El trato del Profeta de Allah (s.a.s) con las mujeres

En la Época de la Ignorancia se trataba a las mujeres de manera denigrante. Se les consideraba solamente desde el punto de vista del placer. Por temor a que pudieran sufrir las desgracias típicas de su sexo –prostitución, violación, falta de protección en caso de no haber contraído matrimonio y muchas otras, era frecuente enterrar vivas a las recién nacidas. Era la ignorancia lo que hacía a la sociedad insensible, y les llevaba a cometer un crimen mayor que el que supuestamente iban a prevenir. Así lo refleja el Qur’an:

“Y cuando a alguno de ellos se le anuncia el nacimiento de una hembra su rostro se ensombrece y tiene que contener la ira.” (An-Nahl, 16:58)

Con la enseñanza que trajo el Profeta (s.a.s), los derechos de la mujer quedaron firmemente establecidos, haciendo de ellas ejemplos de integridad y virtud. La maternidad llegó a ser un honor. Lo resume muy bien el dicho del Profeta (s.a.s) –“el Paraíso está bajo los pies de las madres”.

 Una vez, durante un viaje, un sirviente llamado Anjasha empezó a salmodiar para que los camellos fuesen más rápido, a lo que el Profeta (s.a.s) reaccionó con una alusión:

“Cuidado Anjasha, no vayas a romper el cristal.” (Bujari, Adab, 95; Ahmad, III, 117)

Y en otras ocasiones el Profeta (s.a.s) comentó:

“¡Por Allah! Os urjo a todos a que os abstengáis de violar los derechos de dos grupos que son más débiles que vosotros: los huérfanos y las mujeres.” (Ibn Mayah, Adab, 6)

“Un Musulmán no debe disgustarse con su mujer, pues si ésta tiene una costumbre que no es de su agrado, tendrá otra que le guste.” (Muslim Rada, 61)

Las mujeres no son espinas que hay que evitar, sino más bien son como las cuentas de un collar que merece amor y afecto, y estos sentimientos no los concede nadie más que el Todopoderoso. Esto nos recuerda otras palabras del Profeta (s.a.s):

“Lo que de este mundo se me ha permitido amar es a las mujeres y a los perfumes… y la salah se me ha hecho la luz de mis ojos.” (Nasai, Isharut’n-Nisa, 10; Ahmad, III, 128, 199)

Que se le ha “permitido” al Profeta (s.a.s) “amar a las mujeres” no debe considerarse desde el punto de vista de la ignorancia o del perjuicio. No hay que olvidar que este amor, colocado en la disposición natural del hombre por Allah, es como un peldaño en la escalera que lleva a un amor mucho más grande. Este amor está situado en el plano necesario para que una sociedad pueda desarrollarse y sobrevivir a posibles dificultades. Para que esto ocurra la mujer debe ocupar un lugar de máxima relevancia en esta sociedad, ya que, de hecho, la familia está basada en ella.

Solamente en el Islam las mujeres tienen garantizada esta posibilidad, ya que los otros sistemas, que supuestamente colocan a la mujer al mismo nivel que al hombre, de hecho la utilizan como un mero adorno o cebo, según la necesidad, minando así su papel familiar y, en consecuencia, destruyendo el tejido social. La perspectiva desde la que se debe considerar este asunto para poner las cosas en su debido sitio es indudablemente la del Islam. El hombre y la mujer son dos mundos que se complementan.

En este proceso de complementariedad, tal y como ya lo hemos apuntado, Allah, Glorificado sea, le concedió a la mujer un papel más relevante. Tanto es así que es precisamente ella quien puede hacer o deshacer una sociedad. Islam propone una educación y unos valores que le permitan a la mujer desarrollar su capacidad constructiva y refrenar, si no abolir, la destructiva. La importancia de este imperativo la reflejan las palabras del Profeta (s.a.s):

“Quien se hace cargo de sus tres hijas o hermanas, las cuida y educa correctamente, las casa, y sigue manteniendo su ayuda y bendiciones hacía ellas, está destinado al Paraíso.” (Abu Dawud, Adab, 120-121/5147; Tirmidhi, Birr, 13/1912; Ahmad, III, 97)

En otro hadiz nos dijo:

“Quien supervisa el crecimiento y la educación de sus dos hijas hasta su madurez, estará conmigo así de cerca el Día del Juicio Final (aquí juntó dos dedos para ilustrarlo).” (Muslim, Birr, 149; Tirmidhi, Birr, 13/1914)

Haciendo hincapié en el valor de una mujer piadosa dijo:

“Este mundo es un beneficio pasajero, y el más beneficioso de sus habitantes es una mujer correcta y virtuosa.” (Muslim, Rada, 64; Nasai, Nikah, 15; Ibn Mayah, Nikah, 5)

Detrás de grandes hombres hay, casi siempre, mujeres de gran virtud. Durante los duros principios de su profecía, el Mensajero de Allah (s.a.s) recibió de su mujer Jadiya un apoyo incondicional, algo que no olvidó hasta el día de su muerte. También es evidente el papel de Fátima en la vida de Ali. Así pues, una mujer virtuosa es lo más grande y valioso que uno puede tener en esta vida. De ahí que el Profeta (s.a.s) recalcase tantas veces la obligación de tratar a las mujeres con delicadeza:

“El creyente más perfecto es aquel que tiene el comportamiento más perfecto; y el mejor de vosotros es aquel que trata a las mujeres de la mejor manera.” (Tirmidhi, Rada, 11/1162)

Qué diferencia tan grande con los que identifican a la mujer con un objeto meramente de deseo, fijándose solamente en su atractivo físico, explotándolo en anuncios y utilizando a la mujer y a su cuerpo para sus miserables fines. La sociedad de consumo actúa en este sentido con total ignorancia y permanece absolutamente ciega en cuanto a las magníficas características concedidas a las mujeres por el Todopoderoso.

Está totalmente descuidada la necesidad de educar a la mujer para que sea un verdadero artífice de la sociedad, la base sobre la que se desarrollen las futuras generaciones, que hoy carecen por completo del respecto y del reconocimiento que les es debido a las madres. En cuanto a los perfumes, la sabiduría subyacente en haberle “permitido” al Profeta (s.a.s) amarlos está en la profundidad y sensibilidad que ofrecen al espíritu.

Un aroma es como una dulce brisa de la que disfrutan los ángeles. Es, más aún, un signo de limpieza, ya que una persona limpia desprende un agradable olor. De hecho, la piel del Profeta (s.a.s) siempre olía a la fragancia de rosas o musgo y después de haber acariciado la cabeza de un niño, ésta desprendía esta fragancia durante un largo tiempo. La salah es “la luz de sus ojos” porque es un encuentro con Allah, Glorifiado sea, un acto de adoración realizado como si Allah estuviera delante de nosotros y nos estuviera concediendo Su luz.