los límites del taqwah porque es necesario apoyar el afecto con valores verdaderos. Nuestro afecto deber ir dirigido, en primer lugar, a Allah el Misericordioso, y a Su Profeta (s.a.w).

Allah les ha concedido a los creyentes la capacidad de amar, para que puedan ser afectuosos unos con otros, como hermanos Musulmanes. Detestar las cosas negativas es esencial para proteger el afecto –el bien y el mal son aparentes según el afecto que prevalezca. El grado que alcance nuestro afecto dependerá de a quién vaya dirigido, ya que admiramos a aquéllos por los que sentimos afecto y les seguimos como ejemplo; está claro que nos influyen aquellas personas a las que amamos. Los Compañeros del Profeta (s.a.w) se distinguían en todos los asuntos y en todos los lugares por su afecto y las bendiciones del Profeta Muhammad (s.a.w), tomando directamente de su corazón el coraje, la sumisión a Allah, la creencia, y todos los demás rasgos de su personalidad. Su estatus, el grado de su creencia y el de su adoración, su vida familiar, lealtad y amabilidad fueron los reflejos de los estados del Profeta (s.a.w). De hecho, a través de su afecto por él llegaron a ser lo que fueron. Cuando murió el Profeta (s.a.w) el dolor les doblegó. Estos hombres que no pasaban ni un solo día sin estar en su compañía, no iban a verlo más en este mundo. No puede dejar de impresionarnos la actitud de ‘Abdullah bin Zaid, quien, incapaz de soportar el mundo sin el Profeta (s.a.w), alzó las manos y suplicó desde su corazón puro:

‘¡Oh Allah! ¡Quítame la vista! ¡No quiero ver nada de este mundo si no está en él mi amado Profeta!’

Y la perdió en ese mismo instante.

Para poder dirigir nuestro afecto hacia Allah nos hace falta sentir el amor por la luz de Muhammad (s.a.w) y su persona, sentir el amor por sus Compañeros, y después extender este sentimiento a todas las criaturas de Allah. La manifestación más aparente de este afecto es seguir la sunnah del Profeta (s.a.w). Dado que ‘el amante adora todo lo que es del amado’, el hecho de seguir al Profeta (s.a.w), al que Allah amó, es absolutamente esencial. En el mismo grado que podemos llegar a la ‘esencia de Muhammad’ con nuestra inteligencia, podemos hacerlo con el afecto. Deberíamos tener siempre presente que el amor y el afecto que sentimos por todo lo que no es Allah es meramente ‘un amor figurativo’, mientras que el amor y el afecto por Allah, el Señor del Universo, es ‘el Amor Verdadero’. En este sentido, el taqwah supone alejarse de todo aquello que nos distancia de Allah Todopoderoso y de Su Profeta (s.a.w), sintiendo amor por los que Allah y Su Profeta (s.a.w)sienten amor, y rechazando a los que Allah y Su Mensajero r rechazan.

¡Oh Allah! ¡Haz que amemos a los que Tú amas y que rechacemos a los que Tú rechazas! ¡Permítenos sentir siempre afecto y lealtad hacia Ti y hacia Tu Noble Profeta (s.a.w)! Concédenos el amor por la verdad dentro de los límites del taqwah! ¡Y concédenos en ambos mundos un lugar junto al Noble Profeta (s.a.w)!

Amin.