EL SERVICIO POR ALLAH

La base de la moral islámica la encontramos en el acercamiento hacia Allah Todopoderoso con amor y sinceridad, y el signo más aparente de este acercamiento lo vemos en el ‘servicio a los demás por Allah’, ya que según el principio de que ‘los que sirven a los demás son servidos por ellos’, servir a los seres humanos es un paso excepcional y sublime para llegar a la cima de lo Divino.

Es lo que practicaron de la manera más excelsa todos los Profetas y amigos de Allah, siendo manifestaciones concretas del siguiente hadiz del Profeta Muhammad (s.a.s):

“Los maestros de una nación son aquellos que están a su servicio.”

Así pues, el camino hacia la cumbre Divina pasa por servir a los seres humanos con un corazón sincero. A veces un pequeño servicio que merece la complacencia de Allah conlleva más recompensa que mucha adoración voluntaria.

Una vez que el Profeta (s.a.s) y sus Compañeros estaban de viaje, se detuvieron cerca de unas dunas para descansar. Era un día muy caluroso. Algunos de los Compañeros estaban ayunando, otros no. Los que estaban ayunando estaban tan cansados que se durmieron en seguida. Los que no estaban ayunando buscaron y trajeron agua, y levantaron las tiendas. Cuando llegó la hora de romper el ayuno, el Profeta (s.a.s) dijo:

“Hoy, los que no estaban ayunando han recibido más recompensa.”

El Profeta (s.a.s) enseñó a sus seguidores los principios del comportamiento más elevado. Llevaba en sus hombros ladrillos para la construcción de la Mezquita de Quba y de la de Medina, a pesar de que sus Compañeros le rogaban que no lo hiciera. Su humildad y el amor por los seres humanos no tienen parangón en la nación musulmana. De hecho, pasó su vida entera sirviendo a los demás y a toda la creación.

Por ello, servir a la humanidad es una de las características básicas de los que le siguen e imitan. En otras palabras, el que ama a Allah Todopoderoso y a Su Mensajero (s.a.s) debe estar entre los que sirven. Por un lado, el servicio por Allah se convierte en un medio de ayudar a los demás. Por otro, ayuda a crecer espiritualmente a los que lo practican según sus medios y con entera sinceridad. Así, puede que el que sirve reciba más beneficio que el que recibe el servicio.

El hombre que sirve es como un río que da vida a muchos seres alrededor suyo. El destino final del río es el mar de la reunión con Allah Todopoderoso. Los que son conscientes de este hecho se consideran siervos públicos, aun siendo sultanes. Cuando el Sultán Yavuz Salim oyó al imam alabándole como hakim al-haramain al-sharifain, es decir el soberano de los dos haram (Mekka y Medina), protestó con los ojos rebosantes de lágrimas:

“Por el contrario, soy jadim al-haramain al-sharifain (el sirviente de los dos haram).”

Ubaidullah Ahrar (q.s) habla así del estado alcanzado por medio del servicio a los demás:

“Hemos hecho este camino no solamente leyendo los libros sino aplicando lo leído a nuestras vidas y sirviendo a la gente. Cada uno llega por un camino, y el nuestro fue el del servicio.”

Así pues, el conocimiento no es suficiente si no se transforma en acción y en servicio. Aún así, para que sea aceptado ante la Presencia de Allah Todopoderoso debe cumplir ciertas condiciones. El corazón debe ser sincero en su búsqueda de la complacencia de Allah.

Es decir, el servicio se debe realizar sin buscar ningún beneficio personal, con el único objetivo de merecer la recompensa eterna. El servicio caracterizado por esta calidad será causa de eterna salvación, incluso si consistió en dar medio dátil, como lo menciona el hadiz. Ubaidulalh Ahrar (q.s) nos ha transmitido el siguiente relato:

“Un día que andaba por el mercado, se me acercó un hombre, y me dijo:

‘Tengo hambre. ¿Me podrías dar algo por Allah?’

No tenía nada aparte del viejo turbante que llevaba. Fuimos a la cocina comunal y le dije al cocinero:

‘Coge este turbante. Es viejo pero está limpio. Puedes secar las cazuelas con él. A cambio, ¿puedes darle algo de comer a este pobre?’

El cocinero le sirvió comida, pero no quiso aceptar el turbante. Tuve que insistir para que lo hiciera. Esperé hasta que el pobre terminase de comer, aunque yo mismo tenía hambre.”

Más tarde Ubaidullah Ahrar se enriqueció tanto que tenía miles de empleados en sus fincas. Sin embargo, seguía sirviendo a los demás con el mismo objetivo espiritual, desde el principio hasta el final de su magnífico camino. Nos ha transmitido este otro relato:

“Cuidaba de cuatro pacientes en la Madrasa Mawlana Qutbuddin en Samarcanda. Su diarrea empeoró, así que empezaron a mojar las camas. Les ayudaba a bañarse y lavaba sus ropas. Debido a mi continuo contacto con ellos, me contagié y caí enfermo. Incluso entonces, seguía haciéndolo, limpiaba sus ropas y las sábanas de sus camas.”

El comportamiento de nuestros antepasados, su generosidad y gran servicio realizado por Allah constituyen para nosotros excelentes ejemplos. Sin importar la cantidad de riqueza que un Musulmán pudiera tener, se esforzaba según la madurez de su corazón y de su estado espiritual. Los que cumplen con sus obligaciones y mantienen la humildad en el camino espiritual, llegan al ideal mencionado por Ubaidullah Ahrar en el relato que acabamos de citar.

En la siguiente narración sobre Ma’ruf al-Karkhi podemos apreciar su alto grado de servicio: Vino a verle un hombre mayor, enfermo. Parecía estar en la más absoluta miseria, viviendo sus últimos días. Dada la situación, Ma’ruf al-Karkhi le preparó la cama y cuidó de él. El hombre se quejaba de dolor, se lamentaba y lloraba. No dormía ni dejaba dormir a nadie, molestando a todo el mundo con sus quejas.

Al final, todo el mundo, excepto Ma’ruf y su esposa, se fueron de casa. Ma’ruf al-Karkhi hacía todo lo posible por aliviar su sufrimiento pero una noche le venció el sueño y se quedó dormido. Cuando el hombre enfermo vio que estaba dormido, dijo:

“¿Qué clase de derviche es este? La gente como él aparenta una cosa pero es otra. En realidad es un hipócrita. Su exterior está limpio pero su interior está lleno de porquería. Aconsejan a los demás la rectitud pero ellos mismos carecen de ella. Duerme sin importarle mi sufrimiento. ¿Qué puede saber del estado de un pobre hombre enfermo alguien que ha dormido y comido bien?”

Ma’ruf al-Karkhi aguantaba sus quejas y pretendía que no las oía. Su esposa, sin embargo, no pudo soportarlo más. Le dijo:

“Has oído lo que ha dicho este hombre. No podemos tenerle más en esta casa. No dejemos que hiera a todo el mundo. Dile que se busque otro lugar. El bien se hace al que es capaz de apreciarlo. Hacerle favores a un ingrato es un servicio dudoso. No hay que poner almohadas bajo una cabeza piojosa. No se merece más que una piedra.”

Ma’ruf al-Karkhi le escuchó tranquilamente y finalmente dijo sonriendo:

“Querida esposa, ¿por qué te hieren sus palabras? Aunque las haya dicho, iban para mí. Si ha hecho algo desagradable, me lo ha hecho a mí. ¿No ves que sufre un gran dolor? No puede dormir. La verdadera misericordia y bondad es capaz de soportar incluso a gente como él.”

Sheij Sadi, quien ha transmitido este relato, ofrece el siguiente consejo:

“El mérito del servicio está en aguantar la molestia que puedan suponer los pobres y enfermos cuando uno se siente fuerte y sano. Un corazón lleno de amor es un corazón que ha recibido el perdón. Si lo tuyo son meramente las apariencias, tu nombre morirá con tu cuerpo. Si vives como un hombre generoso y servicial, tu vida seguirá después de tu muerte en proporción a tu devoción y penetración en los corazones. En la ciudad de Karkh hay muchas tumbas pero ninguna es visitada tanto como la de Ma’ruf al-Karkhi.”

Los amigos de Allah han dicho:

“Tasawuf o Sufismo significa ser yar (amigo), no bar (peso). En otras palabras, significa llevar el peso de los demás sin ser un peso para nadie.”

Las puertas de la misericordia se abrirán ante el servicio de los Musulmanes compasivos. Su valor dependerá del grado de sinceridad con el que se haya realizado, y se aceptará aquél que haya sido ofrecido por Allah Todopoderoso, sin herir los sentimientos de los que lo han recibido. Lo ha expresado Abdullah bin Munazil (q.s):

“Los buenos modales a la hora de servir son más valiosos que el servicio mismo.”

Y Mawlana Yalal al-Din Rumi ha dicho al respecto:

“Trabaja por Allah. Sirve por Allah. ¿Qué más te da si la gente lo acepta o no? ¿Acaso no es Allah para ti un socio suficiente? ¿Se puede comparar lo que pueden dar los hombres con lo que te puede dar Allah? Por eso, vuelve tus ojos a lo que puedes obtener de Allah Todopoderoso.”

Este es el nivel espiritual al que el Islam quiere llevar al ser humano. Amir Kulâl aconsejaba a su discípulo Bahauddin Naqshiband de la siguiente manera:

“Tranquiliza a los corazones, sirve a los débiles y afligidos. Protégelos. Son los que no esperan nada de nadie. Y aún así, la mayoría de ellos vive en paz consigo mismo; son humildes y agradecidos con Allah. Busca a este tipo de gente.”

De hecho Bahauddin Naqshiband (q.s) sirvió, en los primeros años de su adherencia a la orden Sufi, a los enfermos y afligidos, a los animales heridos, y limpió los caminos durante siete años para alcanzar la nada, o lo opuesto al orgullo y vanidad. Dijo:

“Trabajé tal como me lo había ordenado mi maestro. Mi nafs llegó a tal nivel que si veía algo de la creación de Allah cruzar el camino, me paraba hasta que pasaba. Serví así durante siete años. Al final de estos siete años llegué a sentir sus gemidos como expresión de la búsqueda de refugio en Allah Todopoderoso.”

Allah declara en el Noble Qur’an acerca de los Musulmanes rectos:

“… y compiten  en las acciones de bien.” (AlImran, 3:114)

La obra más distinguida de estos creyentes rectos son los waqf; y la gente más dotada son los Profetas, los amigos de Allah y aquellos a los que han educado. Ellos llevaron el entusiasmo de la fe a todos los rincones de la tierra y escribieron las páginas más gloriosas de la historia.

Es interesante hacer notar que en la Peregrinación de la Despedida había alrededor de 120.000 Compañeros. Más de 100.000 de ellos se esparcieron por el mundo con el objetivo de servir a Allah. Murieron lejos de sus casas. Las tumbas de los hijos de Uzman y Abbas (r.a) están en Samarcanda, y las de varios Compañeros en Estambul. Los que se quedaron en Mekka y Medina protegían el centro del Islam y las dos ciudades. Jalid bin Zaid Abu Ayyub al-Ansari (r.a), a pesar de su avanzada edad, llegó a las puertas de Estambul dos veces y allí murió mártir.

Ninguno de los Compañeros ahorró esfuerzos a la hora de invitar a la humanidad al Islam y salvarla en este mundo y en el Más Allá. Les motivaba el entusiasmo por servir al hombre y el esfuerzo por merecer la eternidad. Wahb bin Kabsha (r.a) es otra de las figuras ejemplares. Su tumba se encuentra en China, donde le envió el Profeta (s.a.s) para transmitir allí el Mensaje del Islam.

En aquellos días hacía falta un año para llegar a China desde Arabia. Después de haber permanecido allí durante un largo tiempo, este Compañero se puso en camino hacia Medina porque anhelaba estar de nuevo con el Mensajero de Allah (s.a.s). Después de aquel penoso viaje llegó a Medina, pero el Profeta (s.a.s) ya había fallecido. Teniendo en cuenta la responsabilidad que le había otorgado el Profeta (s.a.s), Wahb volvió a China y falleció allí sirviendo a la causa del Islam.

Esta actitud de servicio altruista, sin parangón en la historia de la humanidad, solamente puede darse allí donde son fuertes la fe y el amor. El espíritu de ayudar a los demás que anidaba en los corazones de estos Compañeros, actuaba como estrellas que iluminan el camino. Los Compañeros alcanzaron este nivel siguiendo las indicaciones del Profeta (s.a.s), sobre todo los siguientes nueve principios:

1. servir a Allah Todopoderoso con entusiasmo, aceptando Sus mandatos y prohibiciones, y haciendo todo lo posible para exaltar la Palabra de Allah;

2. servir al Profeta (s.a.s), amarle y ayudar a la gente a seguir su sunnah;

3. servir a los primeros Compañeros, mostrándoles respeto, lealtad y fidelidad;

4. servir a los padres, ganándose su complacencia;

5. servir a la descendencia, educándoles para que sean Musulmanes rectos;

6. servir a los parientes –visitarles y ayudarles;

7. servir a los creyentes, compartir sus alegrías y dolores;

8. servir a toda la humanidad, haciendo todo lo posible por beneficiarla con la palabra y la acción;

9. servir a la creación, mostrando compasión por todo cuanto existe.

A este respecto Musa Topbaş (q.s) citaba a menudo los siguientes dichos de Alo Ramiteni:

“Hay mucha gente que ayuda a los demás, pero que les recuerda, a la vez, lo agradecidos que deberían sentirse. Y hay unos pocos que consideran servir a los demás como una bendición. Piensa que la oportunidad de servir a tus semejantes es una bendición y siéntete agradecido a los que ayudas. Todo el mundo estará contento contigo y las quejas se reducirán.”

De hecho, lo que todos estamos intentando conseguir es la salvación, la paz y la tranquilidad, tanto si somos conscientes de ello como si no. Servir a la humanidad con la alegría de adorar a Allah Todopoderoso, es un tesoro. Por eso los creyentes que sirven a la creación con plena consciencia de ello encuentran las oportunidades y medios de hacerlo en cualquier circunstancia, y tienen más determinación a la hora de ayudar por Allah que los que lo hacen por el beneficio material.

Cuando el entusiasmo por servir a los demás se ha arraigado en el corazón, éste transforma al siervo en un viajero hacia la eternidad. El corazón se libera de la dureza de Hayyay, el opresor, y se envuelve en las pieles de la compasión. El conocimiento, el arte y la ética alcanzada con esta espiritualidad adquieren sabor de eternidad. Por ello, el servicio verdadero y sincero es el fruto de la madurez del corazón, y los corazones que lo tienen se convierten en los lugares donde se dirige la mirada Divina.

¡Qué gran pérdida pasar la vida alejado de tales virtudes! ¡Benditos aquellos cuyos corazones están llenos del verdadero amor por el servicio!

¡Señor Nuestro! Llena nuestros corazones de amor, entusiasmo y ganas de merecer Tu complacencia, y danos una capacidad de servicio igual que la que les diste a los Compañeros.
Amin.